Tempus fugit

Antigua Fábrica Escuela de Relojería de Madrid

Antigua Real Fábrica de Relojería. Madrid, 2022 ©ReviveMadrid

Real Fábrica de Relojería: el arte de medir el tiempo

¿Te has preguntado alguna vez cuánto vale tu tiempo? Debe ser realmente valioso, porque mirar el reloj es uno de nuestros gestos más repetidos al cabo del día… Y es que, aunque duela reconocerlo, la hora marca nuestras vidas y mide nuestras rutinas puntualmente en el trabajo, en nuestro ocio, con nuestras familias, etc. El tiempo es nuestro amo, por eso, conseguir medirlo con exactitud ha sido una de las obsesiones del ser humano desde que fue consciente de su transcurso.

A lo largo de la Historia, el hombre ha contado el devenir del tiempo de diversas maneras, comenzando por las más sencillas divisiones que nos proporciona la naturaleza: el sol y la luna.

Durante siglos fue el sol, y no unas convenciones horarias, el que reguló la vida de las comunidades, esencialmente agrarias: se trabajaba mientras había luz diurna y se descansaba durante la noche.

A lo largo de la Edad Media se siguió percibiendo el tiempo laboral como cíclico, condicionado por los ritmos de la naturaleza, pero al mismo tiempo existía un tiempo social que coordinaba los ritmos comunitarios. Este tiempo social era controlado por la Iglesia, como mecanismo de control de la población, y los clérigos fijaban su curso mediante el uso de las campanas de los templos.

Las campanas de las iglesias continuaron siendo las únicas referencias horarias para el común de los mortales hasta la aparición de las ciudades cuando, poco a poco, se empezó a formar un nuevo foco de vida social.

En las ciudades, como medios artificiales creados por el hombre, los ciclos de producción de los artesanos no quedaban ya determinados por la naturaleza, que comenzó a ser vista como un elemento ajeno.

La ciudad se convirtió así en un serio competidor de la Iglesia en el dominio del tiempo social, rompiendo su monopolio sobre el mismo.

El ritmo particular de las urbes generó la necesidad de un mayor rigor en la medición del tiempo, algo que se resolvió con la aparición de los relojes mecánicos en el siglo XIII, dando paso al mundo moderno: de un mundo agrario, marcado por el transcurso de las estaciones, se había pasado a un mundo urbano e industrial, que descubría la productividad y la precisión.

La mecanización de los relojes marcó el inicio de las horas uniformes y estandarizadas, generando el dilema de cuándo iniciar el cómputo horario. El sistema de las horas francesas, que dividía el día en dos periodos de 12 horas a partir de medianoche, fue el que finalmente se acabó imponiendo en la cultura occidental, tan fuertemente que se sigue manteniendo en nuestros días.

Esta nueva percepción del tiempo también marcó la aparición de una actitud diferente con respecto a él: al constatar que el tiempo no se detiene, aun en ausencia de acontecimientos, empezó a percibirse la necesidad de economizarlo, de usarlo racionalmente y de llenarlo de acciones útiles.

A partir de 1580, la exigencia de una mayor precisión a la hora de medir el tiempo reclamó que los relojes marcaran también los minutos y los segundos, algo que no se logró hasta el año 1660, con la invención del reloj de péndulo.

En todo occidente surgió la necesidad de medir el tiempo, surgiendo así dos tipos de relojes: los relojes públicos, ubicados en las torres de edificios civiles y utilizados para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos (el primer reloj de Madrid se instaló en la torre de la ya desaparecida iglesia de San Salvador, cedida al Concejo de la Villa, en la actual Calle Mayor, a principios del siglo XV); y los relojes privados, de bolsillo o de mesa, concebidos como objetos de lujo sólo al alcance de las clases más pudientes.

Los monarcas españoles, desde los Austrias hasta los Borbones, siempre se sintieron atraídos por el arte de la relojería.

Por parte de la dinastía Habsburgo, la afición de Carlos I por los relojes y sus mecanismos fue tal que en su retiro al Monasterio de Yuste decidió llevar consigo al ingeniero e inventor hispano-milanés Juanelo Turriano, al que nombró relojero de la Corte.

