Hasta que la muerte nos separe

fernando y bárbara,Un amor real

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con conocer a su príncipe azul o su princesa prometida y que el flechazo amoroso le obligara a caer rendid@ a nuestros pies? A estas alturas de la vida, casi tod@s sabemos que los cuentos infantiles y las películas de dibujos animados nos vendieron una realidad utópica que los libros de Historia desmienten ya que, a lo largo de los siglos, han sido más los príncipes y princesas desdichados que los felices, a causa de los matrimonios de conveniencia. Una de las escasas excepciones a esta regla fueron los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza, cuya agridulce historia de amor es protagonista en pleno centro de Madrid.

En contra de lo que podemos pensar, hasta hace poco más de un siglo el matrimonio en la sociedad española no fue un asunto de amor, sino más bien de conveniencia… un acuerdo en el que las dos partes buscaban el beneficio económico y social, motivo por el cual las familias dedicaban sus esfuerzos a buscar los mejores partidos para sus hijos.

En 1776, para evitar matrimonios entre clases sociales diferentes, Carlos III estableció que en España los hijos e hijas menores de veinticinco años solo pudieran casarse con la autorización de sus padres. Estos podían negarse a concederla si existía una causa justa o incluso si alguno de los contrayentes no cumplía con los requisitos necesarios de “limpieza de sangre”. Aquellos que contravinieran este decreto recibirían un castigo, aunque el matrimonio conservaría su validez legal.

Con la llegada de la Ilustración a nuestro país, empezó cuestionarse el derecho de los padres para concertar los matrimonios de sus hijos. Personajes como Francisco de Goya a través de su pintura La boda, de 1792, o Leandro Fernández de Moratín en su pieza teatral El sí de las niñas, de 1805, denunciaron las uniones de conveniencia tan habituales en la sociedad del momento y que se extendieron en nuestro país hasta finales del siglo XIX.

Un caso aparte fueron los matrimonios de la realeza, que a lo largo de la historia se convirtieron en verdaderos pactos políticos. Flagrantes ejemplos de estos acuerdos fueron las uniones entre un Felipe IV, de 44 años, y su sobrina Mariana de Austria, de 15… o la de Isabel II y su primo homosexual, Francisco de Asís.

El mejor ejemplo de que los casamientos reales suponían un mero trámite burocrático fue la boda entre Felipe III y Margarita de Austria. Su desposorio se realizó por poderes, sin que ninguno de los novios estuviera presente en la iglesia. El duque de Sessa, en representación de Felipe III, y el archiduque Alberto, en lugar de Margarita de Austria, se dieron el “sí quiero” ante el Papa Clemente VIII… en el que podría considerarse el primer matrimonio entre dos hombres oficiado por la Iglesia católica.

Sin embargo, siempre hay lugar para la excepción y, aunque los matrimonios concertados generalmente llevaban asociada la infelicidad de los contrayentes, en algunas ocasiones el amor acabó venciendo a la imposición. Es el caso de Fernando VI y Bárbara de Braganza.

A pesar de que los retratos idealizaban su belleza, doña Bárbara de Braganza no fue la más bella de las princesas europeas. Sin embargo, a pesar de un rostro marcado por la viruela y una figura voluminosa, los encantos de su personalidad causaron una muy grata impresión al príncipe Fernando. Al igual que él, la princesa portuguesa era culta, de agradable carácter, dominaba seis idiomas y era gran amante de la música.

Tras un feliz matrimonio y doce años de reinado, en 1758, la reina moría a los 47 años, causando una profunda pena a su marido. Desolado, Fernando VI se encerró en el castillo de Villaviciosa de Odón acompañado de un pequeño séquito.

Al igual que su padre Felipe V, el rey Fernando, deprimido, dejó de comer, descuidó su higiene personal y comenzó a presentarse en público con un aspecto físico deplorable… hasta que finalmente perdió la cabeza.

Durante un año el monarca no se cambió de ropa ni durmió en una cama. Arrojaba platos y vasos a sus sirvientes, trataba de ahorcarse con sus sábanas y rogaba que le dieran ideas porque aseguraba que su cabeza estaba vacía. Además, sus criados debieron empezar a servir la comida en vajilla de plata para que el rey no intentara comerse la de cristal.

Condenado a sí mismo al ostracismo, el rey no quería ver a nadie, ni siquiera a sus ministros, negándose a tomar conocimiento de los asuntos de Estado.

Los lamentos y gritos que profería el melancólico rey por las noches se oían en todo el castillo… hasta que en 1759 falleció, habiendo perdido completamente la razón a causa de la muerte de su esposa.

Casi todos los monarcas de la Corona española, a partir de los austrias, reposan actualmente en el Panteón Real del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, excepto Felipe V, que descansa en la Colegiata del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso junto a su esposa Isabel de Farnesio, y los reyes Fernando y Bárbara.

La Reina Bárbara de Braganza falleció sin descendencia, por lo que no tuvo derecho a ser enterrada en El Escorial, pasando a serlo en este Real Monasterio de la Visitación, del que había sido promotora. Por su parte, Fernando VI rechazó ser enterrado en el Panteón Real para descansar junto a su amada esposa en la iglesia de las Salesas Reales, tal y como permanecen hoy, en estos dos sepulcros unidos pared con pared.

Tras el fallecimiento del rey Fernando, el trono de España lo ocupó su hermanastro Carlos III, que ordenó la construcción en su honor de este precioso monumento al arquitecto Francisco Sabatini.

En el centro destaca una urna sepulcral decorada con un relieve del rey Fernando como protector de las artes. A su lado, las figuras alegóricas de dos mujeres representando la Justicia, la Fortaleza, la Paz y la Abundancia, virtudes de su reinado. En la parte superior el dios Saturno simboliza el Tiempo, con un retrato del rey en sus manos… el tiempo que, en forma de sepulcro, ya nunca separará a los amantes Fernando y Bárbara.

Fernando VI (Madrid,1713-Villaviciosa de Odón, 1759) y Bárbara de Braganza (Lisboa, 1711 – Aranjuez, 1758)

Fernando VI (Madrid,1713-Villaviciosa de Odón, 1759) y Bárbara de Braganza (Lisboa, 1711 – Aranjuez, 1758)

Aquí yace el fundador de este monasterio Fernando VI, Rey de las Españas, óptimo príncipe que murió sin hijos, pero con numerosa prole de virtudes. Carlos III dedicó este monumento de tristeza y piedad a su queridísimo hermano, cuya vida hubiera preferido al trono
— Inscripción del sepulcro de Fernando VI


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