La fuente de la vida

Fuente del Berro. Madrid, 2021 ©ReviveMadrid

Fuente del Berro. Madrid, 2021 ©ReviveMadrid

La Fuente del Berro: sed de poder

¿Sabías que los seres humanos estamos compuestos, de media, de un 65% de agua? El agua no es sólo un recurso indispensable para el desarrollo de la vida humana, también lo es, por extensión, de las ciudades. Si Madrid tuviera forma humana, la composición de agua en su cuerpo también podría representar ese 65% del total de su volumen, aunque no podamos verla a simple vista… aguas subterráneas que fluyen por las venas de la capital condicionando su historia y sus leyendas, especialmente las que guardan propiedades curativas como las de esta Fuente del Berro.

Como ya sabemos, el origen de Madrid guarda relación natural con el agua. Esta vinculación no sólo estaba ya patente en el nombre que visigodos y musulmanes concedieron a la capital, Mayrit, cuyo significado es “matriz de aguas o manantial”, sino también en el antiguo blasón de la ciudad, documentado en el siglo XVI por el cronista Juan López de Hoyos.

Durante el reinado de Felipe II y el traslado de la corte a Madrid en 1561, fue necesario crear un sistema de abastecimiento de aguas proporcional al crecimiento de la nueva Villa y Corte. Se creó entonces la Junta de Aguas, un organismo de expertos que determinó que el mejor sistema para lograrlo sería recuperar el proyecto de los antiguos acuíferos de origen árabe, basados en la captación de agua del subsuelo.

Inicialmente, esta Junta se encargó de localizar todo tipo de acuíferos y manantiales, ayudándose del famoso zahorí napolitano Dorodeo Chiancardo. Las zonas de captación de agua se localizaron en el sector norte y nordeste de Madrid, entre los caminos de Fuencarral y el de Alcalá, en las cercanías de los pueblos de Fuencarral, Chamartín, Canillas y Canillejas.

Al encontrarse estas zonas a una mayor altitud que la ciudad, permitían que el agua discurriera hasta el centro del núcleo urbano gracias a los desniveles propios del terreno. Para ello se desarrolló un sistema de canalización inspirado en los llamados “qanat” persas, que llegaron a la península en época musulmana y que darían lugar a los famosos viajes de agua madrileños.

El agua de Madrid, al ser subterránea, llegaba a la ciudad mucho más limpia que la del río Manzanares, cuya exposición a la contaminación superficial se asoció incluso con las graves epidemias de cólera del siglo XIX.

Desde el siglo XVI y hasta mediados del siglo XIX, con la traída del agua del río Lozoya y la inauguración del Canal de Isabel II en 1858, Madrid se abasteció con este sistema subterráneo que se fue ampliando sucesivamente hasta tener una red de más de medio centenar de viajes de agua, hasta completar un total de 124 kilómetros de canalización subterránea.

Pero estas aguas no sólo han servido históricamente para apaciguar la sed de los madrileños… también se les han atribuido poderes curativos para ciertas patologías.

Durante los siglos XVI y XVII creció en nuestro país el interés por las aguas medicinales, especialmente entre las clases aristocráticas y en particular en la Corte.

En esta época comenzó a surgir, entre los médicos del Siglo de Oro, una preocupación por utilizar de manera acertada las aguas y sus facultades. Para ello, examinaron sus particularidades y cómo podrían resultar útiles a los enfermos, en lo que se considera el comienzo de la Hidrología médica española.

Las aguas con propiedades medicinales han proliferado históricamente en la región de Madrid, donde existen hasta cuarenta y cinco manantiales de agua mineral declarados de utilidad pública, pero desconocidos hoy por los madrileños.

Algunos de estos manantiales y fuentes se convirtieron, con frecuencia, en lugares de lugares de culto y peregrinación en busca de aguas milagrosas capaces de curar lo que tristemente escapaba a la medicina.

  • Cerca del estanque de la Casa de Campo existió una fuente de aguas ferruginosas y carbonatadas que se bebían para combatir males abdominales y afecciones linfáticas, conocida como Fuente de San Francisco.

  • En Vicálvaro se encontraba la llamada Fuente Villajuana, cuyas aguas se ingerían para paliar los efectos de la cirrosis, la cistitis, las piedras renales y la dolorosísima gota.

  • En Villaverde se encontraba la Fuente de San Judas Tadeo, de la que afloraba un agua mineralizada por el cloruro sódico que, incluso, llegó a ser embotellada y vendida para tratar las jaquecas.

  • En el barrio de Tetuán de las Victorias, la Fuente de San Antonio, muy frecuentada, surtía de agua bicarbonatada cálcica que se recomendaba para la artritis.

Pero sin duda, el surtidor de aguas “curativas” más emblemático de la capital a lo largo de su Historia fue esta Fuente del Berro, cuya agua llegó a ser la más apreciada por las diferentes residencias reales, tanto de Austrias como de Borbones.

