Sangre y rosario

Imagen de la Semana Santa en Madrid

Procesión del Divino Cautivo. Madrid, 2022

Procesiones de Semana Santa: arte y devoción

Se aproxima la Semana Santa y todos los rincones de nuestro país se preparan para días de procesiones, torrijas… y multitud de turistas.

Y es que España figura entre los destinos más buscados por viajeros de todo el mundo, que ven en estos días de vacaciones primaverales una buena oportunidad para escapar de la rutina y aprovechar las suaves temperaturas de nuestra costa… porque Jesucristo no es el único que resucita durante la Semana Santa, también lo hace el turismo español.

Destinos como Sevilla, Málaga o Valladolid se convierten, además, en epicentro de la litúrgica cristiana gracias a la solemnidad de sus procesiones y la espectacularidad de sus pasos, constituyendo una de las manifestaciones culturales populares más antiguas y emotivas en nuestro país, de la que Madrid también es protagonista.

origen de las procesiones_

Resulta muy complicado saber cuándo y cómo se celebró la primera procesión del cristianismo, teniendo en cuenta que hasta el año 313 esta religión se consideró una práctica ilegal y sus seguidores fueron perseguidos y condenados.

En España no existen testimonios de las primeras “procesiones” hasta el siglo III y IV. Aquellas primitivas manifestaciones surgieron fruto de la admiración de los cristianos hacia sus primeros mártires, a los que se rendía homenaje mediante el traslado solemne de sus restos mortales y reliquias de un lugar a otro, en forma de peregrinación.

Con el paso del tiempo, la Iglesia cristiana iría filtrando y depurando las reminiscencias paganas presentes en estas primeras comitivas hasta adoptar un estilo “militarista”, posiblemente por influencia del Imperio Romano.

De hecho el término en latín “processio” es sinónimo de avanzar o marchar, un aspecto militar reflejado en la cruz que abría las primeras procesiones cristianas como símbolo de Cristo vencedor de la muerte, que venía a sustituir al estandarte en forma de águila imperial que portaba la legión romana.

Durante mucho tiempo las procesiones se celebraron en el interior de los claustros de iglesias y conventos. No sería hasta los siglos X y XI cuando estas manifestaciones comenzaron a salir a la calle, en lo que significaría una conquista progresiva del espacio urbano.

el nacimiento de las cofradías_

Los siglos V y VI vieron el nacimiento de las primeras cofradías o hermandades que, con el tiempo, se convertirían en las grandes promotoras de las procesiones al cuidado de los santuarios que surgían en el enclave donde un mártir hubiera sido martirizado o enterrado.

A partir del siglo VIII las cofradías fueron ganando terreno, surgiendo otras nuevas al amparo de diferentes colectivos, siempre de carácter laico. De entre todas ellas pronto destacaron por su relevancia las cofradías gremiales, que congregaban a individuos vinculados por su trabajo, estamento o lugar de residencia, afiliados para desempeñar actividades de culto, asistenciales (a través de la gestión de los hospitales), sociales y laborales.

Cada una de estas cofradías organizaba una fiesta anual que incluía misas y procesiones en torno a su santo patrón. No obstante, las procesiones exclusivas de la Semana Santa surgirían en España con la aparición de las cofradías de ámbito penitencial, a finales del siglo XIII.

la religión en la vida medieval_

En la Europa de la Edad Media la religiosidad y la Iglesia impregnaban todos los ámbitos de la vida comunitaria incluidos el lenguaje, las costumbres y el calendario.

La sociedad española medieval hizo de la defensa de la religión uno de sus pilares fundamentales, hasta el punto de que el día a día de cualquier persona estaba plagado de santos y devociones particulares.

Cristo, los santos, las diferentes advocaciones marianas y sus imágenes dispensaban protección y certidumbre frente a los avatares de la vida, que en aquellos tiempos eran muchos: una sequía, una enfermedad, una guerra o una epidemia.

el perdón y los flagelantes_

La peste negra que asoló Europa a mediados del siglo XIV acarreó no sólo devastadoras consecuencias políticas y económicas sino también religiosas.

La enorme mortandad sufrida se interpretó por la mentalidad de la época como un castigo divino por lo que, más que pedir favores a Dios, se hizo imprescindible pedirle perdón.

Para fomentar el arrepentimiento comunitario surgieron cofradías de carácter penitencial, por influencia de dominicos y franciscanos.

Se trataba de grupos de flagelantes o disciplinantes encapuchados que recorrían las calles mientras se flagelaban y entonaban cánticos, con la idea de que el pecador podía ser perdonado por Dios si castigaba su cuerpo, en clara alusión a la Pasión de Cristo. Sin música alguna, tan solo estaba permitido una trompeta o un tambor que sonara a dolor.

La implantación de estas cruentas procesiones fue muy controvertida debido a las quejas que recibió su filosofía de la sangre. No obstante, la Iglesia permitió que dicha penitencia pudiera ser pública a través de las cofradías, siempre y cuando fuera anónima y los flagelantes cubrieran su rostro, de manera que nadie pudiera presumir ni tratar de ganar algún prestigio a través de esta práctica.

