Se cierra el telón

Retrato de Pedro Calderón de la Barca. Historia de Madrid

Retrato de Calderón. Juan de Alfaro ©Museo Lázaro Galdiano

Calderón de la Barca: el último acto del Siglo de Oro

I. Amanecer barroco en la casa más estrecha de Madrid_

Despertar en esta casa mía (o en esta rendija de ladrillo vertical, como la llama mi criado) es un arte escénico en sí mismo. Aquí, en plena calle de las Platerías, cada mañana es como salir de una trampa barroca sin romperme la crisma ni perder la dignidad. La casa, dicen los cronistas, tiene cuatro metros y pico de fachada, pero a mí me da que son menos desde que cumplí los ochenta. No es una vivienda, es un verso apretado… y no endecasílabo, precisamente.

Me levanto con el repique de campanas de San Salvador, que atraviesa el muro como si el ángel del Juicio viniera a buscarme. No todavía, Señor, que tengo un auto a medio escribir. Apoyo los pies en el suelo y ya tropiezo con un manuscrito, una sotana arrugada y el bastón, que se ha vuelto más fiel compañero que Sancho para el Quijote.

Mientras tanteo el aire en busca de equilibrio, me repito: “Pedro, no eres ya aquel soldado que subía murallas en Flandes… ahora subes peldaños y acabas con el alma en vilo”. Pero uno tiene su liturgia: lavarse con agua no muy fría, buscar la cruz de Santiago entre los paños colgados (siempre se esconde, la condenada).

Vestirme, eso sí, es un ejercicio más teatral que litúrgico. Primero tengo que girar sobre mí mismo con precisión coreográfica para no enganchar la capa en la lámpara. Luego alzar los brazos como si invocara al Espíritu Santo, mientras la sotana intenta pasar por encima del espaldar de la silla sin tirar los papeles al suelo. El jubón me lo pongo a ciegas, porque el espejo está en un ángulo que sólo permite verme de perfil, y ni siquiera completo. Cuando por fin consigo calzarme las botas, ya he rezado dos Padre Nuestros. Esto no es una casa, es una tramoya mal diseñada.

Y luego abro el balcón sin abrirlo del todo, que entra el incienso y el escándalo de los pregoneros.

Hoy Madrid huele a Corpus o lo que es lo mismo, a fritanga de buñuelo, a caballos sudados, a muladar remoto y a flores pisoteadas. Las vecinas barren como si el honor de España dependiera de sus escobas, los niños se empujan para ver pasar la tarasca y yo, desde mi agujero noble, observo todo como quien mira el mundo por una rendija del decorado. Porque eso es Madrid: un escenario abarrotado de actores que no saben lo que están representando.

Llaman a la puerta. Abro con cuidado, no sea que la hoja dé en el atril. Es mi criado, que ha aprendido a entrar de perfil.

—Señor, una carta del Alcázar.

Y yo que pensaba desayunar sin sobresaltos…

—Otro encargo. Para el Corpus. Quieren algo… alegre.

¿Alegre? ¿Alegre, dice? ¿Un auto sacramental alegre? ¿Con qué? ¿Con el Alma bailando un fandango con la Gracia mientras la Culpa toca el tamboril?

Pero lo leo. Y sí, como suponía: Su Majestad desea una obra breve, solemne y festiva para celebrar el Corpus con pompa, piedad y algo de espectáculo. Sin demasiada teología, por supuesto, que los embajadores se aburren, añaden.

Suspiro. Me llevo el breviario al escritorio, aparto los papeles del último drama inconcluso (El silencio del mundo, lo llamé… demasiado profético, quizás) y abro una hoja nueva. Título provisional: La última lámpara. Lo tacho. Pruebo con El sueño del oro. También fuera. Finalmente escribo: El telón se cierra. Me quedo mirándolo. No está mal… aunque puede que sea demasiado sincero.

