Decisión y coraje

Monumento a Jacinto Ruiz Mendoza. Historia de Madrid

Monumento al teniente Jacinto Ruiz. Madrid, 2018 ©ReviveMadrid

Jacinto Ruiz: el héroe olvidado del Dos de Mayo en Madrid

¿Por qué hay nombres del Dos de Mayo que todo el mundo reconoce al instante, mientras otros, que estuvieron en el mismo escenario y jugaron un papel igual de decisivo en aquel infierno, apenas nos suenan? ¿Por qué Madrid recuerda sin esfuerzo a Daoíz, Velarde o Manuela Malasaña, y en cambio deja en un segundo plano a Jacinto Ruiz, que llevó en su propio cuerpo, hasta la muerte, las heridas de aquella jornada?

La respuesta tiene que ver con cómo funciona la memoria de una ciudad. Porque las ciudades no se construyen solo con edificios y calles, sino también con las historias que deciden contar y con aquellas que, poco a poco, dejan de recordarse. En ese proceso, algunos nombres brillan con fuerza mientras otros se van apagando casi sin que nos demos cuenta.

Jacinto Ruiz y Mendoza fue uno de los protagonistas de la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, uno de los puntos clave del levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas napoleónicas. No estuvo de paso ni fue un personaje secundario. Fue uno de los hombres que resistieron allí, en primera línea, en un enfrentamiento tan desigual como decisivo.

Sin embargo, su nombre no ha corrido la misma suerte que el de otros compañeros de armas. Y ahí es donde la historia se vuelve especialmente interesante, porque no siempre recordamos mejor a quienes más hicieron, sino a quienes mejor encajan en el relato que con el tiempo vamos construyendo.

Por eso este artículo, lejos de contar la vida de un militar valiente, busca entender cómo se construye esa memoria colectiva, por qué unos nombres permanecen y otros se difuminan, incluso cuando compartieron el mismo momento y el mismo riesgo.

Quizá haya llegado el momento de volver a mirar a Jacinto Ruiz con algo más de atención. No solo para hacerle justicia, sino para entender mejor aquel Madrid de 1808: una ciudad desbordada, improvisada y valiente, que se enfrentó a un ejército mucho más poderoso con lo que tenía a mano… mientas, de paso, nos preguntamos qué tipo de memoria seguimos construyendo hoy.

I. España al borde del estallido. El contexto político y militar previo al 2 de mayo_

A veces las ciudades no estallan de golpe. Antes crujen. Se llenan de rumores, de recelos, de noticias a medias y de una sensación cada vez más incómoda de que algo no va bien, aunque nadie sepa explicar exactamente qué está a punto de pasar. El Madrid de la primavera de 1808 era justo eso, una ciudad tensa, vigilada y enrarecida, donde el ambiente político llevaba tiempo volviéndose irrespirable.

El 2 de mayo no fue un relámpago inesperado. Fue el resultado de una tensión acumulada durante meses, incluso años, en una España que avanzaba hacia una crisis profunda sin terminar de comprender lo que estaba ocurriendo.

Para entenderlo hay que retroceder un poco. La monarquía de Carlos IV llevaba tiempo mostrando signos claros de desgaste. La corte estaba dominada por intrigas, el descrédito de Manuel Godoy era enorme y en torno al príncipe Fernando VII se había formado un foco de oposición que tensaba aún más la situación. El Motín de Aranjuez precipitó la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV, pero también dejó algo todavía más preocupante: la sensación de que la Corona se tambaleaba y de que el poder real empezaba a escaparse de las manos.

En ese contexto entra en juego el Tratado de Fontainebleau, firmado en octubre de 1807. En teoría, este acuerdo permitía el paso de tropas francesas por España para invadir Portugal. Sobre el papel, una alianza; en la práctica, una puerta abierta. Porque las tropas napoleónicas no se limitaron a cruzar el país, ocuparon posiciones estratégicas, controlaron comunicaciones y se establecieron sin demasiadas explicaciones. España, dicho sin rodeos, había dejado entrar al lobo en casa.

Madrid empezó a notar ese cambio muy pronto. El 23 de marzo de 1808 las tropas francesas, al mando de Joaquín Murat, entraron en la capital. Murat no era un visitante incómodo sin más, era una figura clave del entorno de Napoleón Bonaparte, con capacidad real para dirigir la situación. Su presencia dejaba claro que lo que estaba ocurriendo en España ya no era solo un problema interno.

