revive la música del madrid del siglo xx


El siglo XX en España fue un periodo política y socialmente complejo, con avances y retrocesos constantes que influyeron drásticamente en la vida cultural y musical madrileña.

La nueva sociedad madrileña despertó al nuevo siglo como una continuación de la del siglo XIX.

La burguesía, bastante amplia en la capital, se había asentado como una clase social de mayor poder adquisitivo. Fueron sus componentes quienes comenzaron a demandar música, promoviendo un aumento de las sociedades filarmónicas y de la prensa musical especializada.

La división entre música religiosa y música profana se acentuó a principios del siglo XX.

Con el aumento de la laicización en España la música religiosa sufrió un enorme declive, que llegaría a su punto máximo durante la Segunda República, cuando desaparecerían la mayor parte de las capillas y su actividad musical, más allá del fin litúrgico.

Por su parte, el crecimiento que la música profana ya había experimentado en el siglo pasado aumentó en éste mucho más en el XX.

Se mantuvieron los mismos lugares en los que se producía: salones, teatros y cafés, además de en el Teatro Real..

Los salones, mantenidos por la alta burguesía, fueron perdiendo podo a poco su interés debido a la dificultad cada vez mayor para contratar intérpretes.

Los teatros eran los lugares donde tocaban las orquestas de sociedades o se representaban zarzuelas, género que mantuvo el favor del público hasta los años treinta.

Los cafés-concierto mantuvieron su papel destacado en el Madrid de principios de siglo y para la mayor parte de la sociedad, especialmente para los más jóvenes escasos de dinero, constituían los únicos espacios en los que podían conocer música y relacionarse con la intelectualidad de la época.

A partir de la década de los 20 estos cafés decayeron debido a la aparición de las pianolas, que para los empresarios supusieron mayores ganancias al no tener que pagar interpretaciones en directo. Aquellos que mantuvieron la música en vivo derivaron hacia géneros populares como el cuplé.

El objetivo de los primeros compositores de este nuevo siglo, a los que se suele comparar por fechas con la generación literaria del 98, era la renovación del país y la recuperación de la identidad nacional a través de la música.

Para ellos la música constituía una disciplina intelectual, a diferencia de la concepción decimonónica que siempre la entendió tan sólo como una diversión agradable.

Madrid continuó siendo el mayor centro de creación y difusión musical, propiciando el establecimiento de numerosos músicos, madrileños o no, que en estos años contribuyeron al desarrollo de la música española.

La primera gran figura musical que destacó en este Madrid de principios de siglo fue Manuel de Falla. El músico gaditano permaneció en Madrid en dos etapas de su vida: de 1900 a 1907 y de 1915 a 1919.

Al mismo tiempo que Falla trabajaron en la capital diferentes compositores caracterizados por su defensa del romanticismo y el nacionalismo tradicionalista, así como por su carácter regeneracionista, lo que les llevaría a asumir tareas relacionadas con la música pero en ámbitos muy necesarias como la pedagogía, la crítica o la gestión musical desde cargos administrativos y políticos.

Estos compositores sentarían las bases del sinfonismo español y de la música de cámara, desempeñando una gran influencia en las generaciones de músicos posteriores, quienes les considerarían sus maestros. Entre ellos se encontraban Conrado del Campo, Joaquín Turina, Julio Gómez, Jesús Guridi y Oscar Esplá.

Las primeras señales de cambio y de ruptura con el Romanticismo y el Nacionalismo musical surgieron durante la segunda década del siglo XX, cuando el Impresionismo francés y los nuevos movimientos vanguardistas comenzaron a penetrar nuestras fronteras, aportando un fuerte impulso a la música española.

La música, hasta ese momento bastante marginada de los círculos intelectuales, comenzará a insertarse con fuerza en el desarrollo cultural de nuestro país, relacionándose con otras artes.