En el fondo, lo sé. Lo saben todos, qué demonios: soy el último que queda en pie. Cervantes se fue cuando yo tenía dieciséis. Góngora, cuando apenas empezaba a rimar. Lope… Lope fue más que un sol, fue una hoguera, y se apagó en 1635. Quevedo se me fue hace ya más de treinta años. Todos fuera de escena y yo aquí, escribiendo aún para que la fiesta no se acabe del todo.

Me levanto, me ajusto la cruz al cuello y abro la ventana. La procesión no ha empezado, pero el bullicio crece. Desde aquí, desde mi casa angosta, sigo lanzando versos al mundo, aunque ya apenas quepan en mi escritorio.

Y me digo, como quien reza y se burla al mismo tiempo: “Vamos, Calderón… que aún queda función. Y si hay que representar el final, al menos que tenga buen ritmo y cierre con un verso que resuene”.

II. Un desayuno con fantasmas_

Ya vestido (más o menos entero después de haber derribado el atril y quemado la sotana con el brasero) me dispongo a desayunar. A estas alturas, comer por la mañana es más un gesto de obstinación que una necesidad. A decir verdad, el apetito me visita menos que las musas.

Hoy, como casi todos los días, mi criado me sirve en una bandejita estrecha (¡cómo no!) un mendrugo de pan, un poco de queso reseco y esa infusión caliente que, según quién pregunte, puede ser tisana de hinojo o pecado venial anisado en estado líquido. La tomo con pausa, mientras el reloj del Salvador me recuerda, campanazo a campanazo, que se nos va el siglo... y conmigo el teatro.

La mesa en la que escribo hace también de comedor, altar y escenario. Cada rincón de esta casa tiene más funciones que un auto sacramental. Frente a mí, en la pared, cuelga un pequeño retrato de Lope, desvaído por el sol y los años. Lo observo mientras mastico con dificultad el pan y le hablo, como cada mañana.

—Buenos días, Fénix. Hoy no me mires así, que tú también escribiste alguna que otra comedia floja, aunque luego la cubrieras de romances.

Lope no responde, claro, pero algo en sus ojos pintados parece levantar una ceja. Nos entendíamos mal y bien. Él escribía a toda prisa y yo a conciencia. Él era puro fuego; yo, geometría. Él, tempestades; yo, eclipses. Nunca nos dijimos que nos admirábamos, pero era así. Yo le temía un poco, él me despreciaba un poco más, y ambos sabíamos que no habría espacio para los dos bajo el mismo telón. Al final, la vida le dio a él la popularidad y a mí la posteridad. Ni tan mal.

Y entonces ocurre: como cada mañana, al tercer sorbo de infusión, empiezan a aparecer.

—¿Otra vez vienes a molestar tan temprano? —le espeto al aire.

Y ahí está Quevedo, sentado en mi silla de repuesto (que no sé para qué tengo si no cabe nadie más que fantasmas), con las piernas cruzadas, los quevedos torcidos y el eterno gesto de quien está a punto de soltar una pulla que huele a pólvora.

—Don Pedro —dice con sorna—, qué desayuno más modesto. Tan ligero como tus autos.

—¿Vas a empezar ya?

—Sólo vengo a recordarte que eres el último. El último vivo, el último lúcido, el último que aún usa el subjuntivo con dignidad… pero ya te queda poco.

—Gracias por los ánimos.

Se sirve imaginariamente un trago y mira alrededor como quien inspecciona un ataúd con vistas.

—¿Sabes lo peor de ser el último? —dice—. Que tienes que escribir el epílogo. Y ya nadie aplaude en los epílogos, sólo tosen.

—Pues toserás tú —le contesto—, que llevas muerto treinta años y aún no has dejado de incordiar.

Pero lo cierto es que tiene razón, lo sé. La sombra de los que fueron pesa más cuando uno está solo en escena. Y a veces, desayunando en silencio, no sé si vivo en el Madrid del rey Carlos II o en una comedia donde todos han salido ya y yo me he quedado a apagar las candilejas.

