En tierra de hombres
Emilia Pardo Bazán: una vida entre letras, lucha y libertad
¿Y si lo tuvieras todo para triunfar… excepto permiso?
Una inteligencia fuera de lo común; una voluntad de acero; una voz propia cuando lo único que se esperaba de ti era obediencia, silencio y sumisión… Emilia Pardo Bazán tenía talento, formación, lecturas, ambición y una obra que hoy nadie discute. Pero vivió en un país y en una época en la que todo eso no bastaba si nacías mujer.
No la detuvieron las burlas, ni los insultos ni el desprecio de quienes, al no poder igualarla, intentaron ridiculizarla. Fue tres veces rechazada en la Real Academia Española, no por falta de méritos sino por exceso de ovarios. Sus clases, brillantes y concurridas, le valieron ser la primera catedrática de universidad en España… aunque hubo quien se escandalizó más por su presencia en el aula que por sus ideas en el estrado.
Publicó más de 600 cuentos, casi medio centenar de novelas y ensayos, miles de artículos de prensa… Fue periodista, editora, crítica, viajera, filósofa, cronista, feminista y narradora. Habló de la maternidad como elección, denunció los crímenes contra las mujeres cuando aún se llamaban ‘crímenes pasionales’, y defendió el derecho de la mujer a pensar, a escribir, a disentir y a vivir como le diera la gana. En un siglo que no estaba preparado para escucharla, obligó a todos a hacerlo.
La historia ha tardado demasiado en rendirle el lugar que merece pero hoy, caminar por la calle Princesa y detenerse ante su estatua, es algo más que un gesto de homenaje: es un acto de justicia.
Este artículo es un viaje por su vida, su pensamiento y su profunda conexión con Madrid. Una ciudad que la acogió, la alimentó, la miró con recelo y terminó, a regañadientes, por admirarla. Porque si alguien supo lo que significa abrirse paso en un mundo diseñado para otros… esa fue doña Emilia Pardo Bazán.
I. Infancia y educación de Emilia Pardo Bazán (1851–1868)_
Emilia Pardo Bazán y de la Rúa-Figueroa vino al mundo el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, hija única de un matrimonio aristocrático gallego, los señores José Pardo Bazán y Mosquera y Amalia de la Rúa-Figueroa y Somoza. Podía haber sido una más entre tantas niñas de cuna noble destinadas a bordar, rezar rosarios, casarse bien y vivir discretamente, pero a Emilia, desde muy temprano, se le notaba otra hambre. Una que no se saciaba ni con dulces ni con muñecas, sino con libros.
Tuvo suerte. No con la época, que era la que era (mitad siglo XIX, mitad Edad Media para los derechos de la mujer), pero sí con el padre. Don José, político liberal, ilustrado y amante de la lectura, decidió que su hija merecía algo más que una formación decorativa. Le abrió la biblioteca familiar, le ofreció conversaciones serias y la trató, en lo esencial, como un ser pensante. Ese gesto aparentemente simple cambió el rumbo de la literatura española.
A los 8 años ya leía sin descanso, a los 9 escribió sus primeros versos y, a los 15, su primer cuento: Un matrimonio del siglo XIX. Un título que no fue casual, porque incluso entonces ya intuía que el matrimonio, tal como se entendía en su tiempo, no era precisamente una novela con final feliz para las mujeres.
Durante los meses de invierno, la familia se trasladaba a Madrid, donde Emilia fue internada como mediopensionista en un colegio de señoritas atendido por profesoras francesas, probablemente el de las Damas de Montuel, en el Postigo de San Martín. Allí perfeccionó el francés, se familiarizó con la cultura europea y comenzó a recorrer con la mirada la ciudad que más adelante se convertiría en su otro hogar: Madrid.
Pero no fue esa una infancia encerrada en cuartos de costura. Entre paseos por el Retiro, visitas a la Plaza Mayor y observaciones curiosas sobre las calles de una capital en transformación, Emilia fue comprendiendo algo esencial: que su mente no tenía límites, aunque la sociedad se empeñara en ponérselos.
