Salón de belleza

Salón de Reinos. Madrid, 2018 ©ReviveMadrid

Salón de Reinos. Madrid, 2018 ©ReviveMadrid

El salón de reinos, una caja de sorpresas

¿Recuerdas cómo tenías decorada tu habitación cuando eras adolescente y vivías en casa de tus padres? Posters de grupos de música, carteles de películas, fotos del verano con tus amigos, bufanda de tu equipo favorito… cada uno decidía cómo decorar ese espacio, su templo, que reflejaba la identidad que queríamos proyectar, ¿verdad? Años después, nuestra propia casa sigue proyectando nuestra personalidad y forma de ser a quien la visita. De la misma manera, la monarquía de los Austrias empleó durante siglos la ornamentación de determinados espacios, como el Salón de Reinos del Buen Retiro en Madrid, para conseguir abrumar a quien los visitara a través de sus logros y su hegemonía.

Desde que el mundo es mundo, el hombre con poder, lo ha querido emplear para hacerse conocido y distinguido entre sus semejantes.

Mucho antes de que surgieran los medios de comunicación actuales como la prensa, la televisión, la fotografía y las redes sociales, la creación de la imagen del poder recaía en humanistas, poetas y artistas, responsables de desarrollar y difundir una iconografía capaz de transformar en imágenes comprensibles los conceptos abstractos que la Monarquía quería transmitir.

Los grandes artistas de cada época fueron requeridos para representar una imagen utópica del monarca, resaltando unas virtudes y cualidades que, en muchas ocasiones, nada tenían que ver con la realidad. A través de estas representaciones el rey se presentaba ante sus súbditos y antes las potencias extranjeras… ya fueran aliadas o enemigas.

Esta especie de “propaganda real” estuvo muy presente en todas las cortes europeas desde principios del siglo XVI, si bien los resultados fueron visualmente distintos en función de los “publicistas” elegidos por cada monarca: sus retratistas. Tiziano fue el creador de la imagen de Carlos I que ha llegado a nuestros días, Antonio Moro de la de Felipe II que continuaron sus sucesores y Diego Velázquez del Felipe IV que hoy todos imaginamos a partir de sus lienzos.

En el caso de Carlos I, poetas, artistas y literatos crearon su imagen pública basándose en la mezcla del caballero medieval cristiano y el césar romano. El rey de España y emperador del Sacro Imperio Germánico era presentado ante sus contemporáneos como el salvador de la cristiandad al enfrentarse a turcos y protestantes, frente a otras casas reales. Es el caso del Retrato de Carlos V en Mülhberg, obra de Tiziano.

El verdadero creador de la imagen de la Casa de Austria fue Felipe II, con quién se consolidó el tópico que acompañaría a los reyes de la dinastía Habsburgo durante siglos… esa imagen fría, enigmática y austera de quien gobernaba un Imperio en el que “nunca se ponía el sol”.

El reinado de Felipe III dejó más sombras que luces… al igual que sus capacidades para gobernar. Por este motivo, la imagen que nos ha llegado de él no es la de un guerrero o un gran estadista como sus antecesores, sino la de un rey en el que priman virtudes abstractas como la Prudencia o la Justicia.

El caso de Felipe IV fue bien distinto, gracias al interés que despierta su reinado por la presencia de dos figuras fundamentales, por diferentes motivos, en el siglo XVII: el Conde-duque de Olivares y Diego Velázquez.

Los retratos de este monarca, gran mecenas de las artes, se alejan de la representación militar para mostrar una imagen más cortesana y refinada, tratando de acercar su imagen a la de su abuelo Felipe II y relegando a su padre al olvido. Velázquez retrataría al monarca en más de 15 ocasiones a lo largo de su vida.

Durante el reinado del llamado “Rey Planeta” se levantó, en tan sólo tres años, uno de los complejos arquitectónicos más ambiciosos de la época, el Palacio del Buen Retiro, en el que este Salón de Reinos se convertiría en su estancia más significativa, símbolo del poder y la gloria de la monarquía española que preside con nobleza, desde hace casi cuatros siglos, el barrio madrileño de los Jerónimos.

Su origen se encuentra en el Cuarto Real que Felipe II mandó construir junto al Convento de San Jerónimo, lugar de retiro y descanso de los reyes. Felipe IV decidió ampliarlo, por sugerencia del Conde Duque de Olivares, con jardines, estanques, patios de recreo y un gran palacio para descanso de la Corte.