Aparece otro. Siempre aparece. Más esbelto, más perfumado, más enigmático. Es Góngora, que no entra: flota. Habla poco, se peina con gestos invisibles y me mira con esa condescendencia cordobesa que irritaba a todo Madrid.

—¿Todavía escribes teatro, Calderón? —me dice, fingiendo sorpresa.

—Todavía. ¿Tú aún no lo entiendes?

Ni se inmuta. Da un paso hacia mi estantería, huele un tomo y suspira como si estuviera oliendo un nardo. Lo nuestro fue siempre eso: guerra fría con rima consonante.

—Tus autos son sermones disfrazados de alegoría. —me lanza, como un guante.

—Y los tuyos, laberintos de incienso. Pero mira, mientras tú buscabas la eternidad, yo llenaba los corrales.

Como cada mañana, Cervantes no aparece. No. Él nunca viene. Quizá porque no necesita venir… los demás vuelven para defenderse y Cervantes ya está a salvo. Cervantes está en todas partes, como Dios, pero con más ediciones.

Suspiro. Aparto los fantasmas con una mano. Ya se disuelven. Lope vuelve a su marco, Quevedo a su vino y Góngora a su niebla.

—Un día os quedaréis tranquilos —les digo, mientras recojo los restos del desayuno—. Y yo también.

Pero todavía no. Aún queda auto que escribir; aún queda desfile, Corpus, bueyes y tambores; aún queda un Madrid que bulle, aunque ya huela a otro siglo. Y aún quedo yo, en esta casa estrecha, sosteniendo la función con la palabra como única tramoya.

Hoy, como cada día, desayuno con los muertos… pero escribo para los vivos.

III. Paseo por un Madrid que se deshace_

Salir de mi casa es, cada día, una expedición teatral. Primero, bajar la escalera sin romperme la crisma: peldaños estrechos, gastados y más traidores que un personaje de comedia. Luego, abrir la puerta principal (que cruje como si me reprochara que siga vivo) y, por fin, salir a escena.

Porque Madrid, a estas alturas de mi vida, es puro decorado. Yo, con esta edad y este hábito, hago mutis por el foro.

El aire de la calle me golpea la cara con una mezcla poco inspiradora: incienso del Corpus, fritanga matutina y un leve, muy leve aroma de letrina concentrada. Las vecinas tienden trapos limpios como quien quiere tapar la decadencia con almidón, y los pregoneros compiten a gritos por vender desde buñuelos hasta indulgencias, pasando por figuritas de santos que parecen hechas de pan duro.

Hoy todo está adornado, porque el Corpus Christi manda. Las calles parecen querer disimular que el siglo se cae a pedazos. Flor aquí, tapiz allá, un toldo raído colgado de dos balcones: la ilusión de grandeza en una villa que hace tiempo dejó de ser corte del alma.

Avanzo con paso breve —porque largo no puedo— entre los empedrados que todavía conservan algo de firmeza. En una esquina, un par de mozalbetes se burlan del paso de los alguaciles, y uno lanza una cáscara de fruta que roza mi hábito.

—¡Ojo, abuelo! —grita.

—¡Ojo tú, que aún puedo lanzarte un endecasílabo como castigo! —le respondo.

No saben quién soy, claro. Para ellos, soy un viejo más con pinta de santo cansado. Pero a veces, en los mentideros, algún anciano murmura mi nombre como quien nombra un eco.

Paso por la iglesia de San Ginés, donde los ecos de antiguos sermones aún rebotan entre las piedras. Allí, años ha, me crucé con Góngora. No nos dijimos nada. Fue una batalla silenciosa de miradas, de versos no dichos. Él salía del púlpito como un general de metáforas; yo entraba como un espía de la claridad. Nos evitábamos como dos eclipses que no quieren compartir el mismo cielo.

Más adelante, llego a la calle del Arenal, y allí, en una taberna de esquina, creo ver —no por primera vez— a Quevedo. O a su fantasma, que ya no distingo. Está encorvado, con la copa alzada, escribiendo algo en la servilleta o en el aire. Le sonrío. Él no me ve, o finge que no. Yo sigo.