Desde ese momento, las tensiones fueron en aumento. Madrid no solo se sentía ocupado en lo militar, empezaba a sentirse desplazado en lo político y en lo simbólico.

La situación se volvió aún más inquietante cuando Fernando VII y Carlos IV fueron llamados a Bayona por Napoleón. Oficialmente seguían siendo los reyes de España; en la práctica, cada vez parecía más evidente que estaban perdiendo el control. Fernando dejó al frente una Junta presidida por el infante don Antonio, pero aquello no calmó a nadie. Madrid entró en una especie de desconcierto colectivo donde no quedaba claro quién mandaba, ni quién tomaba las decisiones.

El malestar terminó de convertirse en rabia cuando se planteó el traslado a Bayona de los últimos miembros de la familia real que permanecían en la ciudad, entre ellos el infante Francisco de Paula. Para muchos madrileños, aquello fue la señal definitiva de que algo se estaba rompiendo del todo.

Cuando la gente se concentró frente al Palacio Real y vio preparado el carruaje, la sensación fue inmediata: se estaban llevando lo último que quedaba de la monarquía en Madrid. Hasta ese momento había inquietud; a partir de ahí, indignación abierta.

Ese Madrid de la mañana del 2 de mayo era una ciudad compleja, con tensiones sociales de fondo, pero fue el pueblo llano quien dio el paso al frente. Artesanos, criados, comerciantes, mujeres, jóvenes… una mezcla muy representativa de la ciudad. Los rumores corrieron rápido y la concentración ante el Palacio Real creció en cuestión de horas. Los gritos contra los franceses empezaron a escucharse con fuerza y el miedo acabó dando paso a la ira.

Madrid llevaba tiempo conteniéndose, pero aquella mañana dejó de hacerlo.

La respuesta francesa fue inmediata y muy dura. Las patrullas imperiales reprimieron los primeros disturbios con violencia y en distintos puntos de la ciudad comenzaron enfrentamientos desordenados. Muchos madrileños acudieron a los cuarteles en busca de armas, no solo para defenderse, sino para intentar organizar una resistencia.

Aquí aparece una de las grandes contradicciones de aquella jornada. Mientras la población se levantaba, las autoridades militares españolas tenían órdenes de no intervenir. El capitán general, Francisco Xavier Negrete, había ordenado mantener las tropas en los cuarteles.

Los oficiales españoles quedaron así en una posición muy complicada: obedecer las órdenes o responder a lo que estaba ocurriendo en las calles. Esa pasividad oficial nos ayuda hoy a comprender por qué fueron tan importantes los gestos individuales de quienes decidieron actuar por su cuenta.

El ejército español, como institución, no salió a defender Madrid… pero algunos de sus hombres sí lo hicieron, y entre ellos estaba Jacinto Ruiz.

II. Un joven militar de Ceuta. Origen, familia y formación de Jacinto Ruiz_

Antes de convertirse en uno de los protagonistas del 2 de mayo, Jacinto Ruiz fue, como tantos otros, un joven más dentro de una España que aún no sabía que estaba a punto de cambiar por completo.

Nació el 16 de agosto de 1779 en Ceuta, un lugar que no funcionaba como una ciudad cualquiera. Ceuta era, ante todo, una plaza militar. La vida allí estaba marcada por la disciplina, las guardias, los relevos y una presencia constante del ejército que lo impregnaba prácticamente todo.

Además, Jacinto creció en una familia muy vinculada a la milicia. Su padre, Antonio Ruiz, era subteniente de Infantería, y otros miembros de la familia también habían seguido ese camino. No estamos, por tanto, ante alguien que llega al ejército por casualidad o por necesidad. En su caso, la carrera militar formaba parte del entorno desde el principio, casi como una continuación natural de la vida familiar.

Ese contexto justifica que con apenas dieciséis años ingresara como cadete en el Regimiento Fijo de Ceuta. Su trayectoria avanzó de manera bastante regular, sin grandes sobresaltos. En 1800 ascendió a segundo subteniente y poco después fue destinado al Regimiento de Voluntarios del Estado, ya en Madrid. En 1807 alcanzaría el grado de teniente. Un recorrido, en apariencia, bastante común dentro del ejército de la época.

