De tal palo…
Sor Marcela de San Félix: la gran escritora del silencio
¿Y si tu destino fuera ser escritora… en un mundo donde escribir estuviera prohibido para ti?
La Historia —con mayúscula, sí, la que llena estanterías— está repleta de nombres ilustres: hombres de letras y de acción, de guerra y de pluma, de púlpito y de imprenta. A veces, tan saturada de ellos que ya no cabe nadie más. Y mucho menos una mujer.
Y menos aún, una monja.
Y si, además, eres hija ilegítima de uno de los autores más famosos del Siglo de Oro, la cosa se complica todavía más. Porque entonces tu nombre no brilla: se eclipsa. Y si escribes, lo haces en voz baja, entre susurros, al calor de las velas del convento. Tus poemas no circulan en pliegos sueltos; tus obras no se representan en los corrales de comedias; tus versos no los repite el vulgo, solo los escuchan tus hermanas, tras los muros, entre rosarios y gallinas.
Pero tú sigues escribiendo.
Esta es la historia de Marcela del Carpio, más conocida como Sor Marcela de San Félix. Hija natural de Lope de Vega, heredó de su padre el genio, el verbo y el drama. Pero también el silencio impuesto a las mujeres de su tiempo. A ella no se le concedió una vida entre bambalinas o salones. Su escenario fue el claustro; su público, otras monjas… y su telón, la celosía.
Y, sin embargo, dejó una obra tan intensa como silenciada, tan brillante como relegada y tan suya como necesaria. Poesía mística, teatro alegórico, humor conventual… una voz poderosa que sobrevivió —milagrosamente— a la censura, a la obediencia y al fuego literal de sus propios manuscritos.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa voz merece ser escuchada.
Por eso, este artículo no es solo una biografía. Es un acto de reparación y un viaje al corazón de una mujer que eligió el hábito sin renunciar a la pluma. Una hija que supo despedirse del Fénix de los Ingenios entre lágrimas y rejas, y que aún nos habla, clara y firme, desde la trastienda de la Historia.
Pasa, lector. Hoy te presentamos a Sor Marcela. No por ser hija de Lope… sino por ser, al fin, ella misma.
EL CONTEXTO: MUJER, RELIGIÓN Y SILENCIO EN EL SIGLO DE ORO_
Cuando la pluma era un arma… y el silencio, una obligación.
El Siglo de Oro español nos legó una herencia deslumbrante: obras maestras, comedias de capa y espada, autos sacramentales, novelas ejemplares, misticismo, sátira, romances, escándalos, imprentas y corrales de comedias abarrotados hasta la bandera. Pero tras ese resplandor, no todo es oro todo lo que reluce. Bajo la brillante corteza del canon literario discurre una veta de silencio. Un silencio femenino, profundo y duradero. Y no fue un silencio accidental… más bien un silencio impuesto.
Porque en los siglos XVI y XVII, ser mujer y escribir era, en muchos sentidos, un acto subversivo.
Desde el púlpito, desde la literatura moral, desde los tratados pedagógicos, desde la ley y la costumbre, se repetía la misma cantinela: la mujer debía ser recatada, obediente y discreta. Pero, sobre todo, callada. Callada en público, callada en los libros y callada en las ideas. Fray Luis de León no se andaba con metáforas:
“Es justo que se precien de callar todas… incluso aquellas que podrían, sin vergüenza, mostrar lo que saben”.
Si la mujer, además de saber, tenía la osadía de plasmar sus pensamientos por escrito, la cosa ya rozaba lo monstruoso. El propio Juan de Zabaleta no dudaba en calificar a las escritoras como “el animal más imperfecto y aborrecible que forma la naturaleza”.
A pesar de todo, muchas lo hicieron. Desobedecieron.
Algunas escribieron desde el matrimonio, como María de Zayas, que se atrevió a decir en voz alta lo que tantas callaban: que el talento no tenía género. Otras, como Ana Caro, pisaron con firmeza las tablas del teatro. Pero la gran mayoría de las mujeres que escribieron lo hicieron desde el interior de un convento. Y no por capricho.
Porque el convento, paradójicamente, era una cárcel… pero también un refugio.