Por este motivo se impuso que los penitentes participantes en estas procesiones llevaran un antifaz, con el fin de que todos fueran iguales ante el hecho penitencial, desde la nobleza hasta el ciudadano más desfavorecido.

más morbo, menos devoción_

Con el tiempo muchos flagelantes se mostraron más movidos por el espectáculo y el morbo que generaba su mortificación que por la devoción religiosa, hasta el punto de que Santa Teresa de Jesús denominaba a estas procesiones “la penitencia de las bestias”, defendiendo que el modo de identificarse con el dolor de Cristo nunca debería pasar por el auto castigo sino por la ayuda a los enfermos.

La situación llegó a tal punto que el Papa tuvo que intervenir desautorizando a muchas de las cofradías responsables de estas bestiales procesiones, convertidas en auténticos aquelarres de gemidos y latigazos, obligando a dominicos y franciscanos a reenfocar aquel clamor espiritual colectivo para dotarle de un sentido cristiano apropiado.

Martín lutero y la contrarreforma_

En este momento la cristiandad occidental iba a sufrir la mayor convulsión de su historia. El 31 de octubre de 1517 un agustino alemán, Martín Lutero, clavaba en la puerta de la iglesia del palacio de Wittemberg un documento con noventa y cinco tesis que ponían en cuestión la doctrina papal sobre las indulgencias… un terremoto que sacudiría los cimientos del catolicismo romano.

Tres décadas después, el Papa Paulo III convocaba en Trento a los más insignes teólogos de Europa en un Concilio que, entre otras decisiones, resolvía reforzar el uso de imágenes en la liturgia y alentaba la celebración de procesiones para reforzar la fe católica y frenar la reforma luterana.

las procesiones como didáctica religiosa_

Y es que la liturgia en las iglesias era muy difícil de entender para la población laica. De entrada, los oficios se realizaban en latín… un idioma que el pueblo llano, mayoritariamente analfabeto, no hablaba.

Las procesiones se convirtieron así en la manera perfecta para llevar la liturgia a las calles y hacerla más cercana al pueblo, adoptando una forma más teatral: a través de las escenas de los pasos procesionales, el mensaje de la Iglesia se entendería mejor.

En contraposición a la iconoclastia protestante, la Iglesia católica permitía la exteriorización de la fe mediante la representación de imágenes, figuras que trascendían su materialidad para convertirse en un vehículo para llegar a Dios.

El Concilio de Trento, asimismo, vio en las cofradías un posible aliado en el mantenimiento y refuerzo de unos actos de culto parroquiales que a menudo desbordaban el ámbito cerrado de los templos y necesitaba abrirse al exterior, fomentando un ambiente de religiosidad popular muy viva que experimentaría su momento álgido con las procesiones de Semana Santa, aprovechando la extraordinaria teatralidad que aportaban las escenas de la Pasión y Muerte de Cristo.

el auge de las cofradías y las procesiones_

Así, reconvertidas en una nueva forma, las cofradías experimentaron una notable expansión en España a lo largo del siglo XVI, como consecuencia del clima de efervescencia religiosa vivido durante el reinado de Felipe II.

Todo cristiano quería ganar su salvación eterna y, en consecuencia, muchos pensaron que el mero hecho de pertenecer a una cofradía para rendir culto a un santo patrón les aseguraría su entrada en el cielo tras la muerte.

En 1561, cuando el “Rey Prudente” decidió fijar la Corte del reino en Madrid, se contabilizaban en la capital un total de cuarenta cofradías, una cantidad nada despreciable para una población de 20.000 habitantes que indica que una buena parte de la población madrileña pertenecía a alguna hermandad.

El siglo XVII fue también el Siglo de Oro para las cofradías y el momento de mayor esplendor de las procesiones en España.

Consideradas como celebraciones comunitarias en ellas participaban todas las clases sociales, incluida la Familia Real.

La monarquía tomó parte activa en muchas de las actividades que conmemoraban la Semana Santa, hasta el punto de que todas las procesiones en Madrid debían parar en algún momento de su recorrido frente al antiguo Alcázar, residencia de los reyes Austrias.

Los gremios de artesanos y comerciantes recuperaron gran parte de su poder en este momento y pasaron a controlar muchas de las procesiones y cofradías de la capital, que terminaron por convertirse en asociaciones de burgueses y ganaron importancia de cara a la sociedad.

los pasos procesionales_

A partir de entonces la imaginería procesional comenzó a abundar. Bajo la influencia del movimiento Barroco, las esculturas destinadas a pasos procesionales fueron perdiendo austeridad y ganado tamaño y riqueza iconográfica.

Las cofradías, a través de financiación propia, pudieron permitirse contar con imágenes talladas por escultores de renombre, tales como Alonso Berruguete, Gregorio Fernández, Juan de Juni o Alonso Cano. Estas imágenes podían verse por las calles de diferentes ciudades durante las procesiones de Semana Santa, portadas a hombros por los denominados “anderos”… los costaleros actuales.

la simbología del nazareno: túnica y capirote_

También en este momento aparecieron los palios, las flores y la indumentaria característica del penitente o nazareno, consistente en el hábito de color negro y un capirote con el que cubrían su rostro y cabeza.