Cuando llega a Madrid, Jacinto es un oficial joven, con formación y experiencia, pero sin haber participado todavía en una guerra real. No había pasado por el campo de batalla ni había tenido que enfrentarse a decisiones límite. En otras palabras, aún no había tenido ocasión de demostrar cómo reaccionaría en una situación extrema.

Madrid tampoco era un destino cualquiera. La Villa y Corte era el centro político del país, donde se concentraban las tensiones de la monarquía, las intrigas y, en aquellos meses, la creciente presencia de tropas francesas. Estar destinado allí en 1808 no era simplemente un paso más en su carrera, era encontrarse, sin saberlo del todo, en el lugar donde todo estaba a punto de estallar.

Cuando en la mañana del 2 de mayo comiencen los primeros enfrentamientos, Jacinto Ruiz será, en principio, un teniente más en su cuartel. Como tantos otros, podría haberse limitado a cumplir órdenes y mantenerse al margen.

Pero no lo hará… y ahí es donde su historia cambia de verdad. No por lo que había sido hasta entonces, sino por aquello en lo que se iba a convertir. Porque, en ocasiones, la historia no necesita héroes perfectos; le basta con hombres que, en el instante preciso, decidan no mirar hacia otro lado.

III. Madrid se levanta. El 2 de mayo de 1808 y el camino hacia Monteleón_

Como hemos visto, cuando estalla la insurrección popular en la mañana del 2 de mayo de 1808, muchos madrileños reaccionan casi de forma instintiva, mirando hacia los cuarteles.

No buscan solo refugio… buscan armas, fusiles, munición, cañones y cualquier cosa que les permita responder. Y en ese mapa improvisado de una ciudad que empieza a levantarse, hay un lugar que concentra todas esas posibilidades: el Parque de Artillería de Monteleón.

Monteleón no era un punto más dentro de Madrid. Era un espacio clave donde se almacenaban armas y piezas de artillería. En una ciudad que se estaba rebelando sin medios, aquello era, directamente, un recurso decisivo, porque quien controlara Monteleón tenía opciones reales de resistir.

Muy cerca de allí, en el cuartel de los Voluntarios del Estado, estaba destinado Jacinto Ruiz.

Hasta ese momento, Ruiz no era más que un oficial joven en medio de una situación que se complicaba por minutos. De hecho, estaba enfermo y guardando cama, como si el momento clave le hubiese pillado a contrapié. La historia, a veces, tiene estas ironías.

En ese contexto lo más sencillo habría sido quedarse donde estaba, cumplir con las órdenes de no intervenir y dejar que todo siguiera su curso. Y eso fue, en efecto, lo que hicieron muchos mandos.

Pero Ruiz tomó otro camino. Se levantó, se dirigió a su unidad y se puso en marcha con la compañía que debía reforzar el Parque de Monteleón. No sabía todavía qué iba a encontrarse allí ni hasta dónde iba a llegar la situación.

Pero en ese gesto ya hay algo importante, porque es el momento en el que deja de ser un nombre más dentro de un regimiento y pasa a implicarse directamente en lo que está ocurriendo en la ciudad.

Lo que suceda en Monteleón en las horas siguientes no será un episodio más del 2 de mayo, será uno de sus puntos clave. Y Jacinto Ruiz ya está en camino.

IV. Jacinto Ruiz en Monteleón. El “tercer paladín” del Dos de Mayo_

Cuando Ruiz y sus compañeros de la 3.ª Compañía del Regimiento de Voluntarios del Estado llegan a Monteleón, la situación ya está al límite. Dentro del recinto hay una guarnición francesa que controla el parque. Fuera, una multitud de madrileños pide armas y exige una respuesta. Todo está a punto de romperse.

En ese contexto aparecen Luis Daoíz y Pedro Velarde. Ambos capitanes de Artillería han decidido actuar y convertir el parque en un punto de resistencia. Monteleón deja de ser un recinto militar más y pasa a ser el lugar donde, por primera vez ese día, soldados y civiles actúan juntos, al margen de las órdenes oficiales.

Jacinto Ruiz no espera a que alguien le diga exactamente qué hacer. La situación no lo permite. Actúa. Rodea con sus hombres a la guarnición francesa y consigue que depongan las armas. En pocos minutos, el control del parque cambia de manos.

