Excesos enmascarados
LOS CARNAVALES: TRIUNFO DE LO MUNDANO Y LO CARNAL
¿Qué recuerdos conservas de los carnavales de tu infancia? ¿Recuerdas con qué ilusión elegías tus primeros disfraces? En mi caso, no podían faltar las capas negras de El Zorro ni el sombrero emplumado del temido Capitán Garfio, sin olvidar los colmillos de Drácula o la joroba encorvada del desdichado Quasimodo. Durante unos días al año, asumíamos identidades ajenas, encarnábamos héroes y villanos de mundos lejanos, mientras la realidad se desdibujaba bajo una lluvia de serpentinas y máscaras de cartón. Eran jornadas en las que lo extraordinario se volvía cotidiano y todo parecía estar permitido bajo el pretexto gozoso del disfraz.
El carnaval, con su espíritu transgresor y su alegría desbordante, es sin duda una de las celebraciones populares más antiguas y universales, presente de una forma u otra en casi todos los rincones del planeta. Y, por supuesto, Madrid no iba a ser la excepción. Nuestra ciudad, con su pulso incesante y su alma festiva, también se ha rendido a los encantos de Don Carnal a lo largo de los siglos, dejando tras de sí un rastro de comparsas, verbenas y personajes inolvidables que merecen ser recordados.
I. EL CALENDARIO DE LAS EMOCIONES POPULARES_
En épocas pasadas, el tiempo no se concebía como una sucesión lineal de minutos y horas, sino como una vivencia profundamente vinculada a la vida social y a las emociones que despertaban los cambios estacionales. Cada estación traía consigo no solo una transformación en el paisaje, también influían en el ánimo colectivo, marcando el ritmo de la existencia con celebraciones, trabajos del campo y ritos compartidos.
Lejos del reloj moderno, el tiempo se explicaba mediante relatos míticos y se encarnaba en representaciones populares, que servían tanto para transmitir sabiduría ancestral como para canalizar las tensiones de la vida cotidiana. Estas dramatizaciones del tiempo cumplían también una función reguladora: ofrecían momentos de liberación dentro de un orden establecido, una suerte de ‘escape controlado’ que, paradójicamente, hacía más llevadero y deseable el retorno a la norma.
En este contexto, las fiestas populares desempeñaban un papel esencial. No eran simples diversiones, sino auténticos hitos del calendario simbólico que marcaban el tránsito de una estación a otra. La llegada de la primavera se celebraba con romerías y peregrinaciones repletas de color y fervor; el inicio del verano lo anunciaban las hogueras de San Juan y las verbenas de San Pedro; y el final del invierno, por su parte, se despedía con el estallido irreverente del Carnaval, justo antes de que comenzara la severa contención de la Cuaresma.
El Carnaval, por tanto, nunca fue una fiesta aislada o anecdótica. Formaba parte de un ciclo profundamente arraigado en la cultura popular, un tiempo liminal cargado de simbolismo en el que el mundo se ponía patas arriba para, precisamente, recordar que todo debía volver después a su cauce. Era el espejo deformante y a la vez revelador de una sociedad que, a través de la máscara, se atrevía por unos días a cuestionar el orden establecido.
II. DE "CARNESTOLENDAS" AL CARNAVAL BARROCO_
La palabra carnaval no comenzó a utilizarse con frecuencia en España hasta bien entrado el siglo XVII. Fue, de hecho, el poeta cordobés Luis de Góngora uno de los primeros autores en emplearla de forma recurrente, integrándola en su exuberante universo literario. Antes de que el término se popularizara, estas fiestas eran conocidas en la España medieval como carnestolendas, una expresión que evocaba los días previos a la Cuaresma en los que, simbólicamente, se ‘dejaba la carne’, tanto en sentido literal como figurado.
Fue durante el Renacimiento cuando las carnestolendas vivieron una de sus épocas de mayor esplendor. El viejo continente, sacudido por los vientos del Humanismo, comenzaba a liberarse poco a poco de la rigidez eclesiástica que había marcado la Edad Media. Esta nueva mirada, más crítica y menos dogmática, encontró en el carnaval una vía de expresión privilegiada: una celebración abiertamente profana que se oponía, por contraste, al rigor ascético de la Cuaresma y al pensamiento escolástico promovido por la Iglesia y la Inquisición.
