Aquí me quedo

Retrato del rey Felipe II. Historia de Madrid

Sofonisba Anguissola. Felipe II (Detalle), 1573 ©Museo Nacional del Prado

El día en que Madrid se convirtió en capital del mundo

I. Amanece en el Alcázar_

Despierto antes de que amanezca.
No porque el gallo cante —los gallos son criaturas imprevisibles—, sino porque siempre despierto antes de que el mundo empiece a moverse. Me gusta pensar que, si abro los ojos primero, el día no se atreverá a desordenarse.

No me levanto de inmediato. Permanezco unos instantes inmóvil, contando respiraciones. Tres. Siempre tres. Ni una más ni una menos. La cuarta sería tentar a Dios, y no estoy para bromas con Él a estas horas.

La alcoba del Alcázar aún está en penumbra. Madrid duerme. Eso me tranquiliza. Las ciudades, como las personas, son mucho más manejables cuando tienden al sueño.

Me incorporo despacio. Los pies tocan el suelo al mismo tiempo. Si uno llega antes que el otro, el día empieza torcido. No es superstición; es experiencia. He gobernado medio mundo como para ignorar estas cosas.

Antes de vestirme, me limpio. No con agua, claro… es bien sabido que el agua abre los poros, y los poros son puertas. Ya he tenido suficientes enemigos visibles como para permitir que las enfermedades entren sin llamar. Uso los paños húmedos y perfumados que me han preparado. Uno para la frente, otro para las manos, otro más… por si acaso el segundo ha tocado algo indebido. Los doblo con cuidado y los dejo alineados. No soporto que queden desparejados. Dios creó el mundo en orden, no seré yo quien lo desmienta.

Mientras me visto, rezo. Un Padre Nuestro completo, sin atajos. Las decisiones importantes empiezan siempre con una oración bien hecha. Y hoy… hoy noto que será un día de esos en los que no se pueden permitir errores. Me persigno dos veces. La segunda no es necesaria, pero tranquiliza.

Llevo semanas despertándome con la sensación de estar viviendo dentro de un baúl. Papeles que viajan conmigo, consejeros que se mudan como si fueran muebles, decretos que se firman hoy en Valladolid y mañana en Toledo, como si el Imperio pudiera gobernarse desde una mula en marcha.

Estoy cansado. Cansado de una Corte que se mueve más que piensa. Cansado de ciudades que creen que gobernar consiste en alojarme. Cansado de que mi archivo pese más que mis ejércitos…

Mi padre podía vivir así. Carlos siempre fue de ir y venir, de barcos, de caminos, de tormentas… pero yo no. Yo necesito una mesa firme, una silla que no cruja y papeles que no se me pierdan en el camino. Gobernar no es cabalgar, es leer. Y para leer hace falta quedarse quieto.

Me acerco a la ventana. Madrid empieza a aclararse, poco a poco. No es una ciudad hermosa, ni lo pretende. Tiene polvo, tejados modestos y calles que parecen pensadas para no llamar la atención. Quizá por eso me gusta, porque no compite conmigo. No me discute ni me recuerda en cada esquina quién mandaba antes.

Desde aquí todo parece en calma. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, también.

Porque hoy no haré maletas. Hoy no escucharé a quien me diga que Valladolid es más digna, que Toledo es más imperial o que Sevilla es más rica. Hoy no quiero dignidad ajena, ni imperios pasados, ni riquezas que hagan ruido. Hoy quiero orden.

Vuelvo a persignarme. Uno nunca sabe si Dios aprueba las decisiones antes o después de tomarlas, así que conviene cubrir ambas posibilidades.

Respiro. Tres veces. Y lo pienso con una claridad que no había tenido hasta ahora:

“Basta. Hoy me planto”.

Y sin saberlo aún nadie, ni siquiera Madrid, el día acaba de empezar de otra manera.

