El vaso medio lleno

Casa de Joaquín Costa en Madrid

Antigua casa de Joaquín Costa. Madrid, 2021 ©ReviveMadrid

Joaquín Costa y la tierra prometida

Si te paras a pensar… ¿cuántos períodos de crisis ha vivido España desde que tienes uso de razón? Crisis económicas, políticas, educativas, sociales, de empleo, de valores, sanitarias… La palabra “crisis” acompaña a la historia de nuestro país desde hace siglos, generando una actitud pesimista que nos hace ver el futuro con cierta desesperanza.

Aunque cada tiempo tiene su crisis, conocerlas nos ayuda a comprender no sólo la naturaleza de nuestra sociedad actual sino también los porqués de sus problemas, así como sus posibles remedios. Y es que una crisis no solamente supone amenaza… también es generadora de cambios y oportunidades, de catarsis y regeneración.

Por este motivo, entender la grave crisis sufrida por nuestro país en 1898, quizá la que más afectó a todos los niveles de la sociedad española en siglos, pueda servirnos para comprender algunos de sus males actuales e intentar atajarlos. Para ello, es fundamental conocer y valorar la figura de quienes, como Joaquín Costa, impulsaron el movimiento regeneracionista que marcó el cambio de siglo en nuestro país.

Y es que, si la primera mitad del siglo XIX en España había estado marcada por las secuelas de la Guerra de Independencia contra los franceses, la segunda lo estaría por una grave crisis económica y política.

Desde el punto de vista económico, entre 1864 y 1874 España se vio golpeada por una terrible recesión financiera que ya antes habían padecido sus vecinos europeos.

Además de una importante crisis agraria, se produjeron las primeras quiebras de compañías ferroviarias en España, que a su vez arrastraron a muchos bancos a la ruina y a la suspensión de pagos, ahogando el crédito tras años de especulación, burbujas y desmedida captación de capital externo.

La liberalización de los bancos había provocado que, entre 1856 y 1865, el número de entidades bancarias pasara en nuestro país de 13 a 58. El crack financiero posterior motivó que el número volviera a reducirse a 14 en 1874.

Unos años después, entre 1882 y 1897, la fuerte caída de los precios agrarios internacionales provocó una importante crisis del sector en España, generando a su vez secuelas industriales y financieras.

Por si todo esto fuera poco, la situación se vio agravada por la deuda pública emitida para financiar las guerras coloniales, especialmente la de Cuba.

Desde el punto de vista político, con la Constitución de 1876, Antonio Cánovas del Castillo había terminado de diseñar un nuevo sistema en el que la Monarquía, bajo la figura de Alfonso XII, compartiría la soberanía nacional con las Cortes, órgano representante de los intereses del reino.

En este nuevo régimen, conocido como Restauración, la Corona actuaría como poder moderador de una vida política que a su vez se organizaría sobre la base de un modelo bipartidista, en el que los conservadores de Cánovas y los liberales de Sagasta se turnarían en el gobierno respetando lo establecido en el orden constitucional.

Sin embargo, en la práctica, con una tasa de analfabetismo en la sociedad española de casi un 80%, el falseamiento electoral para mantener esa alternancia se convirtió en un recurso habitual que se prolongaría durante el reinado de Alfonso XIII, asegurando la estabilidad política del país pero también perpetuando los antiguos privilegios de los dos grandes partidos.

En estos años comenzaron a surgir voces críticas contra el sistema establecido, al considerar que hundía poco a poco a España en una decadencia insalvable que terminaría por confirmarse en 1898.

Ese año España sufrió la pérdida de Cuba, Puerto Rico, la isla de Guam y Filipinas, últimas posesiones españolas en América y Asia, en una guerra contra Estados Unidos que resultó humillante para la sociedad española. Este período, conocido como el Desastre del 98, conmocionó nuestro país a todos los niveles.