Madrid entera parece un telón que se va desgarrando por los bordes. Hay más viudas que bodas, más mendigos que mendigos nuevos. En los portales, los niños juegan a ser soldados, pero sin Imperio. Y los nobles se esconden tras cortinas que antes eran símbolo de alcurnia, y ahora son simple polvo bordado.

El Alcázar se alza en la distancia, aún majestuoso. Allí aún creen que todo sigue igual, que el Rey manda y el pueblo aplaude. Pero yo, que conozco bien las tramoyas, sé que tras el decorado hay cuerdas rotas y poleas que chirrían. Me han encargado un auto para este Corpus. “Breve, brillante y con mensaje”, dijeron. Yo haré lo que pueda, pero ya no hay carro que aguante el peso de tanta alegoría. Ni buey que no se canse.

Cruzo por la Plaza Mayor, ya engalanada. La imagino, como siempre, como el gran escenario de España. Aquí vi morir personajes y nacer farsas. Aquí se aclamó al Rey, se ajustició al pobre y se ovacionó a Lope. Y ahora, ahora se prepara una representación más: la mía. La última.

El sol cae torcido, como si también estuviera cansado. Me detengo un instante, apoyo la mano en la pared y respiro. No el aire, que apesta, sino el tiempo. El que fue. El que no vuelve. El que me dice que ya casi nadie recuerda que esta ciudad fue la Roma del verso.

Pero aún no es el final. Todavía hay desfile, carros, custodias, reyes y mendigos con sus mejores harapos. Todavía hay un público que espera, aunque no sepa qué. Y yo, desde esta espalda que cruje y esta pluma que tiembla, aún puedo escribir el último acto.

Madrid se deshace, sí. Pero el telón aún no ha caído.

IV. Encuentros y recuerdos (cameos del Siglo de Oro)_

El cuerpo, a estas alturas, no camina: avanza por pura inercia moral. Pero la mente, ay, la mente no descansa. Y en este paseo entre incienso, polvo y memoria, me asaltan las presencias de quienes ya no están, aunque a veces —demasiadas— parece que sí.

No me refiero a los fantasmas de los que hablaba esta mañana en mi casa —esos son de la intimidad—, sino a los que el Madrid del siglo XVII insiste en ponerme delante a plena luz del día. Como si la ciudad, en lugar de disolverse, me devolviera fragmentos del pasado a modo de despedida. Un último reparto antes de que baje el telón.

Cruzo frente al Mentidero de Representantes, y allí —donde antes se traficaba con versos, autorías dudosas y egos inflamados— juro que lo veo. Lope de Vega, plantado bajo un soportal, con ese andar de quien escribe sin parar ni los pasos. Lleva la sotana desabrochada, el aire conquistado y un papel en la mano que agita como si fuera una bandera o un soneto recién parido.

—¡Don Pedro! —me dice, como si no llevara muerto desde 1635—. ¿Aún escribes?

—Todavía, Lope. Y tú… ¿aún improvisas?

Me sonríe con esa mezcla de arrogancia y ternura que sólo él sabía conjugar. El público le adoraba por eso. Por su desparpajo divino. Escribía con la mano izquierda mientras se confesaba con la derecha. Leía a Virgilio en latín y al mismo tiempo cortejaba a una viuda en la fila del pan. Era un milagro con corchetes.

Recuerdo bien la primera vez que lo vi en persona: fue en un certamen poético. Él ya era el Fénix, el Monstruo, el que tenía a la villa a sus pies. Yo, apenas un estudiante insolente con más lecturas que amigos. Le recité un verso ante el jurado y él no se inmutó. Al acabar, me dijo: “Correcto, joven. Pero le falta hambre”. Tenía razón. Luego, con los años, nos cruzamos muchas veces. Nos evitábamos con cortesía. Como los planetas: demasiado grandes para chocar, pero siempre midiendo distancias.