II. Desayuno con apuestas cortesanas_

El desayuno es la única parte del día donde aún tengo la ilusión de que algo esté bajo control… o eso me gusta pensar.

Llego al pequeño comedor del Alcázar con mi puntualidad habitual, ni un minuto antes ni un minuto después. Como cada mañana, ya me esperan sobre la mesa dos cosas invariables: una bandeja de carne asada de la cena de ayer, y un silencio espeso que apenas consiguen cortar las cucharas.

Ni frutas, ni hortalizas, ni nada que haya crecido mirando al cielo como si fuera mejor que uno.
Solo carne. Como Dios manda.

Tomo asiento, me acomodo la servilleta sobre las rodillas —doblada en ángulo recto, como siempre— y murmuro el breve pero eficaz “Benedic, Domine, nos et haec tua dona”. Lo digo dos veces por si la primera me ha salido con demasiada desgana. No quiero ofender a nadie en las alturas, y menos antes del primer bocado.

Empiezo a cortar la carne. La textura es firme, el punto exacto. Afortunadamente, mis cocineros entienden que el alma se salva más fácilmente si el estómago no protesta. Mastico con lentitud, en silencio. Me concentro en cada corte: orden, ritmo, control.

Hasta que los oigo.

Los murmullos. Los cuchicheos. Las voces bajas al otro extremo del comedor. Mis secretarios no han aprendido aún que los muros del Alcázar tienen más oído que conciencia. Hablan como si yo no estuviera, como si mis decisiones pudieran tomarse en voz baja.

—Dicen que va ganando Valladolid…
—¿Y Sevilla? Tiene puerto, oro y clima…
—Toledo tiene historia, pero… ¿tan cerca del arzobispo?
—Yo aposté por Lisboa. Como los audaces.
—¿Y si el rey se queda en Madrid?
—¡Ja!

Ese “¡ja!” es especialmente irritante. No por el desprecio implícito, sino porque lo ha dicho alguien que aún no ha terminado su formación en protocolo. Ni en teología, probablemente.

Me limpio los labios con un paño. Lo doblo. Lo desdoblo. Lo vuelvo a doblar. Alineo el cuchillo con el borde de la mesa. Miro al frente.

Por dentro, sonrío. Llevan semanas con la porra cortesana. Apuestas encubiertas entre ayudantes, funcionarios y hasta algún que otro noble aburrido. Han convertido mi silencio en un torneo de pronósticos. Hay quien ha apostado dos ducados por Toledo, un brazalete de oro por Sevilla, e incluso he oído que alguien ha puesto en juego un jamón entero por Valladolid. Espero que no sea ibérico.

Lo que ninguno ha apostado… es por lo que ya he decidido. Madrid.

Nadie en su sano juicio la habría elegido… y quizá por eso lo he hecho yo.

Madrid no tiene puerto, ni corte eclesiástica, ni pasado imperial. No tiene fastos, ni templos consagrados, ni universidades centenarias. Es una villa decente con agua limpia, cielo claro y espacio para que mi imperio no tropiece consigo mismo.

Pero no, ellos siguen hablando.
—Madrid es solo una villa, dicen.
—No tiene linajes, ni palacios, ni salones de altura.
—Solo tiene polvo y buen aire, añaden.


Como si respirar bien fuera una desventaja.

Yo continúo desayunando. Carne, pan duro y silencio interior.

Cada bocado es una afirmación, porque ya lo he decidido. Aunque no lo sepan, aunque no lo entiendan y aunque sigan apostando a mis espaldas, como si el futuro del Imperio fuera una timba de tahúres con golilla.

Termino. Me limpio con otro paño. Este es nuevo. El anterior ha tocado la boca y no debe volver a tocar las manos. Lo sé. Dios lo sabe. Y con eso basta.

Antes de levantarme, miro al cielo a través de la ventana. Nubes altas, promete ser un buen día para fundar una capital.

Digo una breve oración, improvisada esta vez:

“Señor, guíame hoy… pero déjame escoger dónde sentarme en adelante.”