Lejos de ser una simple fiesta de disfraces, el carnaval representaba una inversión simbólica y controlada del orden social establecido. Durante unos días, las jerarquías se desdibujaban, los roles se invertían y el mundo se volvía del revés. Las clases populares aprovechaban esta efímera licencia para cargar, con mordaz ironía, contra sus mandatarios, burlarse de los poderosos o criticar abiertamente a las figuras de autoridad: alcaldes, nobles, clérigos… nadie quedaba a salvo del ingenio colectivo.
Las transgresiones eran múltiples y variadas, aunque casi siempre se mantenían dentro de unos márgenes tolerados. Comer carne en exceso, entregarse a placeres sensuales, participar en juegos rudos, liberar el deseo reprimido o escenificar pequeñas dosis de caos eran actos que, durante el carnaval, no solo se permitían, sino que adquirían un sentido ritual. Esa válvula de escape, breve pero intensa, cumplía una función social decisiva: permitía aliviar tensiones, reforzar la cohesión del grupo y, al mismo tiempo, recordar, a través de la sátira, las injusticias cotidianas del orden establecido.
III. UNA SÁTIRA COLECTIVA EN EL MADRID DEL SIGLO DE ORO_
En el Madrid del siglo XVI, donde la misa y la comunión diaria marcaban el compás de la vida cotidiana, las carnestolendas se consolidaron como las celebraciones populares más bulliciosas y esperadas del calendario. Durante esos días de licencia se borraban, aunque fuera momentáneamente, las fronteras sociales, y tanto nobles como plebeyos se mezclaban en un mismo entusiasmo colectivo. La ciudad entera, desde los palacios hasta las tabernas, se rendía a los excesos del jolgorio carnavalesco.
Estas fiestas, tan profundamente arraigadas en la tradición peninsular, no tardaron en cruzar el océano. De la mano de los navegantes españoles y portugueses, el carnaval desembarcó en tierras americanas, donde echó raíces con una fuerza deslumbrante. Desde entonces, no solo formaría parte del alma festiva de la capital del reino, sino también del imaginario popular de toda América Latina.
Ya en el siglo XVII, fueron los gremios artesanos y comerciantes madrileños quienes asumieron el papel de verdaderos impulsores del carnaval. Con la colaboración de los vecinos de la Villa, organizaban representaciones teatrales al aire libre, bailes improvisados en las plazas y romerías que recorrían las afueras de la ciudad. Aquellas celebraciones no eran meras exhibiciones lúdicas: eran expresiones culturales vivas, donde el pueblo tomaba la palabra y la calle para contarse a sí mismo en clave festiva.
Aunque los fastuosos bailes de máscaras están documentados en Madrid a partir del siglo XVIII, sabemos que la costumbre de disfrazarse hunde sus raíces mucho más atrás, especialmente entre las clases populares. Los madrileños formaban lo que se conocía como mojigangas: comitivas burlescas que recorrían las calles ataviadas con estrafalarios disfraces de animales o personajes grotescos, ejecutando danzas, coplas y cantes satíricos. Con gran ingenio, parodiaban figuras de la vida política, eclesiástica o social, así como los cotilleos más sonados de la Villa.
Estas mojigangas no solo hacían reír: eran una forma de crónica popular, una sátira en movimiento que ponía en jaque el orden establecido. En ellas se mezclaban el desahogo y la crítica, el juego y la transgresión, dando vida a un carnaval profundamente madrileño, donde el disfraz no era solo atuendo, sino máscara reveladora de verdades ocultas.
IV. LA CORTE TAMBIÉN SE DISFRAZA_
Durante el reinado de Felipe IV, Madrid vivió una auténtica explosión festiva. En una ciudad sacudida por crisis económicas, guerras interminables y tensiones sociales, el monarca apodado el ‘Rey Planeta’, por su inclinación al esplendor y la pompa, supo utilizar las celebraciones populares como eficaz bálsamo colectivo. No era raro que, en determinados años, los días dedicados a fiestas superasen en número a los laborables: una estrategia de distracción con tintes políticos que buscaba mitigar el descontento del pueblo a través del entretenimiento.
En ese contexto, el Carnaval se convirtió en la fiesta más esperada del año, una cita ineludible para un Madrid mayoritariamente analfabeto, donde el teatro era mucho más que un pasatiempo. Ya fuera en los corrales de comedias o en las mismas calles, las representaciones escénicas adquirieron una enorme popularidad, convirtiéndose en un lenguaje compartido por todas las clases sociales. Durante los días de carnestolendas, eran especialmente aplaudidas las farsas que recreaban el mundo al revés: hombres y mujeres comunes que se disfrazaban de monjes, abadesas, obispos o reyes, para terminar siendo objeto de parodias y sátiras feroces por parte de sus conciudadanos. Era un espejo distorsionado que, al reírse del poder, permitía al pueblo liberar tensiones sin desafiar el sistema en su raíz.