Sigo caminando y en la siguiente esquina, ¡ah, ahí estás tú!, veo una figura encorvada, capa oscura, aire de duelo perpetuo. No hace falta verle el rostro. Francisco de Quevedo, que nunca caminó, sino que avanzó como un ataque.

—¿Vienes a por más vino, Paco? —le suelto.

—No, Calderón —me responde sin girarse—. Vengo a confirmar que no hay siglo más largo que el que se muere. Y tú eres su agonía con piernas.

Siempre fue así. Letal, sarcástico y certero. Pero bajo su filo había algo parecido a la ternura. O al menos al desconsuelo. No era mal hombre, era un hombre herido. Herido de lucidez, que es mucho peor. A veces, en las tabernas, hablábamos del mundo como si aún pudiéramos arreglarlo con una sátira. Nunca lo arreglamos. Pero nos quedábamos a gusto.

Una vez, en una cena de literatos, me preguntó si los autos sacramentales eran cosa de fe o de miedo. Le contesté que ambos. Y él, con una carcajada triste, dijo: “Entonces están bien escritos. Porque la España que nos queda sólo se entiende desde ahí”.

Doy unos pasos más, y me veo de pronto en la calle de la Almudena, frente a un escaparate de platería que bien podría haber existido en 1620. Reflejado en el vidrio, veo un perfil que ya sólo existe en mis recuerdos: Luis de Góngora, con su tonsura milimétrica, su cuello de lechuguilla y esa mirada de quien se sabe incomprendido… y disfruta con ello.

Góngora no era hombre, era oráculo. No hablaba: ejecutaba construcciones imposibles con palabras que se encabritaban como corceles de oro. Nos cruzamos varias veces. Pocas bastaron. Él me acusaba de ser demasiado claro, yo le respondía que el teatro no era para eruditos, sino para el pueblo. Nunca nos entendimos, lo cual, en el fondo, fue nuestra forma más pura de respeto.

—Tus versos son trampas semánticas —le dije una vez.

—Y los tuyos, sermones con rima —me contestó sin pestañear.

Pero qué versos los suyos… qué música. Qué rareza tan perfecta. Hasta el Rey los leía en voz baja, sin entenderlos, como si fueran rezos. Góngora era una catedral de cristal. Yo, más bien, una iglesia de piedra viva. Diferentes, sí. Pero construidas sobre la misma tierra temblorosa.

Y mientras pienso esto, mientras los ecos de estos hombres me rodean como una procesión de espectros ilustres, vuelvo a preguntarme —no sin ironía— por qué el destino me ha dejado aquí, solo en escena. ¿Para guardar el decorado? ¿Para cerrar el portón del teatro del siglo? ¿O simplemente porque nadie más quiso escribir el último verso?

Ellos se fueron. Y yo sigo. A tientas, entre tramoyas vacías y aplausos lejanos.

En este Madrid que se cae a trozos, lleno de humo, oraciones y gritos, los únicos que me entienden ya están muertos. Pero vienen, de vez en cuando, a hacerme compañía. Y en el fondo, no me quejo. Porque si he de ser el último, al menos que no se diga que no lo fui con buena conversación.

V. Reunión cortesana: el encargo imposible_

Llego al Alcázar sin prisa. A mi edad, ya no se llega tarde, se llega con dignidad. El portón principal se abre con ese chirrido de siglos y poder acumulado. Me reciben dos alabarderos que no saben si saludarme como caballero de Santiago o como dramaturgo. Me hacen una inclinación que parece más bien una duda encorvada.

—Don Pedro Calderón de la Barca —anuncia un ujier, inflado como una gaita seca.

—Presente —respondo, como en los viejos días de certamen poético.

El pasillo hacia la cámara cortesana es largo, frío y forrado de tapices que ya no esconden el moho ni el tedio. A cada paso, pienso en la paradoja: yo, que escribí sobre la libertad del alma, camino ahora hacia una sala donde todo huele a jaula perfumada.

Me hacen esperar. Siempre me hacen esperar. En este palacio, hasta las audiencias son un ensayo general.