Esta mítica fuente madrileña recibe su agua de una infraestructura que lleva en pie desde el siglo XVI, el viaje de agua de la Fuente del Berro, que discurre desde la Plaza de Toros de Las Ventas y hasta el Parque de Roma, construido sobre el cauce del arroyo Abroñigal.

En 1631, Felipe IV había adquirió para la corona la Quinta de Miraflores por 32.000 ducados, en el mismo proceso de creación o mejora de Reales Sitios en los alrededores de Madrid del que surgió el palacio del Buen Retiro. Se trataba de una finca a las afueras de Madrid que presumía de tener buenas huertas y una reserva de aguas subterráneas excepcionales, que afloraban a partir de esta Fuente del Berro.

Menos de diez años más tarde, el monarca cedió la finca a los benedictinos castellanos expulsados del monasterio de Montserrat de Barcelona como consecuencia de la revuelta de los Segadores, pero conservó el derecho de uso de la fuente, ya que sus aguas ya eran consideradas “mágico-beneficiosas”.

De esta fuente fluía la mejor agua de Madrid, una de las denominadas “aguas gordas”, por estar muy mineralizadas en comparación con las que venían de la sierra. Se afirmaba poseía propiedades curativas, por lo que cada día era llevada hasta palacio para su consumo por la Corte de los Austrias.

Se inició su construcción en tiempos de Carlos I, quien solía consumir sus aguas para contrarrestar los frecuentes ataques de gota, que también sufrió su hijo Felipe II.

Un ejemplo del aprecio que se llegó a tener por el agua de la Fuente del Berro está en el hecho de que el Cardenal Infante don Fernando, hermano de Felipe IV, se la hacía transportar en grandes cántaros hasta Flandes, pues no bebía otra agua que no hubiera fluido de este famoso manantial.

Con los Borbones en el trono español, las aguas de la Fuente del Berro llegaron a ser transportadas diariamente en burros y mulas a los palacios donde se alojaba la Corte: además del Palacio Real, los de El Pardo, San Ildefonso, El Escorial y Aranjuez.

Felipe V y Carlos III, ya en el siglo XVIII, demostraron siempre una gran predilección por estas aguas para tratar sus frecuentes depresiones y Carlos IV solía tomar de postre, después de cada comida, una gruesa miga de pan empapada en agua helada de la famosa Fuente.

Pero quienes realmente trataron de aprovechar al máximo las propiedades curativas del agua de la Fuente del Berro, fueron los reyes Carlos II, “el Hechizado”, y su esposa, María Luisa de Orleans.

El primogénito de Felipe IV arrastraba una débil salud desde el mismo día que nació. Mucho se ha escrito acerca del último Austria, hasta el punto de que incluso eminencias médicas como Gregorio Marañón estudiaron su caso en profundidad, llegando a diagnosticarle el síndrome de Klinefelter.

La dinastía Habsburgo había sido resultado de constantes y aberrantes uniones consanguíneas, cada vez más cercanas, que finalmente explotaron en una alteración genética congénita aguda que afectó sobremanera al príncipe don Carlos. Una de las numerosas consecuencias de esta enfermedad, además de la visible hidrocefalia, era la infertilidad y la apatía sexual.

En pleno absolutismo, nadie osaba culpar a la virilidad del monarca de la falta de descendencia real, por más que su problema resultara evidente. De esta manera, las miradas cortesanas de la capital se enfocaron en su mujer, la parisina María Luisa de Orleans, ya que la obligación de una reina no era otra que engendrar herederos sanos para garantizar la continuidad de la dinastía.

El pueblo español enseguida colocó a la reina consorte en la picota hasta el punto de que, a finales del siglo XVII, corría esta coplilla en su honor por las calles del Madrid de Carlos II:

“Parid, bella flor de lis,
en aflicción tan extraña,
si parís, parís a España,
si no parís, a París”.

En su afán por solucionar este grave problema de descendencia, la reina utilizó todos los medios a su alcance. Más allá de los insalubres potingues que se inventaban los médicos de la Corte para potenciar su fertilidad, a sus oídos llegaron las leyendas acerca de las aguas medicinales y afrodisíacas de la Fuente del Berro, por lo que sin dudarlo ordenó que toda el agua que se bebiera en el Alcázar, desde 1686, saliera de allí.

Sin embargo, a pesar de los muchos litros bebidos, la supuesta agua “milagrosa” no surtió el efecto deseado. Carlos II finalmente murió sin descendencia en 1700, dando comienzo a la “Guerra de Sucesión” entre Austrias y Borbones en la que vencerían estos últimos, iniciándose así el reinado de Felipe V.

Nunca en la Historia de Madrid el agua jugó un papel tan determinante para el destino de un reino… un resquicio de esperanza que, de haber obrado el milagro, pudo haber evitado el final de la dinastía Austria y la llegada de los Borbones a los mandos del Imperio español. Una sed de poder que esta legendaria fuente no pudo apagar.

Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936)

Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936)

Pedimos milagros, como si no fuese el milagro más evidente el que los pidamos.
— Miguel de Unamuno


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