El influjo del carnaval caló también en la literatura del Siglo de Oro. Autores como Lope de Vega, con La dama valenciana, Calderón de la Barca, con Céfalo y Pocris, o Tirso de Molina, con El pretendiente al revés, incorporaron a sus comedias elementos carnavalescos: disfraces, equívocos, burlas al orden establecido y finales inesperados, todos signos de una fiesta que permeaba todos los aspectos de la vida urbana.
Pero el carnaval no se limitaba a esos tres días de desenfreno. Semanas antes, ya se iba calentando el ambiente con dos celebraciones previas y diferenciadas por género: el ‘jueves de compadres’, reservado a los hombres casados, y el ‘jueves de comadres’, dedicado a las mujeres casadas. Ambos festejos funcionaban como una suerte de preludio burlesco que preparaba el cuerpo y el espíritu para lo que estaba por venir.
Aunque de raíz eminentemente popular, el carnaval no tardó en filtrarse también en las altas esferas del poder. Reyes, cortesanos y nobles sucumbieron al embrujo de la transgresión, aunque dentro de los límites seguros de sus palacios. En 1623, por ejemplo, se sabe que el omnipresente Conde Duque de Olivares se disfrazó de portero, mientras el Almirante de Castilla optó por vestirse con ropas de mujer. Aquella misma jornada, los escribanos de la corte encabezaron un desfile en el interior del alcázar madrileño portando un cartel que rezaba: ‘los gatos de la villa’. Detrás de ellos, en un gesto cargado de ironía, desfilaban carros de basura en festiva caravana.
Eso sí, todo aquello ocurría puertas adentro, lejos de las mojigangas populares y del bullicio del pueblo. Porque si bien el carnaval ofrecía un respiro a todos los estamentos, la mezcla entre clases seguía siendo, incluso en la mascarada, un terreno prohibido.
V. BURLAS, BROMAS Y DESMADRE (CON LÍMITES)_
Durante el siglo XVII, el carnaval madrileño no solo era una fiesta de disfraces y sátiras teatrales. También se convirtió en un escenario perfecto para desplegar todo un repertorio de burlas, tretas y diabluras que, bajo la protección de la costumbre, rozaban a menudo el límite entre la risa y la crueldad.
La práctica de cubrirse el rostro con máscaras, ya generalizada en la carnestolendas del Siglo de Oro, ofrecía el anonimato necesario para dar rienda suelta a travesuras de lo más variopintas. Algunas eran simples bromas, otras, verdaderos actos de gamberrismo callejero. Se tendían cuerdas entre los balcones de una calle para hacer tropezar a los incautos o hacerles perder el sombrero. Desde las ventanas se arrojaban esportillas de ceniza, salvado o incluso aguas inmundas a los viandantes desprevenidos. Era frecuente lanzar huevos rellenos de líquidos nauseabundos o marcar con yeso las ropas oscuras de los paseantes, dejando en ellas la huella blanca de una mano burlona.
Los animales tampoco se libraban: se les colocaba a los caballos estopas encendidas en las orejas, provocando escenas de caos y carreras desbocadas. A los perros callejeros se les ataba a la cola una garrafa rellena de vidrios que, al romperse, generaban un estruendo que multiplicaba el pánico del animal, mientras este corría por las calles perseguidos por una turba alborozada.
En las puertas de las casas, los picaportes aparecían untados con materias repugnantes. A los transeúntes se les golpeaba con escobones empapados en orines, con vejigas infladas atadas a palos o con sartenes tiznadas que dejaban manchas difíciles de borrar. Las mofas incluían también los clásicos manteos a personas, animales o muñecos que representaban a personajes públicos, y no faltaban tampoco los engaños de ingenio: monedas clavadas en el suelo, retiradas con un hilo al menor intento de recogerlas o guisos adulterados con garbanzos crudos. Incluso se ofrecían dulces y frutas escarchadas untadas con acíbar, una planta amarga que arruinaba cualquier expectativa de placer.
Todo este catálogo de trastadas formaba parte del imaginario carnavalesco y se aceptaba, con resignación o con entusiasmo, según el caso, como parte del ritual social del desorden. La permisividad de las autoridades era, en parte, un acto calculado: una válvula de escape para las clases populares, que durante unos días podían invertir el orden, liberar tensiones y vengarse simbólicamente de las jerarquías cotidianas.
