Ande, ande, ande...

Coro cantando villancicos en la Plaza de Pontejos de Madrid

Coro navideño. Madrid, 2021 ©ReviveMadrid

Villancicos, de noticiero popular a tradición navideña

Llega la Navidad a las calles de Madrid y con ella todo un repertorio de entrañables tradiciones: disfrutar de la iluminación nocturna que decora sus calles, comprar adornos navideños en el mercadillo de la Plaza Mayor, visitar sus históricos belenes, saborear los exquisitos turrones… y cómo no, disfrutar de alguno de los coros populares que en estas fechas amenizan con sus villancicos las plazas de la capital: el verdadero sonido de la Navidad.

Sin embargo, y a pesar de que actualmente se trata de canciones tradicionales que aluden directamente a las fiestas navideñas, originalmente los villancicos fueron composiciones poético-musicales que trataban todo tipo de temáticas. Así, cuando comenzaron a popularizarse en España y Portugal durante la Edad Media y el Renacimiento, sus letras se encargaban de registrar la vida cotidiana de las gentes y los principales hechos de una comarca.

Y es que el villancico es una de las manifestaciones más antiguas de la lírica popular castellana, junto con las cantigas y las jarchas mozárabes.

En sus inicios, allá por el siglo XIII, los villancicos fueron composiciones poéticas populares, no siempre acompañadas de instrumentos, escritas para ser interpretadas por un coro y un solista, alternando coplas con estribillo.

Solían abordar temas cotidianos como el amor, la muerte, las cosechas… siempre temas populares. De hecho, la propia etimología de la palabra "villancico” proviene, de villa, esto es, de pueblo, de carácter popular, en referencia a las canciones que entonaban los "villanos", es decir, las personas de clase humilde que vivían en las villas medievales.

Con el tiempo estos poemas adquirieron un enorme éxito y, ya en el siglo XV, comenzaron a ser musicalizados por los grandes compositores del momento, como el músico y poeta Juan del Enzina, el compositor Mateo Flecha o el organista Gaspar Fernandes. De esta manera, los villancicos renacentistas españoles quedaron recogidos en manuscritos y volúmenes antológicos, conocidos con el nombre de Cancioneros, que han llegado hasta nosotros.

La gran variedad temática que trataban favoreció con el tiempo la popularidad de estas canciones, pues prácticamente cualquier cosa podía ocupar un estribillo: la noticia de la toma de Granada, la nostalgia de la patria, una paz, una guerra… si bien el tópico del amor cortés continuó siendo el más habitual durante todo el siglo XV.

En el siglo XVI la Monarquía Hispánica, encarnada en las figuras de Carlos V y su hijo Felipe II, jugó un papel importantísimo en la defensa de la fe católica frente al protestantismo en todas sus vertientes (anglicanismo, luteranismo y calvinismo). Para ello, y a través de la denominada Contrarreforma de la Iglesia católica, la monarquía española no sólo debía dominar la gran política a través de la guerra, los matrimonios concertados o la diplomacia, sino también controlar al pueblo y su doctrina.

Curiosamente el villancico resultó para la Iglesia, durante la segunda mitad del siglo XVI, la mejor manera de acercarse al pueblo inculto, introduciendo en la tradicional liturgia eclesiástica romana composiciones en castellano.

Al no hablar el pueblo llano el latín y siendo la liturgia en este idioma, el villancico se convirtió, al igual que el resto de las artes, en una extraordinaria solución para facilitar al vulgo la enseñanza de los Evangelios y todo aquello que el protestantismo cuestionaba.

Así, el villancico fue poco a poco cambiando su habitual temática cortés por otra de tipo religioso, al tiempo que adaptaba su estructura a canciones cortas, de rima sencilla, letra pegadiza y fácil de memorizar por un pueblo eminentemente analfabeto.

A pesar de las evidentes ventajas para difundir la doctrina católica, la élite eclesiástica no terminó de ver con buenos ojos el papel litúrgico de los villancicos, por considerar que vulgarizaban los mensajes cristianos.

Fue tal el descontento del Papa Clemente VIII que la mismísima Capilla Real de la Casa de los Habsburgo se vio obligada a intervenir. De hecho, Felipe II llegó a dictar un edicto en el año 1596 por el cual prohibía que en la liturgia católica se cantaran villancicos, o cualquier otra composición, en lengua romance. Cualquier pieza debía ser cantada en latín, como disponía la Iglesia.