Y a partir de ahí, todo va muy rápido.

Las puertas se abren y empiezan a entrar madrileños. Se reparten armas, se ocupan posiciones y se organiza una defensa improvisada. Hay poco más de un centenar de defensores y apenas cinco cañones. Enfrente, tropas francesas mucho mejor preparadas y en clara superioridad.

En medio de ese escenario, Ruiz asume un papel clave: se hace cargo de uno de los cañones. No es casual, ya que había tenido relación previa con el Real Cuerpo de Artillería y sabía cómo manejar una pieza así. Desde ese momento, deja de ser un refuerzo más y pasa a estar en primera línea.

Los ataques franceses no tardan en llegar. Primero uno. Luego otro. Y después, otro más.

Monteleón resiste durante más de tres horas. Puede parecer poco, pero en el contexto de aquel día, en un enfrentamiento tan desigual, es muchísimo tiempo. Es el tiempo suficiente para que lo que está ocurriendo deje de ser un episodio aislado y empiece a tener un significado mayor.

Y en esas tres horas, Ruiz está ahí, combatiendo, organizando y resistiendo.

En un momento del enfrentamiento recibe un disparo en el brazo izquierdo. La herida es importante y lo razonable habría sido retirarse… pero no lo hace. Le atienden como pueden y vuelve a su puesto.

El combate continúa y la presión aumenta. El desenlace se acerca.

Las tropas francesas acaban penetrando en el parque cuando la diferencia de medios se impone. Daoíz y Velarde mueren en combate y muchos defensores caen dentro del recinto. La resistencia se desmorona.

En ese momento final, Ruiz recibe un segundo disparo, esta vez mucho más grave. La bala le atraviesa el cuerpo y cae al suelo. Todo indica que ha muerto.

Cuando los franceses empiezan a retirar los cuerpos, cuando el ruido del combate se apaga y queda ese silencio extraño que llega después de la violencia, alguien se da cuenta de que Ruiz sigue con vida. Apenas, pero respira.

Es un pequeño detalle dentro de una escena brutal, pero suficiente.

Es rescatado y trasladado. Sobrevive.

Aunque el resultado militar fue una derrota, lo ocurrido en Monteleón ya no se puede deshacer, porque en esas horas se ha construido algo que va más allá del combate: la imagen de una ciudad que decide levantarse, incluso cuando todo está en contra.

V. Sobrevivir a la jornada. Convalecencia, salida de Madrid y muerte en Trujillo_

A veces, lo más difícil de una batalla no es morir en ella, sino sobrevivirla.

Jacinto Ruiz sobrevive a la sanguinaria jornada del 2 de mayo en el Parque de Monteleón. Ese detalle, cambiará su destino… y también la forma en la que será recordado porque, a diferencia de Daoíz y Velarde, cuya muerte en el propio combate los fija de inmediato en la memoria colectiva, Ruiz queda en el incómodo limbo de quienes sobreviven al momento decisivo.

Es trasladado primero a su cuartel, en la calle Ancha de San Bernardo. Después, para evitar que las tropas de Murat lo identifiquen, es llevado a una vivienda particular. Allí lo atiende el doctor José Rives, profesor del Hospital de San Carlos, que consigue estabilizarlo dentro de una gravedad evidente.

Mientras tanto, Madrid sigue viviendo las consecuencias del levantamiento. La represión francesa continúa, se extiende por la ciudad y culmina en los fusilamientos del día siguiente. El intento de resistencia ha sido sofocado, pero la tensión no desaparece.

En ese contexto, Jacinto Ruiz inicia una lucha muy distinta a la de Monteleón. Más lenta, más silenciosa y también más incierta: mantenerse con vida.

Durante días, quizá semanas, su recuperación es frágil. La herida no cicatriza del todo y su estado mejora lo justo para sostenerse, pero no para considerarse fuera de peligro. Es una resistencia distinta, sin ruido, pero constante.

Y, sin embargo, cuando empieza a encontrarse algo mejor, toma la sorprendente decisión de abandonar Madrid para volver a luchar. No contempla quedarse al margen.

Tras comprobar de cerca el despliegue de las tropas francesas en la ciudad, entiende que lo ocurrido el 2 de mayo no ha terminado, que el conflicto acaba de empezar a extenderse por el resto del país, y decide unirse a esa nueva fase de la guerra.