Y con eso, salgo del comedor.

La porra ha terminado… solo que aún no lo saben.

III. Media mañana: informes y descartes_

Ya en mi estudio, el sol empieza a entrometerse entre las cortinas. Lo tolero porque entra en diagonal, como corresponde a cualquier iluminación digna.

Me siento. Recto. El escritorio está impecable. Las plumas, alineadas. Los tinteros, dispuestos de menor a mayor en función de su nivel de uso. No por estética, por obediencia al orden natural de las cosas.

Delante de mí, una pila perfectamente ordenada de informes. Cada ciudad, una carpeta. Cada carpeta, una invitación a la incomodidad.

Respiro tres veces. Las decisiones importantes requieren aire limpio. Hoy me dispongo a confirmar que, en efecto, ninguna ciudad es suficientemente buena para el Imperio más grande que ha visto la Cristiandad… pero una de ellas será la menos molesta.

Empiezo con Toledo. Abro la carpeta.

El papel huele a incienso antes de leer nada. No exagero… aunque quizá mi mente haya aprendido a detectar la presencia clerical por osmosis.

Toledo. La ciudad imperial. Cuna de reyes, sepultura de mártires y trono del arzobispo primado. Demasiado trono y demasiado primado para mi gusto.

Apenas empiezo a leer, ya escucho en mi cabeza los sermones del cardenal, la sombra de Carranza paseando por los pasillos y la insistente presencia del clero en cada decisión. Toledo está repleta de historia… y de gente que no olvida, ni perdona, ni obedece sin nota al pie.

Recuerdo el escándalo de aquel Miércoles de Ceniza, cuando la autoridad civil fue humillada a medio vestir por una disputa con el arzobispado. Aquello fue una procesión y una declaración de guerra al mismo tiempo. Mis alguaciles acabaron con sogas al cuello, como penitentes… o como advertencia. Desde entonces, la ciudad entera me huele a castigo teológico.

No, Toledo no es opción.

Ni con su catedral, ni con sus cuestas, ni con su constante amenaza de entredicho.
Además, Isabel —mi esposa, que en paz descanse— la detestaba con esa claridad que solo tienen las francesas cuando se sienten incómodas. “Toledo me oprime, Felipe”, decía. Y no se refería al corsé.

Cierro la carpeta. La dejo a la izquierda. La izquierda es para los descartes.

Abro la siguiente. Valladolid.

Mi ciudad natal. Lugar de mis primeros pasos, de mis primeras firmas y de mis primeros ayunos verdaderamente estructurados.

El informe es generoso. Tiene universidad, tiene tradición administrativa, tiene nobles con apellidos que ocupan más de una línea… Pero también tiene algo que no se lava con agua bendita: la mancha de los comuneros.

El Rey Prudente nunca olvida, y el Imperio tampoco.

En tiempos de mi padre, Valladolid se creyó república por un instante… lo suficiente para que el recuerdo de Padilla y Bravo aún flote en sus plazas. ¿Cómo gobernar desde donde se alzó la traición? Por muy sepultada que esté, la semilla sigue ahí, y yo no cultivo insumisión.

Además, Valladolid está hecha. Ya tiene linajes, normas y ritmos. No necesito una ciudad donde me reciten cómo se ha hecho siempre. Necesito una ciudad que aún no haya decidido lo que es, para poder moldearla a mi imagen. Por desgracia, Valladolid se mira demasiado en su propio espejo.

La dejo junto a Toledo. Izquierda también.

Respiro. Pausa.

Tomo un paño perfumado. Limpio el borde de la mesa, no por suciedad, por principios.

Paso a Sevilla.

La hoja es más gruesa y el informe más colorido, como la ciudad misma.

Lo primero que noto es el aroma de especias. Exagerado, festivo… innecesario, como todo lo que llega de América por su puerto. Sevilla tiene puerto, tiene plata, tiene iglesias y tiene ruido. Un ruido exagerado.