Las secuelas de 1898 implicaron no sólo una fuerte depreciación de la peseta, el proteccionismo arancelario y la repatriación de capitales de las colonias perdidas, también una profunda crisis intelectual acerca de lo que significaba España.

La quiebra ideológica de fin de siglo supuso una ruptura con los vicios que hasta entonces habían prevalecido en nuestro país: la corrupción, el caciquismo, el falseamiento electoral, la distancia entre la España “oficial” y la “real”, la cuestión social, el agotamiento de los partidos tradicionales…. un replanteamiento que dejó al régimen de la Restauración inmerso en una crisis de legitimidad, representación y funcionamiento.

Ante esta compleja situación de malestar general, en la que se mezclaban frustraciones, resentimientos y aspiraciones, surgieron varias corrientes intelectuales que liderarían una actitud profundamente crítica respecto a la realidad española y abogarían por la regeneración completa de su vida política y social. Nos referimos a la Generación del 98 y al Regeneracionismo.

Ambos movimientos exigían reformas en la Administración Pública y la erradicación del caciquismo. Se trataba de rescatar al país de su atraso cultural y económico, reclamando la intervención del Estado en el fomento y extensión de la enseñanza y en el aumento de la producción y riqueza de la nación.

Así, surgieron diversos proyectos educativos y científicos, como los impulsados por la Institución Libre de Enseñanza y la Junta para Ampliación de Estudios, que aspiraban a la revitalización intelectual y moral de los españoles.

Dentro de la generación literaria del 98, destacados escritores como Pío Baroja, Azorín o Ramiro de Maeztu clamaron por las desgracias de España.

Por su parte, como parte del movimiento regeneracionista, intelectuales como Lucas Mallada, Ricardo Macías Picavea, Luis Morote o Joaquín Sánchez de Toca criticaron el sistema político y denunciaron la situación existente. Pero por encima de todos ellos, Joaquín Costa se erigió como el gran referente intelectual del llamado “espíritu del 98”.

Jurista, historiador, pedagogo, folclorista, etnólogo, sociólogo, geógrafo, economista... Joaquín Costa Martínez fue, en suma, un agitador social en un país analfabeto y atrasado, cuya vida supuso ante todo, una continuada y tenaz lucha.

Nacido en Monzón, Huesca, el 14 de septiembre de 1846, en el seno de una humilde familia de agricultores, desde muy joven comenzó a fraguar un carácter marcado por la curiosidad y el esfuerzo.

Obligado a trabajar desde niño, tuvo que aprender a aprovechar sus escasos ratos libres para estudiar. Una máxima de su juventud fue “si no puedo estudiar, no quiero vivir”… y, ciertamente, al estudio consagraría su existencia.

Gracias al gran esfuerzo de su humilde familia, el joven Joaquín pudo trasladarse a Huesca a estudiar, poniéndose al servicio de un pariente al que, a cambio de un techo, compensaba realizando trabajos de albañil, jabonero, carpintero, etc.

Lamentablemente, el adolescente Joaquín comenzó a sufrir una distrofia muscular progresiva que le impediría, en adelante, desarrollar trabajos manuales de gran esfuerzo y le causaría continuos sufrimientos durante el resto de su vida.

No obstante, su enfermedad nunca le privó de la determinación ni de la disposición para leer, estudiar y escribir… y así, su capacidad teórica le sirvió para conseguir una beca para la Exposición Internacional de París de1867 como “artesano discípulo observador”.

Impresionado por lo que allí había visto, a su vuelta a España Costa traería consigo los planos de una curiosa máquina cuya demostración había presenciado en la Exposición: el velocípedo. Curiosamente, gracias a estos planos de Joaquín Costa se pudo fabricar la primera bicicleta en España, concretamente en Zaragoza.

De nuevo en Huesca, y centrado en sus estudios, Joaquín conseguiría obtener los títulos de maestro y agrimensor (una de las antiguas ramas de la topografía) en 1869. Para continuar su formación marcharía a Madrid donde estudiaría las carreras universitarias de Derecho y Filosofía y Letras, consiguiendo doctorarse en ambas en 1875.