Allí, entre rejas, votos y oraciones, muchas encontraron una extraña forma de libertad. Sin marido, sin hijos, sin una sociedad que dictara cada gesto, pudieron estudiar, leer y escribir. No sin limitaciones, claro. La censura eclesiástica vigilaba, mientras los confesores corregían, prohibían y tachaban. Muchas escritoras religiosas se vieron obligadas a destruir parte de su obra.
Y, sin embargo, la palabra resistía.
En aquellas comunidades femeninas nació una literatura conventual tan rica como ignorada: loas, autos, coloquios espirituales, poesías devotas, piezas alegóricas, humor doméstico, diálogos teológicos y confidencias con Dios en verso. Una literatura escrita con humildad, sí, pero también con genio, inteligencia e ironía. Una literatura dirigida a otras mujeres, hermanas de fe y de encierro, que leían en voz alta, se representaban unas a otras y, en silencio, se reconocían.
Sor Marcela de San Félix formó parte de esa estirpe de escritoras. Y no fue una más: fue una de las mejores. Supo moverse con soltura en los códigos del teatro alegórico, jugar con el lenguaje, imprimir dramatismo y ternura, y dotar a sus textos de una profunda hondura espiritual, pero también de una mirada crítica —e incluso humorística— sobre su entorno.
Su convento no fue solo un lugar de clausura. Fue su escenario.
Y aunque sus textos no pisaron los corrales de comedias, resonaron en el refectorio. No tuvieron taquilla, pero sí audiencia. No buscaron fama, pero dejaron huella.
En un mundo donde las mujeres no debían escribir, Sor Marcela escribió.
Y ese acto —humilde, cotidiano y silencioso— fue, sin exagerar, profundamente revolucionario.
EL NACIMIENTO DE UNA VOZ: MARCELA DEL CARPIO_
Nacer con talento y apellido… pero sin nombre.
Marcela nació el 8 de mayo de 1605 en Toledo. Pero no nació sola: vino al mundo con un peso sobre los hombros que la acompañaría toda su vida. No fue el peso del apellido —Lope de Vega Carpio—, sino la carga del anonimato. En su partida de bautismo constaba como hija de padres desconocidos. ‘De nadie’, que es casi como no ser.
Y, sin embargo, era hija de dos de las figuras más visibles del teatro español de su tiempo: el mismísimo Lope de Vega y la actriz Micaela de Luján, a la que el Fénix llamaba Camila Lucinda en sus versos.
La historia no fue benévola con ella desde el principio. Mientras su hermano Lopito, nacido dos años después, fue reconocido por su padre desde el bautismo, a Marcela se le negó el derecho a una identidad pública. Nacer mujer, bastarda y con madre actriz, en una sociedad moralista, era ya suficiente para ser invisible. Pero Marcela no se resignó a desaparecer.
Fue criada por una nodriza —Catalina, figura maternal y discreta— mientras Lope seguía su vida entre mujeres, versos y vaivenes de conciencia. Tras la muerte de su segunda esposa, Juana de Guardo, en 1613, el poeta llevó a sus hijos a Madrid. Allí, en la casa de la calle Francos —la actual calle de Cervantes—, Marcela convivió con su hermanastra Feliciana y con los hijos que su padre tuvo con Marta de Nevares, su última amante.
La casa de Lope no era un convento, desde luego. Más bien era un torbellino.
Marcela, ya adolescente, fue testigo silenciosa de las contradicciones de su padre: sacerdote ordenado desde 1614, pero incapaz de renunciar al amor terreno; genio literario, pero hombre de pasiones desatadas; figura pública venerada y, sin embargo, en la intimidad… caótico.
En 1622, Lope llegó a escribir:
“Estoy tan cansado de mí mismo, que solo espero consuelo en la misericordia de Dios.”
Aun así, él la adoraba. La llamaba Lucinda en sus versos y le dedicó la comedia El remedio en la desdicha. Fue la niña de sus ojos, su pupila más brillante, su espejo más inquietante. Porque Marcela, desde muy joven, mostraba una inteligencia viva, una sensibilidad literaria que no pasaba desapercibida. Su padre lo sabía y quizá por eso la convirtió en su ayudante, en su mano derecha para muchas tareas: le dictaba cartas, le pedía que copiara misivas para el duque de Sessa e incluso le mostraba sus estrategias para enamorar mujeres, sin saber —o sin querer saber— el poso que todo aquello dejaba en su hija.