Al fin me hacen pasar. Tres señores me reciben con aire de importancia mal ensayada. Son de esos cortesanos que visten con más encaje que argumentos. Uno de ellos, el más redondo, habla primero. Me llama “venerable maestro”, lo cual ya es sospechoso.

—Don Pedro —dice, inflando la voz—. Su Majestad ha tenido a bien solicitar su ingenio para componer un auto sacramental con motivo del próximo Corpus. La pieza debe ser solemne, brillante, ajustada al dogma y…

—¿Breve? —pregunto.

—Exacto.

—¿Amena?

—Preferiblemente.

—¿Con mensaje?

—Claro. Pero... sin demasiado enredo teológico. Ya sabe, vendrán embajadores franceses y no queremos que se pierdan.

—Ah. ¿Y qué tema desean? ¿Redención, transubstanciación, libre albedrío?

—Lo que usted vea. Pero que no sea oscuro. Ni muy simbólico. Que se entienda. Que luzca. Y si puede incluir alguna figura alegórica… pero simpática.

—¿Simpática?

—Sí. Por ejemplo, El Alma. Pero no tan sufrida. Más… vital. Y si aparece El Mundo, que sea… ¿cómo decirlo?… un poco menos negativo. Alegre. Festivo.

Me rasco la frente con un dedo que ya no está para sorpresas.

—¿Y La Culpa?

—Preferiblemente que no salga. O que se disimule.

—¿Y Dios?

—Por supuesto. Pero sin que hable mucho. No queremos herir sensibilidades.

A estas alturas, lo único que me contiene es la educación y el hábito.

—Entonces quieren un auto sacramental sin pecado, sin angustia, sin misterio, sin metáfora… pero con aplausos.

—Exactamente —responde el redondo, encantado de haberme entendido.

—Ah. Un auto… sin auto.

Silencio. El secretario toma nota de algo. No sé si es de mis palabras o de mi cara.

El segundo cortesano, más enjuto y con la voz afilada, añade:

—También se valoraría que la pieza contenga elementos visuales impactantes. En la línea de sus anteriores obras. Carros con movimiento. Ángeles que bajen del cielo. Alguna tormenta, si puede ser.

—¿Con truenos reales?

—Sería lo ideal.

—¿Y cuánto tiempo tengo?

—Cinco días.

—¿Cinco?

—Sí, pero no se preocupe. Sabemos que su genio no descansa. Lope decía que usted era capaz de escribir en sueños.

—Lope decía muchas cosas. Incluso cuando dormía. Y algunas eran ciertas.

Me levanto con una reverencia lo bastante breve para no desmayarme y lo bastante larga para que parezca cortesía. Me despiden con sonrisas empolvadas, y yo salgo del Alcázar sintiéndome no autor, sino tramoyista de lo imposible.

Mientras atravieso el patio, escucho el ensayo de un músico en el salón contiguo. Un laúd descompasado. Como este siglo.

Y pienso: Pedro, te han encargado un milagro… pero sin cruz, sin dolor y sin sudor. Solo confeti y campanillas. Quieren un sacramento con la ligereza de una comedia francesa. Y tú, mientras tanto, intentando sostener un edificio que ya tiembla hasta en los cimientos.

Y aun así… lo haré. Porque soy Calderón. Y si me han dejado aquí el último, será por algo. Porque alguien tiene que escribir el último auto. Aunque sea para un público que ya no cree. Aunque sea para una corte que ya solo espera verse reflejada en espejos dorados. Aunque sea para cerrar la función con un acto que nadie entienda… pero todos aplaudan.

Salgo del palacio.

El sol me golpea la cara como una réplica del siglo. La ciudad murmura, el pueblo empuja, los niños ensayan su asombro. Yo vuelvo a casa.

Tengo cinco días.

Y una eternidad acumulada en la espalda.

VI. Pruebas de reparto: actores del fin del mundo_

Lo peor de tener que escribir un auto en cinco días no es el auto. Es el reparto.