Ambas prendas cuentan con una simbología penitencial que tiene su origen en el Tribunal de la Santa Inquisición, institución fundada por los Reyes Católicos en 1478.

A los condenados por este Tribunal se les imponía, entre otros castigos, la obligación de vestir una prenda de tela denominada sambenito (“saco bendito”) que debía cubrirles el pecho y la espalda. En ella se escribían y dibujaban las acusaciones y los pecados de los que se les acusaba, a modo de humillación.

Junto a esta pieza de tela debían portar un capirote de cartón sobre la cabeza como símbolo de la penitencia que se les había impuesto por sus pecados. Este capuchón, con la punta señalando hacia el cielo, simbolizaba el arrepentimiento y el acercamiento a Dios como señal de penitencia.

razón vs. devoción_

El siglo XVIII conllevó una serie de nuevas normas para las procesiones, algunas anunciadas por la Iglesia católica y otras por la nueva dinastía borbónica.

La Ilustración supuso una visión más racional de la religión que gran parte de la Iglesia católica también compartía.

Se consideraba que la penitencia pública era resultado del miedo y de la ignorancia generados, en parte, por el Concilio de Trento.

Esta nueva percepción motivó que las cofradías sufrieran un proceso de reducción y reorganización, al tiempo que se intentó eliminar el aspecto más profano de las procesiones.

En el año 1777, el rey Carlos III prohibía cualquier acto de mortificación pública suprimiendo las procesiones de disciplinantes y sus penitencias extremas e intentando reimprimir un carácter más serio y devoto en las procesiones, llegando a impedir que se celebrasen de noche.

Fue una época de decadencia para las cofradías madrileñas, muchas de las cuales desaparecieron. Las que sobrevivieron se vieron obligadas a reunir sus pasos en una misma procesión con el fin de poder mostrar los diferentes episodios de la Pasión de Cristo.

la destrucción del patrimonio_

En 1805, Carlos IV decidía unificar todas las procesiones de Madrid en una única que tendría lugar la tarde del Viernes Santo.

Durante la Guerra de Independencia muchos conventos e iglesias de la capital fueron expoliadas o destruidas a manos del ejército napoleónico.

En las décadas siguientes, los cambios políticos y revoluciones constantes en nuestro país influyeron negativamente a las procesiones y cofradías, que sufrieron altibajos dependiendo de la ideología del gobierno en el poder en cada momento.

Así, por ejemplo, la Desamortización de Mendizábal de 1836 supuso la desaparición de un sinfín de templos y monasterios, desposeyendo de muchos de sus bienes a las cofradías y acentuando aún más la decadencia de la ya de por sí maltrecha Semana Santa madrileña.

decadencia de las procesiones_

La Restauración borbónica favoreció la aparición de nuevas hermandades. Se incorporaron a la Procesión del Viernes Santo nuevos grupos escultóricos, algunos de notable relevancia artística, y se consiguió convertir la Semana Santa en un reclamo turístico.

Lamentablemente, la Segunda República y la Guerra Civil significaron un nuevo retroceso para el patrimonio artístico de la capital.

Muchos conventos e iglesias fueron destruidas, así como sus respectivas imágenes y pasos procesionales, de ahí que la Semana Santa madrileña no disponga hoy de una obra escultórica tan antigua como las de Sevilla o Valladolid. Otras muchas tallas fueron escondidas y recuperadas tras la contienda.

unas procesiones castizas_

Una vez finalizada la Guerra, la Semana Santa se convirtió nuevamente en una conmemoración de la Pasión con un sentimiento de pobreza y penitencia.

Las cofradías madrileñas intentaron recuperar la brillantez perdida adquiriendo nuevas imágenes y celebrando más procesiones. Aparecieron nuevas cofradías y algunas antiguas se reorganizaron, recuperando su antiguo esplendor.

Como resultado, actualmente Madrid puede presumir de contar con una Semana Santa con carácter propio, en la que procesiones como la de Jesús El Pobre, Nuestra Señora de la Soledad y el Desamparo, Jesús de Medinaceli, el Cristo de los Alabarderos o esta del Divino Cautivo, cuya imagen es obra del escultor Mariano Benlliure, combinan la tradición propia de esta celebración con un toque muy castizo.

Sentimientos y tradiciones únicas toman forma en las calles de Madrid durante la Semana Santa. Una imagen de dolor y gozo para los católicos, pero también de contemplación, reflexión y espectáculo estético para cualquiera que quiera disfrutar de arte y cultura popular. Una seña de identidad, al fin y al cabo, con más de cinco siglos de historia, mezcla única de fe y tradición, recogimiento y folclore, devoción y pasión, que nos hace una vez más diferentes y únicos a ojos del mundo.


Imagen de Antonio Machado

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875-Colliure, Francia, 1939)

Oh, la saeta, el cantar
Al Cristo de los gitanos
Siempre con sangre en las manos
Siempre por desenclavar
Cantar del pueblo andaluz
Que todas las primaveras
Anda pidiendo escaleras
Para subir a la cruz
— Antonio Machado


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