Trapos sucios

Riberas del río Manzanares. Madrid, 2019 ©ReviveMadrid

Riberas del río Manzanares. Madrid, 2019 ©ReviveMadrid

lavanderas del Manzanares, contra viento y marea

¿Imaginas tener que desarrollar una jornada laboral de catorce horas, arrodillado, a la intemperie, sin seguridad ni higiene y por un salario miserable? Hoy en día, en España sería impensable admitir un trabajo así, pero hace menos de cien años el hambre en Madrid obligó a muchas mujeres a aceptar estas condiciones para alimentar a sus familias… eran las lavanderas del Manzanares.

Las lavanderas se dedicaron, desde finales del siglo XVI y hasta comienzos del XX, al lavado de la ropa de aquellos que podían pagarse el servicio. Alcanzaron su desgraciado esplendor entre finales del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX, cuando se estima que en las riberas del río Manzanares llegaron a convivir hasta 5.000 lavanderas que aspiraban a sobrevivir a la miseria instalada en Madrid.

Durante la primera mitad del siglo XIX la población de Madrid creció sin límite. La gente abandonaba los pueblos en dirección a la capital huyendo de la miseria… sin embargo, la Guerra de la Independencia había dejado Madrid sin industria y la Villa no podía ofrecer nuevos puestos de trabajo.

Durante los reinados de Isabel II y Amadeo I, la situación no mejoró y la miseria fue en aumento, con gobiernos que se sucedían en poco tiempo y una corrupción que hacía estragos en el país.

La Primera República y los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII no hicieron más que acrecentar unos profundos desajustes sociales que, ya en el siglo XX, la Segunda República no tuvo tiempo de paliar al estallar la Guerra Civil en 1936, provocando el éxodo y la muerte de miles de personas. La miseria más acuciante volvía a instalarse en Madrid y no la abandonaría hasta la década de los 70 del siglo pasado.

Este período de dos fatales siglos es en el que la industria de las lavanderas se masificó. Solían vivir en el denominado Barrio de las Injurias, uno de los más míseros del Madrid de la época, cuyos límites se localizaban entre la Glorieta de Pirámides, la Puerta de Toledo y el río Manzanares.

Estas mujeres, ancianas y niñas incluidas, no tuvieron otro modo de vida que lavar ropa de la mañana a la noche, hiciera frío o calor, lloviera o nevara, en las márgenes del río que utilizaban como lavaderos, la mayoría de los cuales situados entre el Puente de Segovia y el Puente de Toledo.

El trabajo comenzaba a primera hora de la mañana con los esportilleros, que pasaban por las casas de Madrid recogiendo la ropa sucia y llevándola hasta los lavaderos. Una vez entregada la ropa sucia, comenzaba la ardua tarea de las lavanderas, que consistía en usar las manos y piedras o una plancha de lavado de madera para frotar la ropa con agua fría, helada en invierno, hasta que desaparecía la suciedad de las prendas… un proceso que repetían cada día de sol a sol, encorvadas y con manos y brazos permanentemente húmedos. El reuma y la bronquitis eran afecciones habituales entre estas mujeres con el paso de los años.

Como jabón hervían en barreños la ceniza que se generaba en las cocinas, convirtiéndola en líquido. Ese agua grisácea, se colaba caliente junto la ropa más sucia para que, al penetrar a través del tejido de la ropa, esta quedara limpia y blanca. Este proceso se denominaba “colada”.

Las ropas más sucias, para las que no existían desinfectantes ni lejía, provenían generalmente de enfermos contagiosos, por lo que era imposible prevenir enfermedades por contacto, tanto por parte de las lavanderas como de sus hijos, que solían acompañarlas.

Los hijos de las lavanderas, en edad escolar, no podían recibir una educación reglada. Por este motivo, en el lugar que hoy ocupa la Glorieta de San Vicente, se levantó a finales del siglo XIX una casa de beneficencia, el Asilo de las lavanderas, patrocinado por la reina María Victoria, esposa de Amadeo de Saboya, donde las mujeres podían dejar a sus hijos menores de cinco años todo el día.

Una vez acabado el proceso de lavado, la ropa se secaba en los secaderos públicos, se recogía y se doblaba en cestos y era devuelta a los domicilios de nuevo por los esportilleros. El sueldo de una lavandera de principios del siglo XX difícilmente alcanzaba las dos pesetas diarias.

Al caer la tarde las lavanderas, muchas de ellas gallegas, concluían su jornada y aparecían los esportilleros, en su mayoría asturianos. Solían organizarse bailes y festejos propios de sus regiones, hasta el punto de que las riberas del Manzanares se convertían en su lugar de cita habitual. La famosa sidrería asturiana Casa Mingo, junto a la ermita de San Antonio de la Florida, es fruto de aquellas reuniones de carácter regional.

La condiciones de trabajo de este colectivo de mujeres fueron siempre deplorables y constituyeron un grupo social marginado, carente de una organización gremial y sindical, a diferencia de las cigarreras que trabajaban en la Tabacalera de la calle de Embajadores.

Su actividad cesó hacia 1926, cuando se produjo la canalización del río Manzanares y la llegada de agua corriente a las casas particulares de los madrileños. Desde los años 60 del siglo pasado las lavadoras automáticas forman parte de nuestros hogares, un avance tecnológico que no puede hacernos olvidar la memoria de uno de los oficios más duros e ingratos de nuestro pasado cercano: las admirables lavanderas.

Las lavanderas del Manzanares, 1905

Las lavanderas del Manzanares, 1905

Se llamaba el Barrio de las Injurias. Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba. Yo sé lo que es ser el hijo de la lavandera; sé lo que es que le recuerden a uno la caridad
— Arturo Barea


¿cómo puedo encontrar el lugar en el que se ubicaron las lavanderas del manzanares en madrid?