El texto puede salir —a estas alturas me basta una vela encendida, dos imágenes bíblicas y algo de desesperación contenida para parir una alegoría con ritmo—, pero los actores… ah, los actores.

He convocado las pruebas en un salón prestado del Corral del Príncipe, que todavía sobrevive entre escombros y ecos. El apuntador llega tarde, el regidor está medio sordo, y el encargado de la tramoya se ha traído una cuerda que parece de colada. La cosa promete.

—Vamos con el primero —digo, sentándome en una silla desvencijada, libreta en mano y paciencia hipotecada.

Entra un joven —muy joven— con mostacho pintado y paso ensayadamente solemne.

—¿Nombre?

—Baltasar de los Cielos y Álvarez.

—Eso no es un nombre, es una hipérbole. ¿Qué papel desea probar?

—El Alma. Pero con matices.

—¿Matices?

—Sí. Me he preparado un monólogo en verso libre, con un enfoque más… existencial.

—¿En verso libre?

—Sí. Lo vi en París.

—¿Y cree usted que el Alma del hombre barroco habla en verso libre?

—Bueno, señor… es una lectura.

—Pues vaya a leerla a otra parte. ¡Siguiente!

Entra una joven vestida de Gracia, pero con más plumas que un gallinero en Cuaresma. Se planta ante mí con una reverencia que termina en pose de comedia.

—¿Nombre?

—Inés de la Luz. Pero en escena soy “Gracia Iluminada”.

—Ajá. ¿Y su experiencia?

—He hecho de Ninfa en una zarzuela, de Musa en un entremés feminista y de Pecado Venial en una performance itinerante.

—Perfecto. ¿Y sabe qué es la Gracia?

—Claro. Una energía divina que fluye como el yo superior. También es algo muy corporal, ¿no?

—No.

Le pido que recite el parlamento clásico de la Gracia ante el Alma caída. Lo hace como quien vende cosméticos en un mercado. Gesticula tanto que el velo acaba enredado en una lámpara, y por un momento temo que todo el decorado se venga abajo.

—Muchas gracias. Ya la llamaremos —miento, como los poderosos.

Van pasando más. Uno quiere interpretar al Mundo con voz ronca “porque simboliza el sistema”. Otro propone que La Culpa sea un bufón depresivo. Un tercero quiere cantar sus parlamentos en tono flamenco. Y un cuarto —esto es verídico— se presenta como “El Libre Albedrío… no binario”.

A mitad de la jornada, ya no sé si estoy en un casting o en un juicio final con cupo de surrealismo. Miro mis notas: nadie sirve. Nadie entiende lo que representa. Nadie ha leído a San Agustín. Nadie distingue un símbolo de un disfraz. Todo son florituras, ocurrencias, poses sin fondo. Lo llaman “reinterpretar”. Yo lo llamo desorientación con peluca.

En un descanso, me siento en una banqueta y me masajeo las sienes.

—Esto no es el Siglo de Oro —murmuro.

—¿Decía algo, maestro? —pregunta un muchacho, al que recuerdo haber echado hace un rato.

—Sí. Decía que cualquier tiempo pasado… sabía declamar.

Y me levanto, dispuesto a terminar aquello como sea. Me bastará con dos o tres que no confundan la Eucaristía con un efecto especial. Haré el auto. Lo vestiré de palabras, de símbolos, de música si hace falta. Pero con estos actores, no será oro. Será un eco lejano. Una representación a la intemperie del gusto.

Terminan las pruebas. El regidor bosteza, el apuntador ronca y yo… yo camino hacia la puerta.

Antes de salir, uno de los actores —el del verso libre— me llama la atención.

—Maestro, ¿qué le parece este nuevo enfoque del teatro?

Le miro con una sonrisa que no llega a los ojos.

—Muchacho… si el teatro es espejo del mundo, no rompas el cristal antes de mirarte.

Y salgo.

A la calle. A mi casa. A mi rincón estrecho, donde aún caben la memoria, la lucidez… y alguna que otra palabra verdadera.