El viaje hacia el sur se convierte en una prolongación de su estado físico. Cada etapa pasa factura… aun así, recibe el ascenso a teniente coronel y es destinado a Badajoz, dentro del ejército que intenta reorganizarse frente a la invasión.

Pero su cuerpo ya no responde como antes. El desplazamiento se hace cada vez más difícil, la herida empeora y el esfuerzo acumulado, sumado a la falta de medios médicos adecuados, termina por pasarle factura.

Trujillo será su último destino. Allí, en casa de su tío, intenta recuperarse en un entorno más tranquilo, lejos de Madrid y del frente. Pero ya no hay vuelta atrás. El 11 de marzo de 1809, consciente de su situación, Jacinto Ruiz dicta testamento.

Dos días después, el 13 de marzo, muere. Tenía veintinueve años.

Su final no tiene la visibilidad de una muerte en combate. No hay una escena clara, ni un momento que se pueda convertir en imagen simbólica, y eso influye más de lo que parece, porque la memoria colectiva tiende a quedarse con los desenlaces inmediatos, con los momentos que cierran una historia de forma clara. En ese sentido, la de Daoíz y Velarde encaja perfectamente ya que mueren en el lugar y en el instante que define el episodio. Su historia se cierra allí mismo, en ese momento preciso. Es fácil de narrar y, por tanto, de recordar. Es casi una cuestión de ‘marketing histórico’.

La de Jacinto Ruiz es distinta, y ahí está una de las claves de su figura. Porque no solo encarna el valor del combate, sino también el coste prolongado de la guerra, ese desgaste lento que continúa cuando el ruido de los cañones ya se ha apagado.

Murió, en cierto modo, dos veces; una el 2 de mayo, en Monteleón, y otra meses después, en Trujillo. La historia, sin embargo, solo ha sabido recordar bien la primera.

VI. De la indiferencia al homenaje. La recuperación de su memoria en el siglo XIX_

La posteridad no siempre es justa. A veces llega tarde, mal y con la sensación de haber estado mirando hacia otro lado demasiado tiempo. Eso es, en buena medida, lo que ocurrió con Jacinto Ruiz. Cuando a finales del siglo XIX se intenta recuperar su figura, el relato del Dos de Mayo ya tiene a sus protagonistas bien definidos. Ruiz entra en él, sí… pero lo hace con retraso.

El contraste es claro si se compara con lo ocurrido con Daoíz y Velarde, cuyo reconocimiento fue mucho más rápido. En 1812 la Regencia les concedió honores de capitán general y, con el tiempo, sus restos se integraron en el gran dispositivo conmemorativo del Dos de Mayo en Madrid. Jacinto Ruiz, en cambio, pasó años en una especie de zona intermedia. Ni olvidado del todo, ni plenamente reconocido.

De hecho, ese malestar se percibe muy pronto. Ya en 1814, el padre de Ruiz denunciaba la indiferencia con la que se estaba tratando la memoria de su hijo. Pero la situación apenas cambió durante décadas… su figura seguía ahí, pero sin el peso que cabría esperar.

El punto de inflexión llegó en 1888, y no vino de una gran iniciativa oficial, sino del impulso de quienes consideraban injusta esa situación. Ese año, el periódico El Ejército Español publicó un artículo con un título bastante elocuente: ‘Homenaje a un mártir olvidado de nuestra independencia’. En él se reclamaba un reconocimiento público y se proponía levantar un monumento financiado por suscripción, con aportaciones del Ejército y de la ciudadanía.

A partir de ahí, el proceso se pone en marcha. Se crea una comisión, se organizan las gestiones y se abre una suscripción que recibe aportaciones no solo de unidades militares peninsulares, sino también de territorios como Cuba, Puerto Rico o Filipinas. Ceuta, su ciudad natal, también participa.

Todo esto encaja, además, en un contexto más amplio. A finales del siglo XIX Europa vive una auténtica fiebre de monumentos. Plazas y paseos se llenan de estatuas que no solo recuerdan a personajes del pasado, sino que ayudan a construir una memoria nacional visible y didáctica. Ruiz es recuperado, sí, porque lo merece… pero también porque el momento histórico favorece ese tipo de homenajes.

