Abierto hasta el amanecer

Antigua “casa de dormir” de la Calle del Calvario. Madrid, 2020 ©ReviveMadrid

Antigua “casa de dormir” de la Calle del Calvario. Madrid, 2020 ©ReviveMadrid

Casas de dormir: el hotel de los sintecho

Acurrucarte entre las mantas de tu cama y quedarte dormido mientras escuchas la lluvia caer fuera es uno de los mayores placeres de la vida, ¿verdad? Sin embargo, no es así para todos… ¿qué hay de las personas que viven en la calle? Si aún con los medios de asistencia social existentes hoy en día cientos de indigentes duermen cada noche al raso en las calles de Madrid, de haber vivido a finales del siglo XIX su única opción para no morir de frío habría sido hacer noche en las denominadas “cotarros” o casas de dormir.

El paso del siglo XIX al XX supuso el gran crecimiento de Madrid como urbe, en medio de una crisis industrial y agrícola que llenó las calles de la capital de miseria. En tan sólo medio siglo, la ciudad pasó de los 220.000 habitantes de 1850 a los 540.000 en 1900.

Las gentes que llegaban hambrientas del campo, sin apenas recursos y con gran dificultad para conseguir trabajo, se unieron a los mendigos locales generando enormes focos de pobreza en muchos barrios del sur e infraviviendas en el casco histórico.

A finales del siglo XIX existían dos miserias en Madrid: una a la luz del día, que poblaba las calles, y otra nocturna, compuesta por una masa ingente de mendigos que debían encontrar alojamiento, siendo las aceras, las plazas y los soportales de las casas el único lugar donde podían echarse a descansar. Solamente aquellos que habían conseguido reunir la limosna suficiente a lo largo de la jornada podían permitirse cambiar, por una noche, la fría acera por un techo bajo el que cobijarse.

Las denominadas casas de dormir o “cotarros” eran establecimientos donde se podía pernoctar por un precio muy bajo, pero en condiciones lamentables para los huéspedes, que convivían hacinados.

Las habitaciones de estas viviendas eran de muy reducidas dimensiones y lo normal era compartir habitación y cama con dos, tres o incluso más personas, o dormir directamente en el suelo encima de una estera.

No existía ventilación ninguna, el calor era asfixiante y la higiene pésima, por lo que, además de con varios desconocidos, se solía compartir catre con multitud de chinches.

A veces se colocaban tablas en las paredes, desde el suelo hasta el techo, que servían de literas improvisadas en las que se podía conseguir una plaza por diez céntimos.

Los principales clientes de estas hediondas casas eran los mendigos que, cuando disponían de algún dinero, se podían permitir el “lujo” de pasar la noche a cubierto para resguardarse del frío de las calles… algo vital en el invierno madrileño, cuando no era raro que los sin techo muriesen por hipotermia.

Otros asiduos compañeros de cuarto eran emigrantes en busca de trabajo, alcohólicos, discapacitados o delincuentes comunes, motivo por el cual las redadas de la policía en mitad de la noche eran constantes.

Aunque la “temporada alta” de ocupación de estos refugios era el invierno, cuando resultaban verdaderamente insalubres era en verano, por el peligro añadido de la propagación de epidemias.

Estos lugares eran muchas veces donde primero recalaban los recién llegados a Madrid, sin dinero, que solían encontrar trabajo como mozos en vaquerías, pescaderías, carnicerías, fruterías o despachos de comestibles, convirtiendo estos negocios en potenciales focos de de plagas como el tifus o el cólera.

Otro epicentro de contagio eran las residencias de los aguadores, normalmente foráneos, que solían vivir hacinados en cuartuchos insalubres, conservando junto a ellos las vasijas y botijos que empleaban en el día a día de sus oficios.

En 1903 existían en Madrid más de doscientas “casas de dormir”, muchas de ellas, como esta de la Calle del Calvario 18, estuvieron ubicadas en el barrio de Lavapiés y se hicieron tristemente célebres al ser reflejadas en sus obras por Benito Pérez Galdós o Pío Baroja.

Aunque nos suene raro, era tal la congregación de necesitados en estas casas que no siempre se podía encontrar sitio, ni siquiera en el suelo. En esos casos, los rechazados barajaban otras opciones de bajo coste para pasar la noche resguardados de las inclemencias del tiempo. Una de ellas eran los cafetines dormitorio.

En estos cafés el cliente que quería pernoctar llegaba sobre las nueve de la noche, pedía un café con leche y se ponía a dormir sentado, compartiendo banco, con la cabeza apoyada sobre los veladores. Algunos, entre el sueño y el cansancio, para evitar caer al suelo, se ataban a las mesas.

Cada dos horas, el tabernero los despertaba para que abonasen otra consumición… y así hasta las seis de la madrugada, hora en que se echaba a todo el mundo a la calle.

En esos mismos locales se encontraban los llamados “reservados” en los que, los “afortunados” que podían permitirse pagar un poco más accedían a las estancias “preferentes” … o lo que es lo mismo, inmundas salas en las que podían dormir apiñados en el suelo sin que el dueño les molestase. Una verdadera suite.

Aunque parezca increíble, en un cafetín como el ubicado en la calle Calatrava 35, podían llegar a pasar cada noche unas cuatrocientas personas… todas ellas durmiendo en pocos metros cuadrados.

Pero si la posibilidad de dormir apoyado sobre una mesa nos parece surrealista… aún más inverosímil era la alternativa que proponía la conocida como Posada de la Cuerda, en la Calle Atocha.

En ella se alquilaban sillas para pasar la noche. Se colocaba una cuerda de un extremo a otro de la habitación, justo al borde de las sillas, con el fin de que los huéspedes pudieran apoyar en la maroma los brazos y sobre estos dejaran caer la cabeza. Estoy seguro de que, tras conocer esta práctica, nunca más nos quejaremos de nuestro colchón al levantarnos por la mañana o de haber dormido en una mala postura.

Con la llegada del nuevo siglo, las corrientes higienistas denunciaron el riesgo de contagio para la población que suponían estas casas por lo que muchas se cerraron, dejando a la población sin recursos que las frecuentaba expuesta a la intemperie. Las pocas casas dormitorio que sobrevivieron lo hicieron como pensiones, con habitaciones independientes, separación de sexos y retretes debidamente higienizados.

Actualmente las “casas de dormir”, aunque no con ese nombre, siguen existiendo en la capital, para acoger a alguna de las dos mil ochocientas personas que viven en la calle. Una realidad invisible para gran parte de la sociedad pero a la que todos podemos vernos abocados en algún momento de nuestras vidas, por múltiples razones. Una vida en la que la falta de futuro, la soledad, las miradas de rechazo y la indiferencia de quienes pasamos cada día a su lado, pueden resultar más dolorosas e incómodas para las personas sin hogar que el frío o la lluvia.

Cafetín de dormir. Madrid, 1900

Cafetín de dormir. Madrid, 1900

Rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria... ni para observar qué clase de miseria le aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con la fácil limosna del ochavo… ni tampoco con el mendrugo de pan…
— Benito Pérez Galdós


¿cómo puedo encontrar la calle del calvario en madrid?