Demasiado comercio, demasiado mestizaje, demasiada… autonomía.

Es una ciudad que no necesita rey, solo necesita barcos. Eso la hace peligrosa.

Sí, la Casa de la Contratación está allí. Sí, el oro fluye como vino. Pero Sevilla no quiere Corte ni estructura, quiere ser capital de sí misma… y yo no vengo a ser huésped de nadie.

Además, el sur es húmedo. Y yo tengo gota.

No, Sevilla tampoco.

Tres ciudades, tres negativas.

Respiro hondo. Doy un sorbo al agua (bendecida, por supuesto).

Tomo un momento para mirar a través del ventanal. Madrid me espera ahí fuera, sin pedir nada.

No promete puertos, ni tronos arzobispales, ni comuneros arrepentidos. Solo polvo, claridad, y un poco de silencio. Y por eso... empieza a parecerme la única opción sensata.


IV. Almuerzo y sentencia breve_

La campana del Alcázar suena con su habitual —leve, clara, no invasiva— y yo me levanto a la hora exacta. Ni antes, ni después.

La puntualidad es una forma de oración, aunque los dominicos no lo digan abiertamente.

Entro al comedor privado. La mesa ya está dispuesta con su habitual sobriedad… nada de floreros y nada de frutas.

Sobre el plato, el venado del día anterior. Frío, como corresponde.

A la derecha, pan oscuro. A la izquierda, la sal. El orden litúrgico de lo comestible.

Tomo asiento y me santiguo dos veces: una por la comida, otra por el Imperio.

Mientras mastico el primer trozo, mis secretarios y consejeros entran en fila discreta.

Algunos llevan notas y otros, caras de incertidumbre. Uno de ellos, el flamenco, no se ha peinado bien y ya no escucho nada de lo que dice. Su flequillo asimétrico me impide atender a la divinidad del momento. Hago una nota mental: hablar con el barbero real.

Se colocan discretamente alrededor de la mesa. No comen, solo me observan. No saben que yo sí voy a hablar hoy.

Les dejo esperar. Nada desespera más a un cortesano que la incertidumbre entre el bocado y el decreto.

Cuando el tenedor queda en reposo, levanto la mirada.

Y digo:

Madrid.

Un murmullo imperceptible. Una pausa que pesa más que cualquier guerra.

—Será Madrid. La Corte se queda aquí.

Nadie se atreve a responder al instante, como si la frase no hubiera terminado de aterrizar.

Unos intercambian miradas. Otros parpadean más de la cuenta.

Uno, el más joven, abre la boca para decir algo, pero el veterano a su lado le aprieta el brazo con una fuerza que solo concede el instinto de supervivencia en la Corte.

Vuelvo a cortar venado. Continúo comiendo como si nada.

—Ya está, repito. No lo escribáis aún. No quiero ruido. Pero id preparando todo… papeles, aposentos, traslados.

—¿Y… y Toledo, Majestad? —se atreve a preguntar el flamenco despeinado, tras alisarse el cabello en un gesto vano.

Levanto una ceja. Solo una. Es todo lo que necesita.

Toledo huele a sotana. No quiero que el arzobispo escuche cada decreto antes que yo.

—¿Valladolid, entonces…?

—Prefiero no vivir sobre una rebelión dormida.

—¿Sevilla?

—Demasiado puerto. Demasiado oro. Demasiado sudor. No tolero ciudades que transpiran más que piensan.

Silencio.

Uno de ellos, quizá el más práctico, abre el cuaderno y escribe en la primera línea: Madrid.
Me mira. Yo asiento con los ojos. Él cierra el cuaderno. Así se escribe la historia: sin vítores, sin tinta oficial y sin más aplausos que el de una hoja que se pasa.

Sigo comiendo.

La elección ya está hecha.

No habrá decreto rimbombante ni procesión triunfal. No habrá fiesta, ni proclamación, ni banquete. El mundo cambiará sin necesidad de campanas.