Llegados a este punto, todos los esfuerzos de Costa se centraron en conseguir una plaza como profesor en la Universidad Central de Madrid. Sin embargo, su simpatía por los ideales krausistas se lo impidieron.

El krausismo defendía, entre otros principios, la tolerancia académica y la libertad de cátedra frente a la estanca universidad española de la época, muy influenciada por la Iglesia Católica.

Estos ideales no fueron bien vistos por el gobierno de la Restauración, que ordenó apartar a los profesores afines a estas teorías de la Universidad, entre ellos a Nicolás Salmerón, Gumersindo Azcárate y Francisco Giner de los Ríos.

Joaquín Costa, en solidaridad con ellos y con sus ideales, abandonó la Universidad para dedicarse a su profesión de jurista, mientras mantenía su vocación docente trabajando como profesor en la Institución Libre de Enseñanza, fundada por su maestro Giner de los Ríos.

Poco a poco Costa comenzó a introducirse en los círculos políticos madrileños, adquiriendo cada vez mayor influencia. Fue entonces cuando señaló las que a su juicio eran las razones del atraso estructural español y a proponer soluciones en la búsqueda del progreso… propuestas sin las que, en su opinión, España corría el riesgo de convertirse en un Estado sin alma y que pasaban por la revitalización de antiguas costumbres y organizaciones sociales.

Muchos consideraron a Costa un idealista exaltado… pero la actitud crítica del aragonés hacia las estructuras oficiales, lejos de mitigarse, se haría aún más vehemente y ardiente a partir de 1898. El Desastre del 98 estimuló sus ataques al orden establecido y la búsqueda de propuestas de cambio, erigiéndole como cabeza visible del nuevo movimiento regeneracionista.

Con su lema “Despensa y Escuela“, Costa sintetizó los retos a abordar para sacar a España de la decadencia: el atraso económico, la carencia de un sistema educativo actualizado, el drama de una alimentación deficiente, el escaso interés por la productividad agrícola, la necesidad de una política de riego… además de incidir en la necesidad de moralización, regeneración política y un profundo cambio social frente a la falta de ilusión colectiva.

El principal foco de las críticas de Costa, desde un primer momento, fue la corrupción política. Desde el Ateneo de Madrid realizó una histórica encuesta, con la colaboración de muchas grandes figuras de la cultura y la sociedad españolas (desde Miguel de Unamuno a Emilia Pardo Bazán), para redactar uno de sus títulos más destacados y una velada denuncia al sistema político de la Restauración: Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla (1901)

Desde el punto de vista educativo, Costa defendió la escuela pública, abierta y sin dogmas. Y es que, en su opinión, “el problema de la regeneración de España era pedagógico, tanto o más que económico o financiero, y requería una transformación profunda de la educación nacional en todos sus grados”.

En uno de sus airados mítines llegó a plantear “prender fuego a la vieja Universidad, fábrica de licenciados y proletarios de levita, y edificar sobre sus cimientos la Facultad moderna, cultivadora seria de la ciencia, despertadora de las energías individuales, promovedora de las invenciones”.

A nivel productivo, Joaquín Costa abogó por una revolución agrícola en España. Esta desencadenaría una revolución industrial y de los transportes, especialmente del ferrocarril, que acabaría con las autarquías económicas locales y comarcales.

Los mercados agrícolas de mayor alcance acarrearían una mayor especialización de los suelos y la superación de los agotados cultivos de subsistencia con la introducción de nuevos cultivos, más rentables.

Pero para Costa, la revolución agrícola también debía ser social. Por ello, exigió que las tierras desamortizadas a los Ayuntamientos en el siglo XIX volvieran a ellos para el disfrute de las clases populares, introduciendo el concepto de colectivismo agrario.