La culminación llega en 1891. El 29 de abril, un Real Decreto otorga a Jacinto Ruiz un reconocimiento muy significativo: su nombre debe figurar permanentemente en el cuadro de oficiales del Regimiento del Rey número 1 y, al pasar revista, se responderá “Presente” cuando sea nombrado.

La escena contiene algo muy potente, el hecho de que un hombre muerto décadas atrás sigua siendo llamado como si formara parte del cuerpo. No es solo una formalidad, es una forma de mantenerlo simbólicamente vivo.

Ese mismo decreto establece también que su elogio se lea cada año en la Academia General Militar, de manera que ya no se trata solo de recordar, también de enseñar. Jacinto Ruiz empieza así a convertirse en ejemplo.

Ese mismo año, además, su memoria se hace visible en la ciudad. Se inaugura su monumento en la plaza del Rey, obra de Mariano Benlliure. No es una elección menor, ya que Benlliure era uno de los grandes escultores del momento y supo construir una imagen muy concreta de Ruiz.

No lo representa como una figura estática sino en movimiento, con su cuerpo adelantado, el brazo alzado y la espada en mano. No es el retrato de un militar en reposo, es la captación de un instante en plena acción.

Ese detalle importa, porque no se está representando únicamente a un oficial, sino al hombre del gesto decisivo, al protagonista de ese momento en el que Monteleón deja de ser un cuartel y se convierte en símbolo.

Madrid, que durante décadas no había terminado de situarlo en su memoria, lo fija ahora en bronce en una de sus plazas de forma clara y también, hay que decirlo, bastante tardía.

Aún quedaba un paso más. En 1909, coincidiendo con el primer centenario del Dos de Mayo, sus restos son trasladados desde Trujillo a Madrid con honores.

Había sido enterrado en la parroquia de San Martín de la ciudad extremeña, donde murió en 1809. Ahora, un siglo después, regresaba a la capital.

El destino final era el monumento a los caídos del Dos de Mayo, donde ya reposaban Daoíz y Velarde. Se trata de un gesto clave, una forma de cerrar, por fin, su lugar en la historia, situarlo físicamente junto a los nombres con los que había sido comparado durante tanto tiempo y de los que había quedado, durante años, un paso por detrás.

VII. La ciudad que recuerda… y la ciudad que olvida_

Madrid tiene una relación peculiar con su propia memoria. Le gusta conmemorar, levantar estatuas, poner placas, dar nombres ilustres a calles y repetir aniversarios. Hay una clara voluntad de recordar pero, al mismo tiempo, también tiene cierta facilidad para dejar que algunos nombres se vayan apagando poco a poco, como si el homenaje material fuese suficiente y ya no hiciera falta volver sobre la historia con calma.

La trayectoria de Jacinto Ruiz encaja bastante bien en esa lógica, por eso recuperarlo hoy no consiste solo en rescatar a un personaje menos conocido. Es, sobre todo, una forma de mirar el Dos de Mayo con algo más de matiz y de devolver complejidad a un episodio que con el tiempo se ha simplificado demasiado.

Quizá ahí está el verdadero interés de su figura. No en añadir un nombre más a la lista de héroes, sino en recordar cómo se construye la memoria de una ciudad: qué historias se destacan, cuáles quedan en segundo plano y por qué.

Madrid ha sabido conmemorar su pasado. Lo ha hecho muchas veces y, en general, bien. Pero no siempre ha repartido esa atención de forma equilibrada.

Y en el fondo, esa es la cuestión. Una ciudad no se entiende solo por lo que decide recordar, sino también por lo que deja en la sombra. Mirar de nuevo a Jacinto Ruiz es, en parte, una forma de ajustar ese enfoque, de completar el relato y de recordar que la memoria, como la historia, siempre está en construcción.


Jacinto Ruiz y Mendoza (Ceuta, 1779 - Trujillo 13 de marzo de 1809) Historia de Madrid

Jacinto Ruiz y Mendoza (Ceuta, 1779 - Trujillo 13 de marzo de 1809)

Quien deja de ser amigo de mi Patria deja de serlo mío. España no lidia por los Borbones, ni por Fernando. Lidia por sus propios derechos. En una palabra: España lidia por su Libertad
— Gaspar Melchor de Jovellanos


¿Cómo puedo encontrar el monumento al teniente Jacinto Ruiz en Madrid?