Marcela creció entre versos y escándalos. Escuchó poemas de amor y lamentos de culpa. Vio entrar y salir mujeres. Presenció cómo se construía una leyenda literaria, pero también cómo se deshacía una familia. Y entendió pronto algo esencial: si quería escribir su propia historia, tenía que alejarse del ruido.
La suya era una voz que no quería ser eco de la de su padre. Y eso, en aquel mundo, era ya una forma de rebeldía.
No fue el apellido lo que la definió. Fue su elección… una elección que llegaría muy pronto.
ENTRE EL CAOS Y LA VOCACIÓN: CRECER EN LA CASA DE LOPE DE VEGA_
Crecer en la casa del genio… y decidir no repetir su historia.
Como hemos visto, Marcela llegó a Madrid siendo aún una niña, pero pronto comprendió que hacerse mujer en la casa de Lope de Vega sería una experiencia más teatral que doméstica. No tanto por la escenografía —modesta, con estantes repletos de papeles y tinta derramada— como por la tensión constante entre el genio y la contradicción. Allí no había normas claras ni reposo, sólo impulsos y movimiento.
En ese entorno, Marcela aprendió a observar, a escuchar, a pensar… pero, sobre todo, aprendió a callar.
Porque el bullicio exterior —los aduladores, los duques, los versos que cruzaban la puerta, los rumores del vecindario— contrastaba con un malestar más íntimo. Marcela se sentía fuera de lugar. No encajaba ni en el papel de hija de poeta ni en el de prometida de nadie. Veía cómo sus medio hermanos eran proyectados hacia el futuro con planes de matrimonio o de formación, mientras ella comenzaba a intuir que su camino sería otro. Que el suyo no pasaba por los lazos sociales, sino por una vocación interior que iba madurando en secreto.
Pero no nos confundamos: su decisión no fue una huida, sino una afirmación.
Entre los catorce y los quince años, Marcela empezó a rechazar visitas, a retirarse a leer, a escribir pequeños textos que no mostraba a nadie. No buscaba el espectáculo de su padre ni la notoriedad. Buscaba algo más profundo: un espacio propio. Y en el Madrid de 1620, eso era más difícil que aprender latín sin maestro.
Marcela no tuvo una aparición mística ni una visión celestial. No fue una elección milagrosa. Fue una decisión lúcida y meditada: entrar en un convento. Renunciar a todo lo que conocía —y a todo lo que la esperaba— para abrazar una vida de clausura, obediencia y silencio. Pero también una vida de lectura, de pensamiento y de contemplación.
El 23 de enero de 1621, con apenas dieciséis años, pidió el ingreso en el Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, situado entonces en la calle Cantarranas (hoy calle Lope de Vega). No fue un gesto discreto. La entrada de una hija del poeta más célebre del momento se convirtió en un acontecimiento social. Damas, clérigos, nobles y escritores acudieron a la ceremonia como si asistieran a una función más del repertorio del Fénix.
Pero no era teatro: era renuncia, afirmación y ruptura.
La decisión sorprendió incluso a su padre que, aunque piadoso, no pudo evitar vivirla como una pérdida y una traición íntima. En La Filomena, publicada ese mismo año, el poeta dejó escrita una epístola que refleja ese desgarro velado entre el orgullo y la resignación:
“Marcela con tres lustros ya me obliga a ofrecérsela a Dios, a quien desea; si Él se sirviere, que su intento siga.”
El día en que ingresó en la clausura, Marcela del Carpio dejó atrás su nombre civil y pasó a llamarse Sor Marcela de San Félix. Un gesto delicado y elocuente: tomar como apellido conventual el segundo nombre de su padre. No lo rechazaba. Lo asumía desde otro lugar. Lo resignificaba.
Ese gesto, por sí solo, ya decía mucho.
A partir de entonces, su voz se volvió más íntima, más honda y más verdadera. Y aunque el mundo de fuera se olvidaría pronto de ella, dentro de los muros trinitarios comenzaba una obra que no asomaría en pliegos ni crónicas… pero que sobreviviría siglos después, en forma de manuscritos salvados, versos escondidos y dramas espirituales que aún hoy nos interpelan.
En medio del caos, Marcela eligió la vocación. En una ciudad ruidosa, eligió el silencio. Y desde ese punto, comenzó a escribir de verdad.
VIDA MONACAL Y PRODUCCIÓN LITERARIA_
Entre gallinas, celosías y versos: el teatro secreto de Sor Marcela.