El Palacio del Buen Retiro se convirtió en residencia Real a las afueras de la ciudad, compuesto por más de veinte edificaciones, de las que hoy tan sólo conservamos el Casón del Buen Retiro y este Salón de Reinos, que fue construido a semejanza del desaparecido Alcázar y aspiraba a ser uno de los palacios más suntuosos de Europa, concebido como salón de ceremonias, festejos y teatro de comedias.

El espacio debía ser decorado muy rápidamente y por ello su programa ornamental se encargó, exclusivamente, a artistas españoles. Antonio de Pereda, Diego Velázquez, Juan Bautista Maino, Francisco de Zurbarán, Felix Castelo, Eugenio Cajés, Vicente Carducho… excepto Alonso Cano, para el Salón de Reinos trabajaron los mejores pintores de la época, no sólo en la Corte, sino en todo el reino.

Entre 1634 y 1635, este espacio se convirtió, sin duda, en el lugar más prestigioso en el que podía trabajar un artista en Europa… un terreno de competición entre genios, con cada artista motivado y dispuesto a superar a su vecino.

La temática giró alrededor de la mitología, la historia y la alegoría en base a la exaltación del poder y la fortaleza de la monarquía. El resultado fue colosal, destacando las veintisiete pinturas que revestían las paredes del salón, abrumando al visitante que accedía por su belleza y simbolismo, un juego entre la realidad y la ficción.

Doce cuadros de batallas representaban las más célebres victorias logradas por los ejércitos de Felipe IV a lo largo de su imperio, con el objetivo de enaltecer no sólo el poder del monarca sino la gloria de su valido, Olivares.

Las cuidadas composiciones de estos cuadros y el realismo de sus protagonistas podrían hacer pasar estos lienzos por una compañía de actores lujosamente ataviados ante un decorado pintado. La pintura imitaba al teatro. 

Entre estos cuadros destacaban La rendición de Breda, de Diego Velázquez; Defensa de Cádiz contra los ingleses, de Francisco de Zurbarán, El socorro de Génova, de Antonio Pereda o la Recuperación de la Bahía de Todos los Santos, de Juan Bautista Maíno.

Diez escenas de la vida de Hércules, pintadas por Zurbarán y ubicadas sobre las ventanas simbolizaban, en realidad, la personalidad del rey.

Finalmente, cinco retratos reales ecuestres, obra del pintor de pintores Diego Velázquez, completaban la decoración, aludiendo a la antigüedad y continuidad dinástica Habsburgo. Se trataba de los retratos de Felipe III y su esposa, Margarita de Austria, Felipe IV y su mujer, Isabel de Borbón y el príncipe Baltasar Carlos.

Como colofón, la bóveda se decoró con los escudos de los veinticuatro reinos de la monarquía española, que acabaron por dar nombre al salón y plasmaban artísticamente la gran empresa del Conde Duque de Olivares: la Unión de Armas.

Al contemplar estos escudos y la serie de cuadros de batallas, cualquier visitante, ya fueran aristócratas, embajadores o personalidad de alto rango que tuviera acceso a la corte, tomaba conciencia de los numerosos territorios existentes bajo el dominio del rey y, al mismo tiempo, la fuerza empleada para mantenerlos unidos.

Las maravillosas pinturas que decoraron los muros de este espacio pasaron, a principios del siglo del siglo XIX, al vecino Museo del Prado, donde hoy todos tenemos la suerte de poder disfrutarlos como parte de sus colecciones... sabiendo que en su origen fueron realizadas para el deleite de unos pocos.

El Salón de Reinos guarda hoy la memoria de un lugar único en la historia de la pintura española del Siglo de Oro… ni antes ni después tantos artistas tan excepcionales trabajaron simultáneamente para el mismo lugar y para la misma corona… desarrollando una iconografía que, casi cuatro siglos después, sigue generando la impresión inmediata a quien la contempla de la importancia de la España de los Austrias y del Madrid de aquel momento inigualable.

Muerte de Hércules, 1634. Francisco de Zurbarán. Museo del Prado

Muerte de Hércules, 1634. Francisco de Zurbarán. Museo del Prado

Los doce grandes cuadros de batallas que decoraban el Salón de Reinos daban la impresión de ser un gran Walhalla de héroes españoles
— Carl Justi


¿Cómo puedo encontrar el salón de reinos en Madrid?