El poder del grupo

Calle Mayor. Madrid, 2020 ©ReviveMadrid

Calle Mayor. Madrid, 2020 ©ReviveMadrid

gremios medievales, los primeros sindicatos

Que los seres humanos, cuando funcionamos en colectivo, poseemos mucha más fuerza para reclamar lo que consideramos justo que cuando lo hacemos como individuos, es algo que la Historia nos ha confirmado con creces. En el caso concreto de los trabajadores, se hace vital estar organizados para que puedan defender mejor sus derechos, una unión que comenzó a gestarse en el Madrid medieval con la aparición de los gremios, antecesores de los actuales sindicatos.

Durante la Edad Media, los artesanos y profesionales madrileños carecían de poder y derechos, pero comenzaban a reclamar medidas para protegerse de la intrusión de extranjeros y de comerciantes improvisados que ofrecían mercancías o servicios de poca calidad. Por este motivo, los miembros de los grupos de artesanos, comerciantes y aquellas profesiones que requerían, de una u otra forma, el trabajo manual, se agruparon para la protección de sus intereses, dando lugar a las cofradías y gremios.

Los gremios fueron asociaciones profesionales que incluían a todas las personas que trabajaban en en un mismo oficio en una misma localidad. Vigilaban la adquisición y distribución de materias primas, la calidad de los productos elaborados, fijaban los precios y regulaban las condiciones del trabajo, como los salarios y la jornada laboral, y procuraban que todas las personas pertenecientes al gremio tuviesen un trabajo. Podría decirse que fueron los antecedentes de los actuales sindicatos de trabajadores… pero con un toque religioso.

Además, los gremios asistían a sus miembros y a las familias de estos en caso de enfermedad, accidente o fallecimiento y ofrecían una plataforma de aprendizaje para aquellos que desearan unirse a la profesión y, por lo tanto, al gremio.

Los fondos necesarios para cubrir estas necesidades se conseguían a través de limosnas y de cuotas impuestas a sus miembros. También a través de multas y castigos por incumplimiento de las ordenanzas gremiales, que se aplicaban a través de jurados elegidos en el seno del propio gremio.

La estructura de los gremios se dividía de forma jerárquica en tres niveles: maestro, oficial y aprendiz. Los aprendices tenían entre 12 y 14 años. Trabajaban sin salario durante unos 6 años en el taller o tienda del maestro donde, por contrato con sus padres, además de conocimientos recibían casa y alimentos.

Una vez adquirida la instrucción, el aprendiz pasaba a ser oficial y si lo deseaba podía independizarse y trabajar por su cuenta cobrando un salario estipulado por las ordenanzas del gremio, siempre bajo la tutela del maestro.

El maestro era el dueño del lugar del trabajo y de las herramientas. Se conseguía esta categoría después de haber demostrado su capacidad, mediante la elaboración de una obra maestra, en el caso de los artesanos, y de la superación de un examen ante los tribunales de control, en el de los profesionales manuales.

El acceso a los gremios estaba limitado y tenían prohibido ingresar las mujeres, los musulmanes y los judíos. Tan sólo se admitía a hombres que fueran “cristianos viejos”… es decir, aquellos que no tuvieran mezcla de sangre de otras religiones entre sus antepasados.

Durante el siglo XVII en Madrid destacaron los gremios de Artilleros, Artistas, Aprendices, Barberos, Bordadores, Cabestreros, Cedaceros, Coloreros, Cuchilleros, Curtidores, Esparteros, Herradores, Hilanderas, Horneros, Latoneros, Libreros, Ladrilleros, Monteros, Sombrereros, Tomateros, Tintoreros, Vinateros y Yeseros… entre otros.

Hoy podemos recordar a gran parte de estos gremios a través del callejero madrileño, en los nombres de las calles que rodean el centro histórico de la capital, gracias a las placas cerámicas de Alfredo Ruiz de Luna.

El declive de los gremios, especialmente de los más pequeños, fue muy lento pero constante durante los siglos XVII y XVIII. La llegada de la Revolución Industrial y las primeras máquinas, en el siglo XIX, condenaron a los gremios a la desaparición. La creciente proletarización del trabajo propició que, en adelante, los obreros se organizaran en sindicatos y partidos políticos, quedando muchos trabajadores sin la cobertura que sus antiguos gremios les ofrecían. Otros, dieron lugar a los Colegios profesionales.

El ser humano está diseñado para formar comunidad. A pesar de que hoy en día se habla mucho del poder interior, de potenciar las habilidades personales y de la capacidad de cada individuo para cambiar su destino, la fuerza de un grupo unido, decidido a defender objetivos globales y no individuales, es aún más fuerte. Hoy, más que nunca, unidos, podemos con todo.

Josep Pla (Gerona, 1897 - 1981)

Josep Pla (Gerona, 1897 - 1981)

El derecho del obrero no puede ser nunca el odio al capital; es la armonía, la conciliación, el acercamiento común de uno y del otro.
— Josep PLa


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