Esta prohibición se mantuvo hasta el reinado de Felipe IV, ya en pleno siglo XVII, cuando la vertiente litúrgica del villancico en castellano se convirtió en el género musical más notable, sofisticado y con mayor producción de la España del Barroco.

La producción de estas piezas se profesionalizó de tal manera, tanto en la letra como en la composición, que las oposiciones a Maestro de Capilla de una iglesia o catedral consistían en poner música a una serie de textos de villancicos entregados al compositor.

Era tel la importancia de estas composiciones que, una vez admitido el opositor como maestro de capilla, se le llegaba a dispensar de sus obligaciones eclesiásticas durante meses (e incluso de por vida) con tal de que tuviera el tiempo y la concentración suficientes para lograr componer unos villancicos que lucieran en las principales fiestas del calendario litúrgico, como el Hábeas Christi, la Asunción, los santos locales, la Epifanía, la Trinidad… y especialmente durante la Navidad, celebración en la que estas composiciones se hicieron con el tiempo imprescindibles.

El oficio de maitines de Navidad, que se prolongaba durante toda la noche, era uno de los momentos más esperados de todo el año para las iglesias y conventos españoles, porque era entonces cuando se presentaban los nuevos villancicos. Las catedrales ricas llegaron incluso a costear la impresión de los textos de estas piezas con el fin de que el público asistente a las celebraciones pudiera comprender y memorizar lo que se estaba cantando.

La aglomeración de gentes de todo tipo para asistir a estas fiestas litúrgicas abarrotaba catedrales y parroquias, hasta el punto de invadir el coro en el que se cantaban y representaban los villancicos… y es que algunos de ellos llegaron a convertirse en pequeñas piezas teatrales, para cuya escenificación las catedrales más adineradas contrataban actores y bailarines.

Con estas representaciones se buscaba adoctrinar a la muchedumbre repasando historias bíblicas y los sucesos históricos determinantes en la historia del Cristianismo, a manera de divertimento.

Se tendía más bien a rescatar los significados esenciales del mensaje religioso y transponerlos en otro registro más comprensible para el pueblo inculto, de manera que el creyente se viera reconocido como miembro de una colectividad en una fiesta con tradición común.

La historia bíblica quedaba así transformada, aunque nunca desacralizada. A pesar de ello las condenas por parte de la jerarquía eclesiástica continuaron, no sólo por el uso del castellano en la liturgia sino por llevar al templo personajes y géneros propios del teatro que solían "mover a risa y causar descompostura", convirtiendo la iglesia en un "auditorio de comedias”, con desórdenes entre el público incluidos.

En ocasiones las denuncias llegaron hasta la Inquisición, que llegó a acusar a algunos conventos madrileños de religiosas de cantar jácaras, "seguidillas lascivas” y otras piezas, tomadas del teatro y enseñadas por los propios actores, logrando las monjas superarles "en la profanidad al modo con que se canta en la farsa", y ocasionando "excesos y palabras indebidas" de los asistentes a los actos litúrgicos.

Sin embargo y a la hora de la verdad, la capacidad que demostraban los villancicos para llenar las iglesias, sus posibilidades pedagógicas sobre una mayoritaria población y la necesidad de mantener bajo control las arraigadas costumbres casi paganas habituales en las fiestas de Navidad que el pueblo se resistía a abandonar (la fecha de la Navidad, sin ir más lejos, coincide con las anteriores celebraciones romanas del solsticio de Invierno), los convertían en un medio de control de las masas católicas muy útil, al que las autoridades eclesiásticas no estaban dispuestas a renunciar.

Esta apertura en la rigidez litúrgica permitió que, a lo largo del siglo XVII, los villancicos volvieron a extenderse entre el pueblo llano durante las fiestas navideñas. A modo de cancioncillas con forma de diálogo, que todo el mundo cantaba en las casas y calles, recreaban la sorpresa de los pastores ante el misterio del nacimiento de Jesús.

Curiosamente, estas composiciones también se convirtieron en el pretexto que los poetas locales aprovecharon para incluir en sus letras divertidas sátiras y parodias sobre la decadente España del Siglo de Oro.

Las opiniones acerca de lo humano y lo divino, en un registro algo más cotidiano y burlesco, quedaron reflejadas en el género del villancico a través, por ejemplo, de los ciegos que divulgaban cantares por las esquinas de pueblos y ciudades mediante los pliegos de cordel, componiendo y recitando villancicos en verso que incluían noticias locales y que vendían a las gentes y a las parroquias cercanas durante el período navideño.