Pero no siempre las bromas terminaban en carcajadas. En momentos de especial inestabilidad política o social, las autoridades se veían obligadas a imponer medidas de contención más estrictas. No en vano, las crónicas de febrero de 1636 recogen con cierta frialdad que las autoridades madrileñas se dieron por satisfechas tras la última noche de carnaval… porque solo se habían registrado cinco muertos en toda la capital. Una cifra que, para los estándares de la época, se consideraba más que razonable.
VI. GOYA, TESTIGO DEL CARNAVAL POPULAR_
Los carnavales vivieron uno de sus momentos de máximo esplendor en el Madrid del siglo XVIII cuando la ciudad, ya convertida en capital ilustrada del imperio borbónico, se rendía por igual al refinamiento cortesano y a las tradiciones populares más enraizadas. Fue en esta centuria cuando la celebración experimentó un profundo cambio en su aspecto formal, influido por las modas europeas, especialmente las italianas, que llegaban a la corte de la mano de la nueva dinastía reinante.
Los bailes de máscaras, inspirados en los carnavales venecianos, se impusieron como el rostro más visible del carnaval aristocrático. Estos eventos, cuidadosamente organizados en palacios y salones privados, se convirtieron en espacios exclusivos para la élite gobernante. Bajo la protección del anonimato, cortesanos y damas de alta alcurnia daban rienda suelta a intrigas amorosas, juegos de poder y caprichos efímeros, en un ambiente de elegante transgresión que nada tenía que ver con el bullicioso carnaval del pueblo.
Mientras tanto, en las calles y en las afueras de la ciudad, el pueblo de Madrid seguía fiel a sus formas más antiguas de celebrar. Las mojigangas, con sus disfraces grotescos y burlones, continuaban recorriendo las plazas; las romerías mantenían viva la conexión con lo rural y lo festivo; y muchas de las costumbres carnavalescas de siglos anteriores como las tretas, sátiras, danzas y cantares, seguían formando parte del imaginario popular.
El arte también se hizo eco de esta dualidad entre el carnaval del pueblo y el carnaval de la corte. Francisco de Goya, con su mirada lúcida y crítica, supo capturar como pocos la esencia de las celebraciones populares madrileñas. En obras como El pelele, donde un grupo de mujeres hace saltar por los aires un muñeco con un mantel, en un juego burlesco que puede leerse como una metáfora social, Goya no solo retrata una costumbre festiva, sino que revela el alma de un pueblo que se ríe, se burla y se libera, aunque solo sea por unos días.
VII. EL ENTIERRO DE LA SARDINA: FIN DE LA JUERGA_
El bullicio del carnaval madrileño encontraba su desenlace en una ceremonia tan grotesca como simbólica: el Entierro de la Sardina, una tradición popular que, aún hoy, marca el final del desenfreno festivo y da paso al recogimiento de la Cuaresma. Esta peculiar despedida, inmortalizada por Francisco de Goya en uno de sus lienzos más célebres, escenifica el tránsito del exceso a la penitencia, de la burla a la solemnidad.
El ritual consistía en un desfile paródico con forma de cortejo fúnebre, en el que figurantes ataviados de luto y máscaras grotescas acompañaban, entre danzas y carcajadas, la figura simbólica de la sardina hasta su quema final. Este acto, cargado de ironía, representaba la muerte del espíritu carnavalesco y la entrada oficial en el tiempo austero de la reflexión cristiana.
Su origen, como ocurre con muchas tradiciones populares, se envuelve en leyenda. Se cuenta que, durante unos carnavales en tiempos del reinado de Carlos III, un cargamento de sardinas en mal estado llegó a los mercados de Madrid. El hedor se extendió con tal intensidad por la Villa que el monarca, preocupado por la salud pública y siempre atento al orden y la higiene urbana, ordenó el entierro inmediato del pescado podrido en los márgenes del río Manzanares. Aquel acto, insólito y grotesco, habría dado pie a una de las tradiciones más singulares del carnaval español.
Con el paso del tiempo, lo que fue una medida sanitaria se convirtió en una representación burlesca con tintes rituales. La sardina dejó de ser solo un pescado para convertirse en símbolo del pecado, del exceso y de lo que debía quedar atrás. Su quema no era solo un acto de cierre, sino también una catarsis colectiva.