Tras cruzar las puertas del convento de las Trinitarias Descalzas, Sor Marcela no desapareció del mundo: lo reinventó.
Durante más de seis décadas —sí, sesenta y seis años de vida religiosa— construyó una existencia profunda, ordenada y sorprendentemente activa. Lejos de la imagen de quietud eterna que solemos asociar a la clausura, su vida fue una coreografía constante entre los deberes comunitarios y la creación literaria.
Desempeñó oficios de todo tipo: refitolera (encargada del comedor), provisora (responsable de la despensa), gallinera, vicaria, secretaria del capítulo… y en varias ocasiones fue elegida madre superiora del convento. Pero más allá de los cargos, su verdadera labor —la que dejó huella— fue la que ejerció con la pluma.
Porque Sor Marcela no dejó de escribir. Siguió haciéndolo desde dentro y para dentro, pero con una proyección hacia lo eterno. Su teatro no tuvo platea, pero sí público: las hermanas del claustro. Su poesía no se imprimía, pero se memorizaba, se recitaba y se sentía. Sus personajes no eran damas galantes ni caballeros andantes, sino figuras alegóricas: el Alma, la Religión, la Paz, el Apetito, la Vanidad o el Mundo. Su escenario era el refectorio, la sala capitular, una noche de Reyes o el día de una profesión monástica.
Y lo más admirable: escribía como quien respira.
Sor Marcela cultivó con maestría el género del coloquio espiritual, una forma teatral en verso pensada para ser representada dentro de la comunidad. Obras como El celo indiscreto, El nacimiento, El Santísimo Sacramento o La estimación de la religión son ejemplos brillantes de cómo supo adaptar la estructura dramática barroca a un universo devoto sin perder profundidad, ni humor, ni capacidad crítica. Porque sí: Sor Marcela también hacía reír.
Su sentido del humor era tan castizo como sutil. En sus textos, la Verdad ridiculiza a la Mentira, la Paz pone en su sitio al Celo y el Alma busca con ternura su unión con Dios… sin renunciar a la sátira del exceso clerical, la torpeza burocrática o los formalismos huecos. El teatro conventual, lejos de ser una simple catequesis, funcionaba como espacio de reflexión y también como desahogo colectivo.
Además del teatro, Sor Marcela escribió una poesía mística de enorme belleza y madurez, en la que se percibe un alma enamorada de lo divino, pero también consciente de los vacíos y silencios que a veces deja la fe. En sus Seguidillas espirituales, por ejemplo, hay versos que destilan una mezcla delicadísima de amor puro, renuncia, anhelo y entrega:
Díganle a mi amado
que aquí me tiene,
y que trate a su esclava
como quisiere.
Como yo no te quiero
por tus regalos,
nunca tengo por falta
que hayan faltado.
Sus versos, aunque marcadamente religiosos, no están exentos de una intensidad emocional casi corporal. Hay en ellos una búsqueda encarnada del amado divino. No desde la teoría, sino desde el deseo místico, a veces con imágenes audaces y valientes, cercanas a la poesía de San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús o Sor Juana Inés.
Pero, a diferencia de estas grandes figuras —a quienes la posteridad sí acogió en el canon literario—, la obra de Sor Marcela permaneció oculta, semiclandestina, a resguardo de la historia y de los editores.
De hecho, antes de morir, obedeciendo a su confesor, quemó cuatro de los cinco volúmenes manuscritos de su obra, incluida su autobiografía espiritual. El único que conservó, de más de quinientas páginas, fue escondido y custodiado por sus hermanas. Aquel acto de obediencia fue también un sacrificio literario. Una pérdida irreparable pero, en cierto modo, también una forma de humildad radical.
Ese volumen salvado, copiado en el siglo XIX por la monja trinitaria Carmen del Santísimo Sacramento y hoy custodiado en la Real Academia Española, constituye el legado vivo de una autora que escribió sin buscar fama, pero con una lucidez y una gracia excepcionales.
El libro es un milagro en sí mismo. No solo por lo que contiene, sino porque nos permite escuchar hoy una voz que el sistema quiso silenciar. Y no una voz cualquiera: una voz culta, afilada, profunda, irónica, espiritual y plenamente consciente de su contexto. Una voz femenina que no pidió permiso para escribir: lo hizo. Y después aceptando su tiempo, se retiró.