“¿Quién compra la relación

y los nuevos villancicos

para cantar esta noche

de los tres Reyes benditos?”

El carácter social y festivo de estas fiestas permitía cargar las tintas literarias en los villancicos, poblándolos de toda la imaginería popular característica de la España de la época. No se libraban de la caricatura los reyes, el clero, los pícaros, los marginados, los extranjeros, determinadas profesiones y algunas procedencias... todo cabía en la expresión de un mundo y una época vista con aire de fiesta, de jácara, de burla, entre las que convivían verdades, críticas, mentiras, tradiciones y, ante todo, el sentido del humor.

En torno al Portal de Belén, en estos villancicos asomaban gallegos, andaluces y vizcaínos, negros y gitanos, portugueses y franceses, suegras y yernos, doctores y abogados, lisiados y enanos, sacristanes y monaguillos, pastores y zagalas… un sinfín de personajes cuyas actitudes arquetípicas conformaban una inagotable fuente de diversión. Eso sí, finalmente no faltaban las alabanzas al Niño Dios, por quienes todos finalmente se redimían.

Esta libertad compositiva y literaria terminó a lo largo del siglo XVIII, centuria marcada por la enorme influencia que ejerció Italia en cuanto a música se refiere, no sólo en la ópera o a la zarzuela sino también en el villancico culto, es decir, el destinado a la liturgia en las iglesias.

El estilo compositivo de la ópera provocó un aumento en la plantilla de las orquestas de las capillas de música catedralicias y una mayor exigencia a la hora de interpretar dichas composiciones, lo que obligó a una desmesurada inversión que nunca se consiguió rentabilizar.

A pesar de ello, prácticamente todos los grandes compositores del siglo XVIII español compusieron hermosos viIlancicos, desde los afamados músicos de la Capilla Real de Madrid en la primera mitad del siglo como Sebastián Durón, Antonio Literes, José de Torres, José Nebra o Francisco Corselli, hasta el mismísimo Luigi Boccherini.

Durante toda la primera mitad del siglo se sucedieron las limitaciones en el uso de los villancicos en las principales catedrales españolas hasta que, finalmente, en 1750, el rey Fernando VI prohibió que se cantasen más villancicos en la Capilla Real.

Así, a finales del siglo XVIII, los villancicos cultos fueron poco a poco fundiéndose con otros géneros, como la tonadilla, y más tarde con la zarzuela. Por contra, el villancico popular quedó reforzado y arraigado como tradición navideña entre las gentes sencillas, evolucionando tanto en el concepto como en las rimas, las letras y las melodías, hasta convertirse en lo que hoy todos conocemos como villancico navideño.

A lo largo del siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX, era habitual ver recorriendo las calles de Madrid a grupos de niños armados con zambombas y panderetas, que visitaban a familiares y vecinos para cantarles todo un repertorio de villancicos durante las fiestas navideñas, a cambio del tan preciado aguinaldo… o bien entonarlos en familia, en las casas, al calor de la lumbre, acompañados de la guitarra, el almirez y el rasgueo de una botella de anís.

Desgraciadamente, hoy en día es mucho más extraño disfrutar de esta tradición que casi ha quedado relegada a los centros comerciales, motivando a los clientes en sus compras, o a recitales callejeros como este, celebrado en la Plaza del Marqués viudo de Póntejos, en los que aún se puede disfrutar de villancicos como la famosa Marimorena, que cuentan y cantan escenas y costumbres navideñas del Madrid más tradicional.

Y es que los villancicos son parte no sólo de nuestras navidades, también de nuestra esencia. Un género con más de seiscientos años de historia, transformado y transmitido de generación en generación, que demuestra una vez más la capacidad del ser humano de mantener las tradiciones… valiosos tesoros a los que deberíamos recurrir cada cierto tiempo para recordarnos a nosotros mismos quiénes somos.

Retrato de Lope de Vega

Lope de Vega Carpio (Madrid, 1562- 1635)

Pues andáis en las palmas,
ángeles santos,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto;
no le hagáis ruido,
corred más paso.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

El Niño divino
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegaros quiere un poco
del tierno llanto.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Rigurosos hielos
le están cercando;
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos
— Félix Lope de Vega


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