Tras la muerte del Emperador, su hijo, Felipe II, mantendría a Turriano en su puesto, trasladando su taller de relojería a la Torre Dorada del antiguo Alcázar de Madrid.

Tanto Felipe III como Felipe IV, y su sucesor, Carlos II, continuarían aportando nuevas piezas a la colección Real de relojes y nombrando relojeros de Cámara.

En el siglo XVIII los monarcas Borbones, desde Felipe V a Fernando VII, fueron coleccionistas compulsivos de relojes, considerados unas auténticas joyas elaboradas por los mejores relojeros y escuelas, como la francesa, la inglesa o la suiza.

Felipe V, primer monarca de la nueva dinastía, heredó una gran colección de relojes por varias vías: la francesa, por ser nieto de Luis XIV, y la española, siendo el sucesor de Carlos II, si bien el incendio del Alcázar acabaría destruyendo gran parte de los relojes atesorados por los Austrias.

España se convirtió en habitual importadora de relojes, con el consiguiente gasto, muchas veces astronómico, en favor de las potencias relojeras extranjeras. Por este motivo, el nuevo monarca quiso crear una Real Manufactura de Relojería en Madrid en la que se pudieran formar relojeros españoles.

La Real Fábrica se ubicó en la Calle San Bernardino entre los años 1740-1747. Sin embargo, este primer intento de Escuela-Taller de relojería no resultó fructífero y tuvo que cerrarse.

La colección de relojes reunida por Felipe V pasó a manos de su hijo, Fernando VI, quien continuó el legado de su padre, ampliando sus miradas hacia otras escuelas y tipologías.

Así, durante su corto reinado, llegaron a España los primeros relojes suizos y el primer reloj con autómatas, que daría lugar a un conjunto de máquinas con movimiento que continuaría desarrollándose en reinados posteriores.

Su hermano y sucesor en el trono, Carlos III, recogió el testigo de su padre e intentó establecer una escuela de relojería en la Corte que pudiera producir, a menor coste, ejemplares capaces de competir con la escuela francesa, la más afamada del momento.

En 1770, el “Rey ilustrado” aprobó el establecimiento de una nueva Escuela-Fábrica de Relojería en esta Calle Fuencarral de Madrid, junto al antiguo Hospicio de San Fernando.

A cargo de los hermanos franceses Chârost, la Real Escuela de Relojería de Madrid fue una de las más meritorias realizaciones de Carlos III y un serio intento de dotar a los vecinos de la Corte de una profesión de alto valor técnico.

Para poder acceder a la Escuela-Fábrica, los aprendices primero debían probar ser cristianos católicos, presentando fe de bautismo, así como muestras de saber leer y escribir.

Los alumnos vivían en común, para lo cual el Estado pagaba cien ducados de manutención por muchacho durante los cuatros primeros años. Después, los alumnos debían pagar con su propio trabajo las costas de la enseñanza.

Durante su aprendizaje no podían ausentarse sin causa justificada y no podían trabajar ni colaborar con relojeros que no fueran sus maestros.

El programa de prácticas y estudios era muy amplio y pretendía que los pupilos salieran capacitados para trabajar en cualquier tipo de reloj, asegurando así ciertos estándares de calidad.

Al cabo de siete años de formación, los aprendices debían pasar un examen ante un tribunal de la Real Junta de Comercio y Moneda, con el fin de obtener el grado de maestría que les acreditase en el desempeño de su labor. Una vez obtenido el título de maestro relojero, quedaban capacitados para poner una tienda o mostrador de relojes en la Villa y Corte.

La Real Escuela de Relojería de Madrid formó a varias generaciones de maestros relojeros y representa la única apuesta del Estado por dejar arraigada esta noble industria en la capital, aunque a la postre resultó ingrata y poco lúcida.

Envuelta de críticas constantes hacia sus gestores y afectada por una crónica escasez presupuestaria, en 1793 se optó por cerrar la Real Fábrica-Escuela de Fuencarral, acabando de esta forma con el sueño de implementar la ciencia del tiempo en nuestro país y optando por enviar alumnos pensionados a Inglaterra y Francia, con el fin de intentar alcanzar un más alto grado de capacitación en España.