Solo esta mesa. Este almuerzo. Este trozo de carne que mastico como si fuera cualquier otro día.

Pero no lo es.

Hoy se ha fundado una capital. No en un templo, ni en un campo de batalla. En una frase breve, entre dos bocados… y en el silencio incómodo de quienes esperaban otra cosa.

Madrid.
Que sea Madrid.
Ya está.

V. tarde de rumores en la corte_

No he terminado de digerir el venado cuando ya lo noto.

El rumor. Esa vibración leve que empieza en los pasillos, como un viento que aún no ha aprendido a ser tormenta.

La frase se ha escapado. No sé si ha sido un secretario torpe o el flamenco despeinado, pero no importa. El secreto ya ha volado:

Madrid.

Y con él, las reacciones.

Un lacayo tropieza con un candelabro. Una dama suelta el rosario antes del Ave María. Un escribano se equivoca al copiar un edicto y pone “Magerit” donde debía decir “Málaga”.

La Corte entera empieza a entender que algo ha cambiado. Y, por supuesto, no lo entienden.

Camino por los pasillos del Alcázar, con mi paso habitual: ni rápido ni lento. La lentitud induce al pecado; la prisa, a la torpeza.

Voy dejando que las conversaciones se hagan a mi espalda.

—¿Madrid?
—¿Está confirmado?
—¿Pero qué méritos tiene?
—¿No sería más lógico Sevilla?
—¿Y las aguas de Toledo?
—¿Y si es una prueba? ¿Un castigo?
—¿Ha consultado con alguien?

Sonrío por dentro.

Ah, la obsesión por la lógica cortesana. Como si yo tuviera que consultar con alguien que no sea Dios, mi confesor… o mis planos de El Escorial.

Doblo una esquina. Dos nobles me saludan con una reverencia más baja de lo habitual. La reverencia de quien sospecha que quizá convenga empezar a comprar una casa aquí cerca, por si acaso.

Sigo caminando. Miro al cielo. Una nube ligera tapa el sol.

Me detengo. Saco un pañuelo. Lo doblo con precisión. Lo llevo al rostro. No por sudor… por prevención, porque las malas decisiones se incuban en las corrientes de aire.

Cuando llego a mi estudio, ya me han dejado sobre la mesa una montaña nueva de papeles. Solicitudes, avisos, dudas, protestas diplomáticas… Uno de los informes está mal grapado —es decir, cosido—. Lo aparto. Coser un pliego torcido es un acto de rebeldía silenciosa. A ese secretario habrá que vigilarlo.

Miro por la ventana.

Madrid está ahí. Impasible. Polvorienta. Callada. Como si no se hubiera enterado de que se ha convertido en la capital del mayor Imperio del mundo.

Eso es lo que más me gusta. No ha suplicado. No ha prometido. No ha agasajado. Simplemente ha estado ahí, con sus calles torcidas, su cielo claro y sus vecinos con cara de “¿pero yo qué he hecho ahora?”

Y sin embargo, ha ganado. Sin levantar la voz ni tocar campanas. Sin pedir nada.

Un fraile que pasa por el patio alza la mirada. Le devuelvo el gesto con una leve inclinación.
Luego rezo un Gloria Patri. No porque haya pasado algo glorioso, sino por protocolo personal.
Después repaso mentalmente la lista de beneficios:

– No hay arzobispo que me corrija.
– No hay oligarquía que me espere en la puerta.
– No hay puerto. Bendita sea la falta de humedad.
– Hay agua limpia.
– Hay caza en El Pardo.
– Y hay distancia suficiente de todo lo que estorba.

Un lugar sin pretensiones. Justo lo que necesito.

La Corte, en cambio, no sabe dónde meterse. Los que apostaban por Valladolid miran al suelo. Los de Sevilla disimulan. Los de Toledo rezan por una contradecisión que no llegará. Y los verdaderamente inteligentes ya están preguntando cuánto cuesta una casa junto al Alcázar.