Los nuevos músicos, con una importante formación humanística, empezaron a aparecer en los medios intelectuales y a participar en debates ideológicos… por ello no resulta extraño que uno de los más importantes centros de desarrollo musical en el Madrid de esta época fuera la Residencia de Estudiantes.

En esta cuna del conocimiento y las vanguardias se construyó un auditorio donde se ofrecían conciertos públicos y privados, conferencias y reuniones semanales de aficionados a la música. También allí nacería la llamada Generación literaria del 27, que también tuvo su manifestación musical.

Los miembros de esta generación se insertaron completamente en la realidad social, política y cultural del momento, con el objetivo de continuar la labor renovadora y universalista de Falla y acercar la música al resto de disciplinas intelectuales, favoreciendo la intercomunicación entre música, pintura y poesía.

Dentro de este ámbito, en Madrid destacó el llamado “Grupo de Madrid” o “Grupo de los Ocho” formado por músicos como Ernesto y Rodolfo Halffter, Gustavo Pittaluga, Rosa García Ascot, Salvador Bacarisse, Julián Bautista, Fernando Remacha y Juán José Mantecón.

Los años de la Segunda República (1931-1939) supusieron para nuestro país un avance en lo musical, especialmente por la gran preocupación del Gobierno republicano por la cultura, favoreciendo que en España se adoptaran las más novedosas corrientes internacionales del momento.

Esto hizo posible que el periodo previo a la Guerra Civil fuera una de las épocas más destacadas de la historia musical madrileña… sin embargo, el conflicto bélico marcaría un antes y un después.

La mayor parte de la intelectualidad española militó en las filas republicanas y tras su derrota debieron exiliarse. Además, el cierre de las fronteras a cualquier influencia estética exterior a través de una férrea censura, supuso el freno total a la creación musical durante los años de la Guerra y los posteriores de la posguerra. Todo esto llevaría a que los años 40 resultaran una época estéril en novedades para la música española.

El músico español más destacado en esta época fue Joaquín Rodrigo, que se estableció en Madrid a mediados de 1939 tras doce años de estancia casi continua en París, donde compuso su extraordinario Concierto de Aranjuez.

Desde finales de la década de los 50 se produjo una cierta apertura del franquismo que posibilitó la entrada de nuevas corrientes musicales, cuyo efecto se potenció con el regreso de compositores formados fuera de nuestras fronteras.

Surgió así la llamada “Generación del 51”, un grupo de compositores que intentarían recuperar el tiempo perdido durante los años en los que España había estado aislada.

Para este nuevo grupo de compositores la eufonía dejó de ser un valor en sí misma para pasar a un lugar secundario. La finalidad a la hora de componer una obra pasaría a ser la búsqueda de nuevas sonoridades.

La primera expresión de estos compositores en Madrid fue la creación, en 1958, del Grupo Nueva Música. Sus componentes iniciales fueron Ramón Barce, Cristóbal Halffter, Antón García Abril, Luis de Pablo, Manuel Moreno Buendía, Alberto Blancafort, Manuel Carra, Fernando Ember y Gerardo Gombau.

Con la llegada de la Democracia, a finales de los 70, el Estado español comenzó a asumir su papel como promotor y protector de la cultura e intentó paliar su carencia con la creación de nuevas infraestructuras y apoyo económico para diversos actos.

Así, se potenció algo el desarrollo musical con la creación del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM) que desde entonces se ocupa de la coordinación y supervisión del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (CDMC), Centro de Documentación de Música y Danza, Orquesta y Coro Nacionales de España, Auditorio Nacional de Música y Teatro de la Zarzuela, todos ubicados en Madrid.

La capital se convertiría desde entonces en caldo de cultivo de las nuevas tendencias culturales de nuestro país y de una juventud que, impulsada por las ansias de cambio y libertad promovidas por la recién estrenada democracia, utilizarían las artes y en especial la música como una forma de expresión que cristalizaría pocos años después con la Movida madrileña.

 
 

 

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