Pero si hubo un monarca particularmente apasionado por los relojes ese fue el último Borbón del siglo XVIII, Carlos IV, a quien se llegó a conocer como el “Rey relojero”.

Al monarca le encantaba la tecnología y todo aquello que empleara la mecánica, el ingenio y la destreza manual, de manera que no sólo destacó como coleccionista sino que incluso llegó a montar su propio taller relojero en Palacio, donde trabajaba sus modelos.

Tristemente, la rica colección de relojes reunida por los monarcas españoles durante todo el siglo XVIII, con la que decoraron no sólo el Palacio nuevo de Madrid sino sus casas de recreo, sufrió un duro revés con la invasión napoleónica desde 1808.

La rápida salida de Carlos IV de nuestro país dejó los palacios reales a merced de los invasores, permitiendo que muchos relojes fueran destruidos o robados. Además, los relojeros que los cuidaban y que no apoyaron al nuevo rey José I, tuvieron que abandonar la capital y, consecuentemente, el mantenimiento de las máquinas.

Si bien posteriormente Fernando VII conseguiría recuperar un importante número de estos relojes, ampliando además el conjunto con nuevos ejemplares, la colección Real de relojes de la Corona española quedaría muy mermada.

A lo largo del siglo XIX, la industrialización y la producción en masa hicieron posible que el coste de los relojes de bolsillo disminuyera notablemente, convirtiendo estos objetos en una mercancía accesible para el grueso de la sociedad y permitiendo que la hora dejase de ser patrimonio de unos pocos.

A pesar de que la precisión de los relojes iba en aumento, a mediados del siglo XIX las ciudades aun ajustaban al sol su hora local, por lo que existían diferencias horarias entre un lugar a otro. Por ejemplo, cuando un reloj en Barcelona marcaba las 12:00 del mediodía, en Madrid pasaban unos minutos de las 11:30.

Esta situación cambió con la expansión del ferrocarril y la necesidad de tener una hora normalizada en todas las estaciones para coordinar los trayectos, de modo que en 1831 los Observatorios Astronómicos empezaron a distribuir por telégrafo la hora exacta normalizada.

En 1852 el Observatorio de Greenwich establecía un patrón único para toda Gran Bretaña y, finalmente, en la Conferencia Internacional del Meridiano de 1884, se fijaba un patrón horario de ámbito mundial por las ventajas que suponía para navegación y el comercio, dividiendo el globo en 24 zonas horarias.

En 1900 se aprobó la implantación de un horario único oficial en España, que se comenzó a aplicar el 1 de enero de 1901, momento en que todo el país se puso en hora con el meridiano de Greenwich.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el reloj vivió una vuelta de tuerca definitiva en su diseño y funcionalidad, al popularizarse el reloj de pulsera gracias a las nuevas actividades al aire libre, los deportes y el automóvil, pero sobre todo tras la I Guerra Mundial, cuando pilotos de aviones y artilleros adoptaron la costumbre de fijar sus relojes de bolsillo a la muñeca para consultar la hora sin tener que usar las manos.

El reloj y su evolución han marcado el ritmo de la vida en Madrid desde hace siglos, generando espacios y negocios tan emblemáticos como la centenaria joyería Grassy y su museo del reloj que, desde 1953, ocupan un icónico local en el número 1 de la Gran Vía.

Desde las más sencillas técnicas para distinguir períodos diferenciando entre el día y la noche, hasta las más complejas de la actualidad con relojes atómicos, los continuos avances en la medición del tiempo, cada vez más precisa, no han conseguido que podamos ser dueños del nuestro propio… un tiempo finito que no deberíamos valorar tanto por su cantidad como por su calidad.

Retrato de Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares,1547-Madrid, 1616)

Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades
— Miguel de Cervantes


¿CÓMO PUEDO ENCONTRAR EL LUGAR EN EL QUE SE UBICÓ LA REAL ESCUELA DE RELOJES EN MADRID?