En aquellos años, además, vivió en primera persona los debates políticos y sociales del momento. Su padre, implicado en la vida pública como diputado liberal, le daba acceso a ideas, lecturas y tertulias que la mayoría de las niñas de su edad ni siquiera sabían que existían. De aquella semilla nació su pensamiento crítico, su afán por comprender el mundo y su vocación por intervenir en él, no como espectadora, sino como creadora.
Una niña de alta cuna, sí, pero de espíritu indomable. Una niña con llamativas coletas que prefería leer a coser, que escribía cuando nadie lo esperaba y que se preparaba, sin saberlo aún, para escandalizar a todo un país con su lucidez.
II. DEL MATRIMONIO A LA EMANCIPACIÓN (1868–1884)_
El año 1868 marcó un triple giro en la vida de Emilia: se vistió de largo, se casó y estalló en España la Revolución de Septiembre. Tenía apenas 16 años. En su memoria, esa coincidencia de acontecimientos quedó grabada como un signo. Lo que parecía el inicio de una vida convencional, pronto se convertiría en un camino insólito.
Su esposo fue José Quiroga y Pérez Deza, un joven hidalgo gallego, estudiante de Derecho. A los ojos de la sociedad, todo encajaba: la muchacha noble, bien educada, casada con un caballero del mismo rango. Pero Emilia no encajaba en los moldes y eso se notaría muy pronto.
El matrimonio comenzó con largos viajes por Europa. París, Viena, Roma… Mientras él se formaba como jurista, ella absorbía idiomas, paisajes e ideas. Fue en ese contexto, en contacto con la literatura francesa y alemana, cuando su pensamiento se disparó hacia horizontes que en Galicia, y en buena parte de España, aún quedaban muy lejanos. Las tertulias parisinas, el krausismo, el pensamiento libre, el feminismo incipiente… Emilia observaba, leía y tomaba nota.
De vuelta en España, la pareja se instaló en Madrid, donde la vida política del padre de Emilia les abría puertas y contactos. Pero no todo era armonía. La ambición literaria de Emilia comenzaba a crecer… y no todos la celebraban. A pesar de tener ya hijos (Jaime, Blanca y Carmen nacieron entre 1876 y 1881), Emilia no abandonó su vocación. Al contrario: la paternidad tradicional de José contrastaba cada vez más con la libertad intelectual que ella exigía para sí misma.
Y entonces llegó el punto de inflexión.
Entre 1882 y 1883, Emilia publicó una serie de artículos en prensa sobre la corriente literaria del naturalismo francés, reunidos después en un volumen titulado La cuestión palpitante. El escándalo fue inmediato. Se le acusó de defender ideas inmorales, de ser demasiado audaz, de escribir ‘como un hombre’… La polémica trascendió la literatura y se convirtió en un ataque personal. Pero lo peor no vino de la crítica, sino de su propio entorno.
Su marido, alarmado por la exposición pública, le exigió que eligiera: o el matrimonio… o la literatura. Ella eligió la literatura. Sin lamentos, sin dramas y sin marcha atrás.
En 1884, se separó de José Quiroga de forma amistosa. Él se retiró a sus tierras gallegas. Ella se instaló entre Madrid y Meirás, consagrándose por completo a su carrera. No hubo ruptura escandalosa ni grandes titulares, pero en una sociedad donde las mujeres respetables no podían firmar artículos, ni opinar en público, ni separarse de sus esposos sin ser estigmatizadas… lo que hizo Emilia fue un acto de insumisión. Un grito silencioso.
No pidió permiso, se lo tomó. Y a partir de ese momento, comenzó su verdadera vida como escritora, como figura pública, como pensadora y como pionera. La condesa que había sido educada para brillar en salones, decidió brillar con su pluma. Y, desde entonces, no volvió a mirar atrás.