Sor Marcela no quiso trascender… y, sin embargo, lo hizo. No desde los libros de texto, ni desde los monumentos, pero sí desde los márgenes, las notas al pie y las voces que se heredan en los conventos, aquellas que aún hoy nos susurran desde el silencio.
UNA ESCENA INMORTAL: LA DESPEDIDA DE LOPE_
Una celosía, un féretro y el último adiós de una hija que eligió el silencio.
Madrid, agosto de 1635. La ciudad se detiene. Las campanas doblan por la muerte de uno de sus hijos más ilustres. Ha muerto Lope de Vega, el Monstruo de la Naturaleza, el alma del teatro español. Por las calles del barrio de las Musas avanza un cortejo multitudinario, como si el verbo se hubiera hecho carne… y acabara de morir.
Pero hay una calle estrecha por la que ese cortejo no debía pasar y, sin embargo, pasó.
La calle de Cantarranas era angosta, sin salida, sin teatros ni altares. No figuraba en el itinerario oficial del sepelio. Pero fue la única exigencia de Sor Marcela de San Félix: que el cuerpo de su padre pasara frente al convento en el que ella vivía desde hacía más de una década. No podía salir, no podía abrazarlo, no podía llorarlo en voz alta… pero sí podía verlo.
Y lo hizo. Desde las celosías del convento de las Trinitarias Descalzas, tras las rejas que separaban el mundo del recogimiento del mundo del ruido. Allí estaba ella, invisible para todos, presente solo para sí misma. Una hija que se despedía no del mito, sino del hombre. Del padre al que amó, al que admiró, al que también sufrió, y que —a su manera— también la formó.
La escena fue tan intensa y cargada de simbolismo, que dos siglos después el pintor Ignacio Suárez Llanos la inmortalizó en un lienzo hoy conservado en el Museo del Prado. En él, el féretro avanza ante el convento mientras, en un ventanuco enrejado, se adivina la silueta de una monja solitaria. El espectador sabe —aunque no vea su rostro— que es ella, que es Marcela.
En ese gesto mudo, contenido y devastador se condensa una relación compleja y profundamente humana. No hizo falta un epitafio, ni una elegía pública, ni una carta abierta. Ese instante fue su despedida, su última escena, la única en la que no actuaban ni el poeta ni la religiosa, sino simplemente una hija y un padre separados por una reja… y por todo lo demás.
Sor Marcela no asistió al entierro. No pudo. Pero ese acto íntimo, tan teatral en su contención, fue quizá su escena más verdadera. Allí, tras las celosías, la hija del genio cerraba su duelo sin aplausos mientras el Fénix de los Ingenios recibía su última reverencia no en un corral de comedias, sino en la clausura.
Pocas veces en la historia literaria española se ha producido una imagen tan cargada de significado. Porque no fue solo una despedida, fue también un cruce de destinos: el del hombre que salió al mundo para conquistarlo y el de la mujer que eligió recluirse para escribir en voz baja.
Y quizá en ese breve instante detenido, ambos se entendieron mejor que nunca.
LA POETISA QUE ESCONDIÓ SU FUEGO: EL LEGADO DE SOR MARCELA_
Cuando el silencio no es condena, sino lenguaje.
Sor Marcela vivió más de ochenta años. Pero nunca envejeció en la palabra.
Cuando el tiempo fue apagando el cuerpo, la voz seguía viva, intacta y encendida. Escribía con el alma abierta y el rostro velado. Cada verso, cada diálogo alegórico, cada jaculatoria disfrazada en seguidillas no era solo literatura devocional: era una forma de decir ‘estoy aquí’. Aunque nadie —o casi nadie— pudiera oírla.
A diferencia de otras mujeres del Siglo de Oro que intentaron, como pudieron, abrirse paso en el mundo editorial, ella nunca escribió hacia afuera. Sus textos no se dirigían a jurados ni a mecenas, ni siquiera al ‘lector curioso’. Escribía para Dios y para sus hermanas. En ese orden. A veces con lirismo, a veces con humor, a veces con una lucidez tan desnuda que todavía hoy sorprende.
Lo admirable de Sor Marcela no es solo su talento, sino la claridad con la que asumió el lugar desde el que escribía y para quién escribía. Sabía que sus palabras no circularían por los mentideros literarios ni serían celebradas en certámenes del reino. Y, aun así, les dio una forma digna, poderosa y cuidada. Una forma libre.