Yo dejo que el ruido crezca. Mientras tanto, reviso un mapa.

El trazado de Madrid es imperfecto. Eso me gusta. Los lugares que aún no están definidos se dejan moldear.

Me limpio las manos con un nuevo paño —el de los documentos no puede tocar mi cara—, lo doblo y lo quemo. Por precaución.

Rezo un Avemaría… y al terminar, me permito una última reflexión:

Madrid no lo ha pedido. Por eso mismo, se lo he dado.”

Y cierro el libro del día, aunque aún falte la noche.


VI. Atardecer y memoria imperial_

El sol empieza a declinar por el oeste (que, según algunos, es donde habita la herejía), y yo lo contemplo desde la galería alta del Alcázar.

La luz entra oblicua, como debe. Las sombras caen en el ángulo correcto. El orden natural del mundo empieza a plegarse para la noche, y yo con él.

Tengo sobre la mesa mis instrumentos de trabajo: el misal, el cuaderno de decisiones, tres plumas afiladas por si una falla, y un crucifijo de madera sin adornos, al que miro de vez en cuando como si esperase una señal. Nunca la da. Lo cual, en mi experiencia, es una buena señal.

A mi izquierda, un retrato de Carlos. Mi padre.

Alto. Marcial. Con esa pose de emperador cansado pero todavía capaz de desenvainar una espada por si se presenta una excusa teológica.

Yo no me parezco a él. Nunca me he parecido. Él dormía en tiendas de campaña… yo necesito paredes que no se muevan.

Carlos podía pasar de Flandes a Túnez sin perderse ni una confesión. Gobernaba desde el caballo, comía de pie y dictaba cartas con el casco aún puesto. Yo, en cambio, necesito una silla que no cojee, un tintero lleno y que los márgenes del papel sean respetados.

Mi padre hablaba muchos idiomas. Yo hablo uno: el de la burocracia. Y en ese idioma, hoy, he firmado el acto más importante desde la muerte de Cristo (salvando las distancias, claro): fijar la Corte en Madrid.

No he necesitado una guerra, ni una bula papal, ni una ceremonia. Tan solo un escritorio firme, un almuerzo templado y una convicción interna confirmada por la oración adecuada.

Y sin embargo, la sombra de mi padre sigue ahí. No como reproche, sino como comparación inevitable.

Él tenía cuerpo de cruzado. Yo tengo cuerpo de archivero. Mandaba por presencia. Yo mando por persistencia. Él creía en los símbolos… yo creo en los sellos.

¿Me enorgullece esta diferencia? No. Pero me resulta útil.

Hay quien dice que soy frío. Que no sé entusiasmarme. Que incluso mis entusiasmos tienen un índice alfabético. Y quizá tengan razón, pero el mundo es demasiado grande para gobernarlo con exaltación.

Prefiero las cosas en su sitio, con firmas claras y márgenes rectos. Dios también es orden, aunque algunos lo oculten entre incienso y salmodias.

Vuelvo al retrato.

—No soy tú —le digo en silencio—. Pero sigo tu obra. A mi modo.

Y quizá eso sea lo más difícil de todo: gobernar un Imperio heredado sin destruirlo... ni repetirte.

Rezo un Padrenuestro. Después, otro más corto, por si el primero no ha sido del todo sincero.

Luego, cierro el misal y me limpio las manos con un paño reservado para después de la oración. No debe tocar lo mundano, está marcado con una cruz diminuta que solo yo veo.

Antes de retirarme, doy las órdenes necesarias:

—Preparad una carta para las autoridades de Madrid. Que no celebren nada, que no proclamen nada. Que sigan como están.

—Majestad, ¿ni una misa? —pregunta tímidamente el secretario.

—Bueno, una misa sí —respondo—. Pero breve.

Y así me levanto.