El fruto del trabajo colectivo sobre las tierras de los vecinos de un municipio iría destinado a atender necesidades del concejo o a un reparto de los beneficios entre la colectividad. Además, se establecerían organizaciones y sindicatos que, a través de cuotas, dotarían a los agricultores de planes de previsión, garantizando su futuro y sirviendo de instrumento contra el caciquismo.

También solicitó la construcción en zonas rurales de escuelas elementales, bancos y dispensarios, tanto para la población como para su ganado, así como el asfaltado de carreteras secundarias y la reducción de los costes de transporte por ferrocarril, con el fin de conectar lo urbano con lo rural. Todo ello quedaría reflejado en uno de sus libros más conocidos: La tierra y la cuestión social (1912).

Pero quizá el más importante de los muchos planteamientos de Joaquín Costa sobre la recuperación económica de la España del cambio de siglo, fue su política hidráulica.

Promovió la construcción de embalses y canales para aprovechar las lluvias anuales que sistemáticamente terminaban por perderse, fluyendo desde las montañas hasta el mar, y alertó sobre el problema de la distribución de agua, que consideraba un bien público y no privado, destinado a la obtención de lucro.

Aunque Joaquín Costa no vivió lo suficiente para ver este programa materializado, sus planteamientos sobre el agua darían lugar años más tarde a las actuales confederaciones hidrográficas.

Finalmente, y para poder llevar a cabo este ambicioso plan agrícola, Costa consideraba fundamental formar a las nuevas generaciones de agricultores. Por ello, promovió la aparición y el desarrollo de las enseñanzas agronómicas en España, como la Ingeniería de caminos y canales, que a medio plazo debía motivar la vuelta al medio rural de quienes habían decidido emigrar a la ciudad para labrarse un futuro.

Más allá del mero idealismo de sus planteamientos, Joaquín Costa intentó materializar estos ideales a través de la política. Sin embargo, tras varios intentos fallidos, cejó en el intento.

Desengañado de la política, padeciendo unas acuciantes dificultades económicas y físicas, Costa decidió apartarse de la vida pública en 1905, instalándose definitivamente en su casa de Graus, de donde ya no se movería. Hasta allí siguieron acudiendo multitud de visitas en busca del consejo del anciano intelectual… no sólo importantes políticos en activo sino, especialmente, humildes vecinos que veían en él un ejemplo a seguir.

El 7 de febrero de 1911 fallecía Joaquín Costa.

La noticia conmovió a todo el país. Desde el Consejo de Ministros se ordenó que su cuerpo fuese trasladado a Madrid para ser enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de la capital y, aunque inicialmente la familia dio su autorización, finalmente la presión popular de los aragoneses consiguió que Costa fuese sepultado en Zaragoza.

No obstante, Madrid conserva numerosos espacios que evocan la memoria de quien fuera su vecino, desde colegios, a grandes avenidas o los lugares en los que habitó durante parte de su vida, como es el caso de esta, su casa, en la Calle Barquillo de la capital.

Probablemente, la importancia actual de la figura de Joaquín Costa no se debe tanto a lo que consiguió en vida, sino a su influencia posterior en eminentes pensadores de todas las posiciones políticas, desde la Dictadura de Primo de Rivera a la II República.

Un siglo después de la muerte del “león de Graus” y salvando las distancias de tiempo y forma, parece que muchos de los vicios que denunció en su España, permanecen en la nuestra: corrupción política, falta de voluntad de sus líderes, crisis económica, desapego ciudadano, problemas de convivencia… Si hoy Costa levantara la cabeza suponemos que, aunque orgulloso de los avances, mantendría su actitud crítica e intentaría pasar a la acción proponiendo soluciones… aunque probablemente seguiría sin encontrar un partido político que lo respaldara.

Retrato fotográfico de Joaquín Costa

Joaquín Costa Martínez (Monzón, Huesca, 1846 - Graus, Huesca, 1911)

Jamás habrá otra ni más España que la que salga de la cabeza de los españoles
— Joaquín Costa


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