Sor Marcela no buscó trascendencia, ni lectores, ni gloria póstuma. Su legado arde en la discreción, se cuela por las rendijas del canon, desafía al olvido y reaparece —de cuando en cuando— con la fuerza de aquello que no puede ser ignorado para siempre.
Lo que más impresiona de su obra no es solo lo que dijo, sino lo que decidió no decir en voz alta. El fuego que no mostró. El talento que prefirió no exhibir. Y, aun así, dejó todo ahí: tras una reja, en un cuaderno, en los ojos de sus compañeras y en el eco de una oración.
Una de sus poesías más íntimas lo expresa con una belleza desarmante:
Con aquestas tinieblas
mejor acierto
para huir de mí misma
y ir a mi centro.
Ahí está todo.
No huyó del mundo por miedo. Huyó de sí misma para encontrarse donde nadie la buscaba: en su centro. En ese espacio de escritura callada, pero invencible.
Sor Marcela escondió su fuego. Y, aun así, seguimos sintiendo su calor.
SU LEGADO Y SU LUGAR EN LA HISTORIA_
Ni fama, ni estatua, ni calle. Pero sí una voz que aún nos alcanza.
Sor Marcela de San Félix murió el 9 de enero de 1688, a las siete de la mañana. Tenía ochenta y dos años. La monja que anotó su fallecimiento en el libro del convento no escribió una gran elegía ni una hagiografía grandilocuente. Dejó constancia de algo mucho más sincero: que había sido “madre de todas”, constante en el coro, de gran entendimiento, piadosísima, humilde hasta el extremo y que en su última enfermedad no se le oyó un solo quejido.
Murió como vivió: en voz baja, con dignidad, sin alharacas. Y, sin embargo, dejó huella.
Durante siglos, su figura permaneció relegada a un rincón borroso de la historia. Cuando se hablaba de ella, era casi siempre como ‘la hija de Lope de Vega’. Como si su genio fuera solo un eco menor; como si no hubiera creado una obra sólida, rica, conmovedora y viva; como si haber escrito desde un convento fuese un atenuante y no una hazaña.
Pero las voces que merecen ser escuchadas encuentran sus propios caminos. A veces tardan. Pero llegan.
Hoy sabemos que Sor Marcela no fue una rareza ni una nota al pie. Fue parte de una genealogía femenina silenciada, pero fecunda. Una tradición de mujeres que, sin más ambición que ser fieles a sí mismas, redefinieron lo que significaba escribir, no para ganar prestigio ni para entrar en la historia… para comprender el mundo, para amarlo y para resistirlo.
En 2020, más de tres siglos después de su muerte, su nombre fue incluido en la exposición del Instituto Cervantes ‘Tan sabia como valerosa’, dedicada a las escritoras del Siglo de Oro. Fue un acto de justicia tardía, sí, pero también un reconocimiento necesario: Sor Marcela ya no pertenece solo al archivo conventual, pertenece a nuestra memoria colectiva. Y no por ser hija de quien fue, sino por ser lo que eligió ser: poetisa, dramaturga, mujer lúcida y la gran escritora del silencio.
Ojalá algún día su obra ocupe el lugar que merece en nuestras antologías, en las aulas, en los teatros, en los itinerarios literarios de esta ciudad que también fue suya. Ojalá llegue un tiempo en que no tengamos que ‘rescatar’ figuras como la suya, porque ya estarán ahí: visibles, presentes, leídas. Como parte de una historia literaria más completa, más justa y más verdadera.
Hasta entonces, nosotros —desde este pequeño rincón de la memoria que es Revive Madrid— la recordamos como lo que fue: una llama que ardió tras los muros y una voz que no se alzó… pero que nunca se apagó.
“¡Oh cuánto pierde quien pierde
el preciosísimo tiempo!
¡Oh cuánto gana quien gana
sus instantes y momentos!
Toda la plata y el oro
y diamantes de más precio
no valen lo que un instante
que se gasta para el cielo.
¡Oh tiempo, riqueza suma
a quien te estima! Yo creo
que ni un solo respirar
no le exhale sin provecho.
¡Oh infelicísima vida
la que he gastado sin miedo
de la cuenta que he de dar
del instante más pequeño! ...”