III. EL DESPERTAR DE UNA VOZ PROPIA: NATURALISMO Y MODERNIDAD (1883–1889)_
La publicación de La cuestión palpitante en 1883 supuso un shock para la sociedad española. En sus páginas Emilia Pardo Bazán diseccionaba, analizaba y defendía, con claridad quirúrgica, los principios del naturalismo, una corriente literaria de raíz francesa que aún escandalizaba a las élites culturales de nuestro país.
La autora no solo había leído a Zola, lo había entendido y lo había filtrado. Porque el naturalismo de Emilia no era una traducción mimética de París a La Coruña, era un ejercicio de síntesis, una lectura crítica, matizada y profundamente española. Aplaudía la atención al entorno y la herencia, el método casi científico en la construcción del personaje… pero rechazaba el fatalismo materialista que negaba toda dimensión espiritual. Lo suyo era naturalismo con alma.
La publicación fue como encender una cerilla en una habitación llena de gas. Los críticos más conservadores la acusaron de ‘indecente’. Los defensores del canon la tacharon de ‘impropia’ para una mujer. Hasta los aliados, como Clarín, recelaron de su ímpetu. Zola, en persona, elogió el libro con un piropo envenenado: “No parece escrito por una señora”.
Pero Emilia no se encogió. Siguió escribiendo y lo hizo mejor que nunca.
En ese mismo 1883, publicó La Tribuna, una novela pionera y valiente ambientada en una fábrica de tabacos de A Coruña, protagonizada por una obrera. Es la primera novela de la literatura española que pone en el centro a una mujer trabajadora, con conciencia de clase, de cuerpo y de deseo. No era una alegoría, era una declaración. La literatura podía y debía hablar también de las vidas invisibles.
Tres años después, en 1886, apareció su obra maestra: Los pazos de Ulloa, seguida al año siguiente por La madre naturaleza. Juntas forman un díptico brutal, lúcido, desgarrador, que retrata como nadie la decadencia de la aristocracia rural gallega, el caciquismo, la violencia estructural, el analfabetismo y la hipocresía de una España que se caía a pedazos por dentro. Todo, contado con una prosa impecable, rica y afilada, tan densa en ideas como en emociones.
Estas novelas no son solamente relatos rurales, son radiografías sociales, con personajes que responden a su herencia genética, a sus circunstancias… pero también a la posibilidad (o no) de elegir. Emilia pone a prueba los principios del naturalismo en un contexto español y lo hace con una mirada única, donde la crítica social se mezcla con una poderosa capacidad para evocar ambientes, tensiones, pasiones y silencios.
Mientras tanto, sigue escribiendo cuentos (docenas de ellos), artículos, ensayos y conferencias, consolidándose como una de las voces más fértiles y respetadas de la prensa literaria. No hay tema que no le interese ni interlocutor que no la escuche, aunque sea para disentir.
El mundo cultural madrileño, que había querido encasillarla como una extravagancia de provincias, empieza a entender que está ante una de las figuras centrales del pensamiento moderno en España. Pero esa comprensión no le acarrea aplausos unánimes, le trae más bien soledad, resistencia y la certeza de que no hay mayor osadía que pensar por cuenta propia siendo mujer.
Y, sin embargo, ella seguía escribiendo. Con cada obra, con cada palabra, su voz se hacía más fuerte, más libre y más temida. Ya no era una escritora que imitaba modelos, ahora era un modelo en sí misma.
IV. LA PARDO BAZÁN PERIODISTA: EL OFICIO DE LA INTELIGENCIA_
A Emilia Pardo Bazán no le bastaba con escribir novelas. Tenía una urgencia más inmediata, más directa, más palpitante: pensar el presente, discutirlo y provocarlo. Para eso, el periodismo fue su mejor aliado.
A lo largo de su vida, firmó más de 1.500 artículos. En ellos cabía todo: política, ciencia, religión, filosofía, literatura, pintura, teatro, moda, gastronomía, sociedad… y siempre, en el fondo, una forma de leer el mundo con lucidez, ironía y una independencia feroz. Porque si algo tenía claro doña Emilia, es que escribir en prensa era también intervenir en el debate público.
