A capa y espada

Calle del Codo. Madrid, 2019 ©ReviveMadrid

Calle del Codo. Madrid, 2019 ©ReviveMadrid

LOS duelos A ESPADA EN EL SIGLO DE ORO

Imagina que vives en el Madrid del siglo XVII. Cae la noche e intentas conciliar el sueño, pero un ruido de aceros en la calle te lo impide… ¡un duelo clandestino se está produciendo a la puerta de tu casa, en la Calle del Codo! Duerme tranquilo, porque esta situación, por más curiosa que parezca, era habitual en los callejones del Madrid de los siglos XV, XVI y XVII.

El arte del duelo llegó a España a través de los Tercios. Durante sus campañas en Italia, los soldados se percataron de que era bastante habitual que los italianos se retasen si se les faltaba a la honra.

Podríamos definir la honra, a grandes rasgos, como la opinión que los demás tenían de ti, mientras que el honor era más una cuestión de consideración personal.

La honra valía tanto como el dinero y era aún más difícil de ganar. En base a ella alguien era valorado socialmente. Gran parte de la responsabilidad de salvaguardar la honra familiar recaía en la mujer, piedra angular en la vida cotidiana del Siglo de Oro, a través de su correcta actitud como esposa y como madre.

El concepto del honor, por su parte, provenía de la belicosa edad media española y motivada por la falta de un feudalismo al estilo europeo imperante en países como Francia.

La Reconquista había terminado hacía ya siglos, pero había dejado un halo de orgullo de casta guerrera en las almas no solo de la aristocracia, sino también en las de los campesinos más humildes, sabedores de que sus antepasados habían expulsado a los musulmanes del territorio cristiano, siendo ellos la primera línea de combate, sin nada que agradecer ni a reyes ni a nobles.

Este orgullo de casta, es el mismo que se denota en la obra de Lope de Vega Fuente Ovejuna, El alcalde de Zalamea de Calderón de la Barca o en el mismo Quijote de Miguel de Cervantes, donde no existe la sumisión del pobre frente al rico… y es que, aunque los destinos de los más humildes puedan estar firmados por la sentencia de los poderosos, nunca lo estará su honor.

Atentar contra cualquiera de estos dos pilares, honra u honor, era razón más que justificada para retar a alguien a duelo… algo que podía suceder de muy diversas maneras. Las razón más habitual para llegar a las armas eran las ofensas familiares y, llegados al extremo, golpeando a alguien con un palo, ya que era una forma de rebajarle llamándole animal.

Hasta finales del siglo XIV, los duelos estuvieron permitidos y amparados por la Corona. Se celebraban bajo unas normas muy estrictas, en un recinto cerrado y mediante un reglamente muy estricto. Sin embargo, los cientos de muertes de oficiales y soldados, valiosos hombres que podrían combatir contra los infieles en la Península, en plena Reconquista, motivaron que los Reyes Católicos los prohibieran en 1480. Desde entonces se castigaría con la muerte a los retadores y con el destierro a quienes aceptaran el combate.

El duelo formal pasó a ser clandestino, a espaldas de la ley, sin reglas ni árbitros y podían pactarse a muerte o a primera sangre. Dejó de existir honor en los combates y se recurrió al juego sucio, con tretas como por ejemplo usar pistola, cuando su uso estaba prohibido, o tirarse tierra a la cara.

Además, como retar a duelo estaba penado con la muerte, se solían hacer cerca de una iglesia para “acogerse a sagrado” en el caso de ser capturados.

El sistema para retar en un duelo clandestino era tan sencillo como hacer llegar al retado un papel en el que estaba apuntado lugar, fecha y hora.

Los duelistas del Siglo de Oro siempre iban armados con una “espada ropera”, llamada así porque era usada tanto para combatir como de adorno del propio traje. Su hoja era fina y estrecha, con un acero extenso para evitar que el enemigo se acercase. Además, contaban con una guarnición o guarda sobre el puño que protegía la mano de las punzadas del contrario.

Junto con la espada solían portar una gruesa capa que les servía de defensa y como elemento arrojadizo, y una “daga de vela” en la mano izquierda que les permitía detener golpes de la espada rival y atacar aprovechando algún fallo del adversario. Los españoles eran unos auténticos maestros en el uso de la daga.

El objetivo era pinchar al enemigo en alguna parte vital de su cuerpo, lo que solía bastar para acabar con él, ya fuera por el impacto, porque se desangrara o porque se le infectase la herida. Los combates eran sumamente defensivos y los contendientes no solían abandonar su posición de guardia a menos que supieran que había una oportunidad evidente de acabar con el rival. Si el duelista veía la posibilidad, podía tratar de terminar el combate rápidamente mediante un único y determinante movimiento que se denominaba “conclusión”. Consistía en conseguir sujetar el arma del duelista rival, y asestarle una estocada.

Desde finales del siglo XV se empezaron a reunir las bases para enfrentarse al enemigo en duelo. Caballeros como Jaime Pons o Pedro Torre aunaron estas técnicas en un arte denominado “destreza”, en el que explicaban las posiciones que debía adquirir el cuerpo a la hora de combatir, así como algunos trucos que estaban mal vistas por los nobles.

Aunque parezcan propios de un pasado lejano, el último duelo del que se tiene noticia en España data de 1904. En cualquier caso, nadie sabe si hoy pueden seguir sucediendo en algún callejón oscuro como este de la calle del Codo… así que tened cuidado con vuestros comentarios, porque no dudaré en retar a duelo a quien se atreva a mancillar mi honra… ¡En guardia!

Duelo con espadas y puñales, c. 1617. Jacques Callot (1592-1635)

Duelo con espadas y puñales, c. 1617. Jacques Callot (1592-1635)

¡Buena quedo agora! ¡Maldígate Dios, honor! Temeraria invención fuiste, tan opuesta al propio gusto. ¿Quién te inventó? Mas fue justo, pues que tu freno resiste tantas cosas tan mal hechas
— Fragmento de El perro del hortelano. Lope de Vega


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