VII. Madrid, desde mi ventana_

Vuelvo a casa con los pies cansados y el alma, más que barroca, barro. La calle Mayor bosteza bajo un cielo de ocaso anaranjado. El bullicio del día se retira como una tropa sin victoria: los pregoneros recogen sus ecos, las vendedoras guardan el pan sobrante, y Madrid entera se encoge de hombros como una vieja reina desmaquillándose en la penumbra.

Subo la escalera de mi casa, esa espiral imposible de peldaños torturados, y llego, por fin, a mi celda vertical. Mi rincón. Mi jaula con vistas.

Me quito la capa. Me siento. Abro el ventanuco.

Desde aquí lo veo todo y no veo nada. El balcón da a la calle, sí, pero también da al recuerdo. Y esta tarde, con la luz dorada colándose entre las rendijas, la ciudad entera parece más un decorado que una urbe. Como si el telón estuviera cayendo y nadie se hubiera dado cuenta.

A lo lejos, escucho los últimos compases de un ensayo: trompetas del Corpus que desafinan, pasos apresurados, alguna voz que ensaya una entrada con más miedo que fe. Todo está listo. O casi.

Miro mis papeles: ahí está el auto. Terminado. Contra todo pronóstico. Se titula El último espejo. No sé si es mi mejor obra. Tal vez sea sólo la más honesta.

En ella, el Alma busca a Dios, pero no lo encuentra ni en los altares ni en las procesiones. Lo encuentra en el silencio. En el temblor. En un niño que no aplaude, pero que mira. Y cuando, al final, el Alma se reconoce en El Mundo como reflejo roto, comprende que la fe no es entender, sino seguir de pie mientras todo se cae.

Quizás he escrito eso porque me lo digo a mí mismo.

A mi edad, ya no tengo certezas. Tengo intuiciones. Tengo memorias. Y tengo esta ventana desde donde he visto morir un siglo.

Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora… Todos se fueron. Me dejaron los escombros, las cenizas y el encargo de mantener la llama un rato más. No me quejo. Es un honor. Aunque a veces me habría gustado ser, simplemente, un espectador que se va antes del tercer acto.

Desde aquí veo pasar a los nuevos. Ruidosos, satisfechos, ligeros. No les culpo. No saben lo que fue esto. No saben que hubo un tiempo en que la palabra era templo y el teatro, catedral del pueblo. No saben que la comedia era una forma de decir la verdad sin morir en la hoguera. No saben que el verso, cuando está vivo, arde sin quemar.

Sigo mirando. La ciudad se oscurece. Una brisa tibia levanta una hoja de mis papeles. La sujeto con una mano. Y por un instante, no me siento viejo. Me siento testigo.

Porque si algo he aprendido, es que no se escribe para hoy. Se escribe para algún lector futuro que aún no ha nacido, pero que un día sentirá que lo que escribiste era también suyo.

Así que me despido del día. No con tristeza. Con gratitud. He vivido lo suficiente para ver el principio y el fin de una época. Y he tenido el raro privilegio de escribir hasta el final.

Mañana representarán mi auto. Lo harán como puedan. Algunos olvidarán el texto. Otros lo improvisarán. Quizás el público tosa. Quizás aplauda. Quizás no entienda nada.

Pero yo ya lo he escrito. Y en él he puesto todo lo que soy. Y lo que fuimos.

Cierro la ventana. La ciudad, abajo, sigue su ruido de fondo. Me acerco al escritorio. Cojo la pluma. Y en la última hoja, escribo una sola frase:

“La vida fue sueño… pero el arte fue verdad.”

Apago la vela. Y el telón cae.


Retrato de Pedro Calderón de la Barca. Historia de Madrid

Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681)

De males a bienes dicen que se pasa fácilmente; pero de males a males, digo yo que es más frecuente
— Pedro Calderón de la Barca


¿Cómo puedo encontrar el retrato de pedro calderón de la barca en Madrid?