Desde sus inicios en los periódicos gallegos como El Heraldo Gallego o La Ilustración Gallega y Asturiana, hasta sus colaboraciones en los grandes diarios nacionales como La Época, El Imparcial, El Liberal, La Nación, El Correo, ABC o Blanco y Negro, Emilia supo ocupar un espacio que no estaba diseñado para ella. Y, una vez dentro, no se conformó con figurar: mandó, incomodó y sacudió.
Su prosa periodística era rápida, precisa y sagaz. A veces humorística, otras implacable, pero nunca condescendiente. Podía diseccionar la política internacional con soltura o describir una corrida de toros con una sensibilidad casi etnográfica. Lo mismo analizaba la situación educativa de las mujeres en España que hablaba de Tolstói, Darwin o Victor Hugo con la familiaridad de quien ha conversado con ellos en la sobremesa.
Y no era solo articulista. También fue directora y editora. Fundó y sostuvo con sus propios medios la revista Nuevo Teatro Crítico (1881–1885), un ambicioso proyecto intelectual que, durante tres años, publicó casi exclusivamente textos suyos. Allí desplegó su pensamiento sin filtros, sin concesiones. Un auténtico manifiesto de modernidad, erudición y voluntad crítica. La empresa fue un fracaso económico… pero también un hito cultural.
En sus artículos, Emilia no opinaba: argumentaba. Su estilo tenía más que ver con la claridad de un ensayo que con la retórica del panfleto. Incluso cuando polemizaba, no caía en el insulto fácil ni en el chisme de salón. Su lengua era afilada, sí, pero se mojaba en tinta, no en veneno.
También fue una pionera en el periodismo de viajes y de crónica internacional. Fue la primera corresponsal de prensa española en el extranjero, con textos enviados desde París y Roma que informaban, radiografiando las sociedades europeas con ojos críticos. Sus crónicas, lejos del turismo superficial, revelaban una mirada comparativa, con fondo social y siempre con la pregunta de fondo: ¿qué nos falta? ¿qué nos sobra? ¿qué podemos aprender?
En medio de este ejercicio intelectual constante, también se permitió hablar del mundo femenino sin pedir perdón. Desde los salones de la moda hasta los lavaderos públicos, desde los cafés cantantes hasta la educación de las niñas, Pardo Bazán fue construyendo, artículo a artículo, una imagen de mujer que pensaba, hablaba, analizaba y escribía. Y eso, en el siglo XIX, era pura dinamita.
Ella misma lo dejó escrito, en un artículo titulado Una mujer periodista: “La mujer periodista pertenece exclusivamente al siglo XIX. La mujer, realmente, posee condiciones especiales que la hacen apta para el trabajo periodístico. Pronta y sagaz en ver o adivinar lo que no se ve; fina observadora del detalle menudo y del matiz imperceptible; fácil y rápida en expresar el sentimiento; concienzuda y exacta para el desempeño de la diaria tarea.”
No hablaba solo de otras, hablaba de sí misma. Porque Emilia no fue una dama que escribía en los periódicos para adornarlos. Fue una periodista profesional, en el sentido más pleno de la palabra. Vivió de su escritura, pensó desde sus columnas e hizo del periodismo una forma de ciudadanía activa.
V. UNA FEMINISTA CON TÍTULO DE CONDESA (Y CON LENGUA DE ACERO)_
Doña Emilia no se definió como ‘feminista’ a posteriori, ni esperó a que la palabra se pusiera de moda. Lo dijo alto y claro, en 1914: “Yo soy una radical feminista. Creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer.”
Así. Sin adornos, sin asteriscos y sin manual de estilo.
Y no era pose. Su feminismo no nació en los cafés ni en las modas intelectuales importadas. Venía de muy atrás, de una experiencia vivida, pensada y articulada con profundidad. Lo que reclamaba Emilia no era una cortesía ampliada ni una mejora cosmética del trato a las mujeres: lo que reclamaba era una revisión estructural del lugar que el mundo les asignaba.