Madrid ya es Corte. Y yo ya soy diferente a mi padre, para siempre.


VII. Noche cerrada sobre la nueva corte_

La noche ha caído sobre Madrid.

No de golpe, sino como a mí me gusta que ocurran las cosas: poco a poco, sin llamar la atención, sin aspavientos ni excesos de tono.

Camino por los pasillos del Alcázar con la palmatoria en la mano. No confío en los criados para esto. Hay cosas que uno debe hacer solo, como rezar, como decidir una capital… o como asegurarse de que los candelabros estén perfectamente centrados bajo las bóvedas.

Cada paso resuena con un eco discreto. Me complace. No soporto las pisadas blandas, esas que parecen esconder algo. Las mías suenan como deben: firmes, modestas, justas.

He dado la orden más importante de mi reinado —quizá de toda la Historia de España, si me apuran— y sin embargo solo he pronunciado seis palabras para hacerlo.

“Madrid. Que sea Madrid. Ya está.”

No hubo sello de plomo. No hubo pregón ni gacetilla.

He fundado una Corte sin mover un dedo. Sin levantar la voz, sin subirme a un caballo y sin sentarme en un trono.

Qué ironía.

Mi padre habría cabalgado desde Yuste hasta Flandes para proclamarlo entre banderas.
Yo he preferido decidirlo entre paños perfumados y papeles bien alineados.
Ambos caminos llevan al Imperio. El suyo, con más gloria… el mío, con menos sudor.

Paso junto a la sala del Consejo. Vacía. Hoy nadie se atrevió a seguir debatiendo tras mi anuncio.

Me consuela que, por una vez, mis secretarios se hayan quedado sin papel que llenar.
El vacío también es un documento.

Abro la puerta de la capilla privada. Está a oscuras. No enciendo nada. Solo entro, me arrodillo y rezo en voz baja.

“Señor, si me he equivocado, castígame con claridad. Pero si he acertado… deja que no me lo echen en cara.”

Después me santiguo tres veces. Por rutina, por fe… por si acaso.

Al salir, paso por la biblioteca. Una de las pequeñas, la que solo yo uso.

Reviso que los libros estén alineados, que los lomos miren al mismo lado y que el misal no esté en compañía de autores dudosos.

Un día colocaré aquí a Tiziano. Su retrato me inspira obediencia. Aunque, en el fondo, lo que más me inspira es un mueble que no se tambalee.

Miro por la ventana. Madrid duerme. Como siempre… como nunca.

Los tejados siguen siendo pobres. Sus calles, estrechas. Las campanas, silenciosas.

Nadie se imagina aún que mañana amanecerán como capital del mayor Imperio de la Cristiandad. Y, lo mejor es que seguirán sin entender por qué.

Eso me tranquiliza. No hay mayor garantía de que una decisión ha sido buena que el desconcierto generalizado que provoca.

Cierro la ventana. Coloco la lámpara sobre la mesilla. Doblo el paño del día con cuidado. Y me meto en la cama, de espaldas a las dudas y con el alma limpia como los márgenes de un edicto recién firmado.

Antes de cerrar los ojos, pienso:

“He fundado una Corte. He sellado el destino de un reino. Y todo… sin moverme de sitio.”

Entonces sonrío. Solo un poco. No por orgullo, por el dulce consuelo de saber que nadie me lo discutirá esta noche.

Y así, con las manos quietas, la conciencia ordenada y los pies perfectamente paralelos bajo las sábanas…

Me duermo en paz.

Como un rey… pero sobre todo, como un hombre que, por fin, ya no tiene que hacer maletas.


Retrato de Felipe II jove. Historia de Madrid

Vecellio di Gregorio Tiziano. Felipe II (Detalle), 1551 ©Museo Nacional del Prado

Y aun si mi hijo fuera hereje, yo mismo traería la leña para quemarle
— Felipe II


¿Cómo puedo encontrar el antiguo Alcázar en Madrid?