En la actualidad, la Cofradía del Entierro de la Sardina de Madrid mantiene viva esta costumbre con su tradicional desfile, que culmina en la Fuente de los Pajaritos de la Casa de Campo, lugar donde, según la memoria popular, fueron sepultadas aquellas primeras sardinas hace ya casi tres siglos. Allí, entre máscaras, gaitas y fuegos, se despide una vez más el carnaval, como si la historia siguiera latiendo en las entrañas de la ciudad.
VIII. BAILE Y MÁSCARAS: DEL TEATRO DEL PRÍNCIPE AL CÍRCULO DE BELLAS ARTES_
El primer baile de carnaval oficialmente celebrado en Madrid tuvo lugar en 1766, durante el reinado del ilustrado Carlos III, quien autorizó su realización en un lugar muy especial: el Teatro del Príncipe, hoy conocido como el Teatro Español. Para convertir el patio de butacas en un espacio de baile digno de la ocasión, se instaló una gran tarima que lo igualaba en altura con el escenario, transformando el teatro en un espléndido salón de baile temporal. Aquella noche marcó un hito en la vida social de la ciudad y abrió las puertas a una nueva forma de celebrar el carnaval, más refinada pero igualmente vibrante.
Durante el siglo XIX, los llamados bailes de máscaras se consolidaron como una de las tradiciones más esperadas por la alta sociedad madrileña. Se celebraban en teatros, palacetes privados, casinos y cafés de renombre, espacios en los que la fantasía, el anonimato y la libertad de movimiento ofrecían una atmósfera propicia para las intrigas galantes, los juegos de identidad y los excesos con cierta elegancia.
Entre todos ellos, uno alcanzó un renombre especial: el baile de carnaval del Círculo de Bellas Artes, una institución clave para la vida cultural madrileña. Su primera edición tuvo lugar en febrero de 1891, en el Teatro de la Comedia, y muy pronto se convirtió en un fenómeno social de primer orden. No solo reunía a artistas, intelectuales, aristócratas y bohemios, sino que también sentó las bases de una revolución gráfica: el nacimiento del cartelismo moderno en España.
A través de concursos anuales, el Círculo impulsó la creación de carteles ilustrados que anunciaban el evento, convirtiendo su baile en una plataforma de difusión del arte gráfico. Ilustradores y diseñadores como Juan Gris, Eulogio Varela, Rafael de Penagos o Bartolozzi fueron algunos de los nombres vinculados a esta tradición visual que dejó una huella indeleble en la historia del diseño español.
Hoy, el prestigioso baile de carnaval del CBA sigue vivo, ya no en teatros prestados, sino en su majestuosa sede de la calle de Alcalá, edificio emblemático diseñado por Antonio Palacios, una joya de la arquitectura racionalista y símbolo de la modernidad madrileña. Cada año, máscaras, disfraces, música y creatividad se dan cita en una noche en la que, como antaño, el arte y la fantasía reinan con absoluta libertad.
IX. HOY, ENTRE DISFRACES Y MEMORIA_
Hoy en día, el carnaval sigue siendo para los madrileños una de las citas más esperadas y divertidas del año. Una celebración en la que el ingenio y la creatividad se dan la mano y en la que todo comienza, como manda la tradición, con la elección de un buen disfraz. Ya sea confeccionado con mimo en casa o adquirido en alguna de las míticas tiendas especializadas que aún resisten el paso del tiempo, el atuendo carnavalesco continúa siendo el pasaporte imprescindible para sumergirse en esta fiesta de libertad y humor.
Entre esos templos del disfraz que han sobrevivido a modas y crisis, destaca con luz propia Disfraces Maty, ubicada en la castiza calle Maestro Victoria. Desde 1943, esta tienda emblemática ha vestido generaciones de sueños, personajes imposibles y fantasías urbanas. Entrar en Maty no es solo buscar un disfraz, es bucear en la historia viva del carnaval madrileño, en sus texturas, sus colores y sus recuerdos.
Tras unos años convulsos en los que nos vimos obligados a cambiar las máscaras de papel por mascarillas higiénicas a causa de la COVID-19, el carnaval recupera hoy su rostro más lúdico y liberador. Es hora de escoger con valentía nuestro atuendo y salir a la calle a exorcizar miedos, frustraciones y malhumores, a golpe de sátira, chufla y chirigota. Porque pocas cosas reflejan tan bien el espíritu de una ciudad como su manera de reírse de sí misma.
Y Madrid, en eso, siempre ha sido maestra.
“Dos o tres veces vi el manteamiento del pelele como en uno de los tapices de Goya. No era fácil hablar con aquella gente, porque el hombre de las afueras es desconfiado y suspicaz”