Sabía que había nacido con ventajas como un apellido ilustre, una posición socia y una educación privilegiada, pero no confundía eso con libertad. Porque incluso con todo eso, le negaban la palabra, el reconocimiento y el acceso a las instituciones del saber. Y no por lo que decía, sino por quién lo decía. Por ser mujer.
Por eso su lucha fue especialmente incómoda, porque no venía desde el margen, lo hacía desde el centro. Desde la tribuna, desde el Ateneo, desde los periódicos… era una condesa que se atrevía a denunciar que el poder era masculino… y excluyente.
Durante más de cuarenta años, Emilia usó su voz, su pluma y su prestigio para cuestionar los discursos patriarcales de su época. Reclamó el acceso de las mujeres a la educación reglada, a las profesiones liberales, al mundo académico, a la política y al pensamiento. Exigió igualdad jurídica y también simbólica: el derecho a ser escuchadas, a escribir, a disentir o a vivir sin tutela.
En el Congreso Pedagógico Internacional de Madrid de 1892, pronunció una conferencia incendiaria para la época: defendió la coeducación mixta, el acceso de las niñas a las mismas materias que los niños y el derecho de la mujer a ser profesora, médica, abogada o lo que quisiera. A muchos les pareció un delirio. Pero ella no debatía desde la ocurrencia, sino desde la evidencia.
También creó una editorial: la Biblioteca de la Mujer, desde donde tradujo y publicó obras claves para el pensamiento feminista de la época, como La esclavitud femenina, de John Stuart Mill. Dio espacio a autoras como Mary Wollstonecraft, Harriet Beecher Stowe, Madame de Staël, George Eliot o María de Zayas. Su objetivo era claro: dar voz a aquellas que habían sido silenciadas durante siglos.
En sus cuentos, su lucha se volvió carne. Muchas de sus narraciones breves funcionan como pequeñas bombas de relojería: esposas maltratadas, mujeres condenadas por su deseo, madres asfixiadas, hijas rebeldes, niñas lúcidas… Su relato El encaje roto (y tantos otros que tratan sobre la violencia de género, el control marital, el destino impuesto) no solo son literarios: son alegatos. Y más de un siglo después, siguen doliendo por su actualidad.
También denunció con dureza la indulgencia judicial hacia los asesinos de mujeres. Ya en 1901, en un artículo demoledor, escribió: “Han aprendido los criminales que eso de la pasión es una gran defensa prevenida, y que por la pasión se sale a la calle libre y en paz.”
Llamaba a las cosas por su nombre cuando aún nadie se atrevía a hacerlo.
Lo más provocador, quizás, era que todo esto lo decía sin renunciar a su fe católica, ni a su clase social, ni a su apellido nobiliario. Porque Emilia no aceptaba que el feminismo tuviera que venir de una ruptura: ella quería demostrar que podía nacer de una conciencia lúcida, incluso desde dentro de las estructuras que lo oprimían.
Era aristócrata, sí, pero también lectora de Kant, defensora de Darwin, discípula de Giner de los Ríos y amiga de Galdós. No encajaba en ningún molde… y ese fue su verdadero gesto revolucionario.
En el fondo, lo que Emilia hizo fue crear una nueva figura: la mujer pensadora pública en España. Ni musa, ni mártir, ni santa, ni loca. Una mujer con ideas propias, con autoridad y con espacio.
Y si eso no es feminismo, que venga alguien hoy, en pleno siglo XXI, y lo explique mejor.
VI. PRIMERA ESCRITORA PROFESIONAL DE ESPAÑA_
A finales del siglo XIX, que una mujer escribiera era una rareza y que publicara, una extravagancia. Pero que viviera de lo que escribía, sin depender de un marido, ni de una pensión, ni de una herencia… eso, directamente, era impensable. Hasta que llegó Emilia Pardo Bazán.
Ella misma lo dejó claro en una carta a un amigo: “Me he propuesto vivir exclusivamente del trabajo literario, sin recibir nada de mis padres, puesto que si me emancipo en cierto modo de la tutela paterna, debo justificar mi emancipación no siendo en nada dependiente.”
No era una declaración simbólica, era un plan de vida. Y lo cumplió.
Fue la primera mujer en España que logró mantener su autonomía económica exclusivamente gracias a su producción intelectual. Escribió novelas, cuentos, ensayos, artículos, conferencias, crítica literaria, textos de viajes, teatro, poesía, biografías, manuales de cocina... Todo. Y todo con un nivel de calidad y exigencia altísimo.
No escribía ‘a ratos’, ni ‘cuando le dejaban los niños’, ni ‘como afición’. Escribía como quien respira, como quien trabaja, como quien se gana el pan. Y no cualquier pan: uno amargo a veces, solitario otras, pero siempre ganado con dignidad.
¿El resultado? Un legado descomunal.
Más de 40 novelas y libros.
Cerca de 600 cuentos.
Más de 1.500 artículos periodísticos.
Obras de teatro, libros de viajes, ensayos filosóficos, tratados religiosos, manuales domésticos, traducciones y hasta una antología de cuentos de Navidad.
Pero no se trataba solo de cantidad, era especialmente la profesionalidad con que lo hacía. Escribía con rigor, con método y con estrategia editorial. Sabía cómo negociar con los editores, cómo adaptar sus textos a distintos públicos, cómo moverse entre revistas, editoriales, academias y periódicos sin perder el control de su obra. Era escritora, sí, pero también gestora, empresaria y editora de sí misma.
Fundó sus propias revistas (Nuevo Teatro Crítico, La España Moderna), dirigió colecciones, impulsó reediciones y hasta manejó con soltura los derechos de autor. No esperaba ser descubierta, se organizaba para ser leída.
Y no lo hacía desde el victimismo ni desde la autocomplacencia. Lo hacía desde el trabajo, la inteligencia y la entrega.
A menudo, los colegas varones de su tiempo intentaban reducirla a una ‘mujer que escribe’, como si lo suyo fuera una anomalía brillante, pero anecdótica.
Por eso le dolían, aunque no lo mostrara, los ninguneos. Por eso escribió tres veces a la Real Academia Española solicitando su ingreso. No por vanidad, sino por coherencia: si había alguien con méritos sobrados para ocupar un sillón, era ella. Y si no lo conseguía, que al menos quedara claro que el problema no era la falta de talento, sino la sobra de prejuicio.
Su vida entera fue una prueba de que una mujer podía ser dueña de su tiempo, de sus ideas y de su dinero. Una hazaña que, en pleno siglo XIX, resultaba tan escandalosa como admirable. Y que todavía hoy, más de un siglo después, sigue siendo ejemplo e inspiración para quienes entienden que escribir es, ademas de un oficio, una forma de libertad.
VII. Primera CATEDRÁTICA, ACADÉMICA (RECHAZADA) E ICONO CULTURAL_
En 1916, Emilia Pardo Bazán fue nombrada catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central de Madrid (la actual Complutense). Era la primera mujer en la historia de España en alcanzar una cátedra universitaria.
El nombramiento llegó sin que ella lo solicitara y fue recibido con escándalo por parte de muchos sectores académicos. No por su falta de méritos (que eran incontestables), sino por el simple hecho de ser mujer en una silla de profesor varón. Algunos la despreciaron, otros la boicotearon y unos cuantos se burlaron. Aun así, sus clases llegaron a tener más de 800 alumnos matriculados, una cifra que duplicaba con creces la media de asistencia en la época. Iban a verla, sí, pero sobre todo a escucharla.
Una de las anécdotas más jugosas la cuenta Pedro Sáinz Rodríguez, único alumno oficial en su primer curso. Según recuerda, Emilia, ajena al vacío que le hacían muchos colegas varones, invitaba a sus amigas de la alta sociedad madrileña a llenar el aula y, tras la clase, se iba a pasear en landó por el Retiro y a tomar un helado, como quien acaba de dar una conferencia en la Sorbona. Porque si el mundo no estaba preparado para ella, ella no pensaba esperar a que lo estuviera.
Pero si algo simboliza la relación de Pardo Bazán con las instituciones culturales, fue su lucha por entrar en la Real Academia Española. Lo intentó no una, ni dos, sino hasta tres veces. En 1912, escribió una carta impecable en la que enumeraba sus más de 50 obras publicadas, su condición de socia o presidenta de medio centenar de entidades culturales, su prestigio nacional e internacional, sus traducciones a varios idiomas y su participación en liceos franceses como objeto de estudio. En resumen: lo que en un hombre se habría considerado ‘mérito’, en ella fue considerado atrevimiento.
La respuesta no llegó en forma de rechazo formal, sino de silencio y evasivas. La RAE, en uno de los gestos más vergonzantes de su historia, se negó a discutir siquiera su candidatura. ¿El motivo real? Todos lo sabían, aunque nadie lo decía: era mujer.
Emilia, con su ironía habitual, soltó entonces una frase demoledora: “También a Santa Teresa le habrían dado con la puerta en las narices.” Y no insistió más.
La Academia cerró la puerta. Pero el tiempo, que tiene más perspectiva que los señores con butaca, la ha ido colocando en un lugar más alto que el de muchos de sus contemporáneos. Hoy, ella es estudiada en las universidades, leída en los institutos, representada en los teatros, citada en los manifiestos feministas… y admirada por quienes entienden que el saber no se legisla: se demuestra.
Condesa por concesión real; doctora honoris causa por universidades extranjeras; miembro de academias internacionales; eferente de la intelectualidad europea y, aun así, fuera de la RAE por “exceso de lucidez en cuerpo de mujer”.
Porque, como ella misma escribió: “No se trata de pedir misericordia, sino de exigir justicia.” Y con su obra, con su presencia, con su ejemplo… la justicia ya la ha puesto en su sitio.
Hoy, la Real Academia tiene su busto. Pero Emilia, desde hace tiempo, tiene algo más importante: el reconocimiento popular, académico y literario como una de las figuras más sobresalientes de la cultura española. Una mujer que, sin pedir permiso, se convirtió en icono cultural.
VIII. AMOR Y CORRESPONDENCIA CON GALDÓS_
Entre Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós no hubo una historia de amor al uso. Hubo algo más difícil de encontrar y más duradero: afinidad intelectual, ternura feroz y una libertad compartida que desafió su tiempo.
Se conocieron en 1889, en plena efervescencia creativa de ambos. Emilia ya era una figura consolidada, una voz crítica temida y admirada, una mujer que escribía y vivía como quería. Galdós, por su parte, era el gran novelista del momento, respetado por sus Episodios Nacionales y sus retratos sociales cargados de humanidad. Dos pesos pesados de la literatura española que, lejos de competir, decidieron escucharse.
Y lo hicieron a través de una correspondencia intensa, afectuosa, divertida, a veces mordaz y profundamente reveladora. Se escribieron durante más de una década, en un tono que basculaba entre el juego, la ironía, la complicidad y la confidencia. La relación amorosa no fue un secreto escandaloso ni una pasión clandestina… fue, sencillamente, la expresión libre de dos personas adultas que se encontraban bien en la presencia del otro, incluso cuando era epistolar.
Las cartas de Emilia a Galdós son una muestra de picardía, inteligencia y provocación juguetona. A veces lo llama ‘mimoso', otras ‘chico mimado’, otras simplemente ‘B.P.G.’. Le reprocha con cariño sus silencios, le celebra sus éxitos, lo pincha con ironía y lo abraza con palabras. Galdós, más parco, responde con un tono más contenido pero no menos afectuoso, reconociendo en Emilia a una mujer brillante, fascinante, incómoda y necesaria.
Uno de los momentos más deliciosos de su correspondencia es cuando Emilia, aludiendo al mundo literario y sus hipocresías, escribe: “Somos como los perros del hortelano: no queremos dar ideas ni que nadie las tenga. En cambio tú y yo, Benito, no tenemos miedo de prestarnos pensamientos.”
La relación se fue apagando con el tiempo, por la distancia, por las exigencias vitales y por las heridas que toda cercanía verdadera deja. Pero nunca se rompió del todo. Siempre quedó ese respeto mutuo, esa certeza de que el otro era un interlocutor valioso, un igual, un espejo que lejos de deformar, reflejaba con nitidez.
Muchos se han empeñado en reducir su vínculo a un idilio más o menos literario. Pero lo que tuvieron fue una amistad íntima con licencia para amar y disentir, con espacio para el deseo y para el desacuerdo. Fue una historia entre dos adultos que supieron verse y reconocerse sin máscaras.
Emilia nunca fue ‘la amante de Galdós’. Fue su colega, su interlocutora, su igual. Y eso, en una época en la que las mujeres apenas podían ser lectoras secundarias o musas silenciosas, constituía un acto revolucionario.
Ambos fueron conscientes del valor de esa relación. En una de sus últimas cartas, Galdós escribió: “Nunca olvidaré lo que hemos sido tú y yo. Es algo que no se explica, pero que ha dejado huella.”
Y vaya si la dejó. En ellos y en nosotros. Porque gracias a esa correspondencia hoy podemos ver una Emilia divertida, vulnerable, irónica, amorosa y profundamente humana. Y a un Galdós que, lejos de ser el hombre adusto que muchos retratan, se deja tocar por esa energía arrolladora que era doña Emilia.
IX. MUERTE EN MADRID Y SU LEGADO ACTUAL_
Emilia Pardo Bazán murió el 12 de mayo de 1921 en su casa de la calle de San Bernardo, en pleno corazón de Madrid. Tenía 69 años. La ciudad, esa que tantas veces la miró con desconfianza y que fue escenario de su lucha, se detuvo aquel día con una mezcla de respeto, culpa y admiración mal resuelta.
El cuerpo fue velado en su domicilio, entre libros, retratos y un silencio incómodo. Acudieron políticos, escritores, académicos (algunos de los mismos que le habían negado el ingreso en la RAE), damas de la alta sociedad y lectoras anónimas que la leían en los periódicos. Porque Emilia era de todos, aunque no todos se atrevieran a admitirlo en voz alta.
Fue enterrada en la cripta de la basílica de la Concepción de la calle Goya de Madrid, según su voluntad. Su voz, su presencia y su figura se quedó en Madrid, en los salones del Ateneo, en las bibliotecas públicas, en las aulas de la Universidad, en las librerías, en los cafés de intelectuales… y en las mujeres que vinieron después.
Su legado no se limita a su obra literaria, una obra oceánica, diversa y luminosa. Su verdadera huella es la incomodidad que sembró. Esa incomodidad fértil que hace que, al leerla hoy, sigamos sintiéndola cercana, afilada y lúcida. Emilia fue la primera escritora que se atrevió a hacer del pensamiento una forma de insumisión.
Madrid, con su ritmo implacable y su memoria a veces ingrata, tardó en homenajearla. Durante décadas, su figura quedó oscurecida por mitos, omisiones y silencios. Pero poco a poco, la ciudad fue despertando.
En 2001, se instaló su estatua en la calle Princesa, junto al antiguo solar de la Universidad Central. Sentada, con rostro sereno, observa a los viandantes con la misma firmeza con la que escribía. No está en lo alto de un pedestal: está al nivel del suelo, como ella habría querido. Porque su lugar siempre fue entre la gente, en el centro del debate, en la plaza pública.
Hoy, las universidades la estudian, las editoriales la reeditan, las feministas la reivindican, las lectoras la redescubren… y, cada vez que alguien se atreve a pensar con libertad, a disentir sin miedo, a escribir sin permiso… una parte de Emilia resucita.
No dejó escuela, ni discípulas, ni un “ismo” con su nombre. Dejó algo más valioso: el ejemplo. Por eso, la historia le ha reservado un lugar que no necesita letras bordadas: el de las imprescindibles.
“La educación de la mujer no puede llamarse tal educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión”