La mirada partida

Lugar en el que se ubicaron las casas de la Princesa de Éboli. Madrid, 2020 ©ReviveMadrid

Antiguas casas de la Princesa de Éboli. Madrid, 2020 ©ReviveMadrid

Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, “feme fatal” del siglo de oro

La invisibilidad de las mujeres en algunos períodos de la Historia es un hecho incuestionable. Sin embargo, en otros momentos, sus encantos combinados con su inteligencia les permitieron influir en la vida política de su tiempo, dejando una impronta determinante en nuestro país sin necesidad de ser reinas. Un papel, el de las cortesanas, que tendría su máximo exponente en la persona de Ana de Mendoza, Princesa de Éboli… una mujer cuya vida podría resumir el Siglo de Oro español.

En 1561 Madrid se convirtió en la capital de un gran imperio y en sede de la omnipotente dinastía Habsburgo, cuya Corte actuó como instrumento de la monarquía, herramienta generadora de lealtad, ejemplo e influencia.

Desde la Corte de los Austrias, instalada en el desaparecido Alcázar, no sólo se tomaban las decisiones políticas y sociales que aplicaban a todo el reino, sino que también se definieron los comportamientos, ideologías y simbolismos que constituyeron la esencia de esta dinastía.

Bajo la apariencia de austeridad, severidad y devoción que ha llegado hasta nosotros a través del arte y la literatura de su época, lo cierto es que la vida en la Corte de los Habsburgo se caracterizó por una lucha feroz por el poder, recurriendo habitualmente a las intrigas políticas y amorosas para acabar con el adversario.

La Corte de Felipe II se convirtió en un terreno fértil para las conspiraciones, crímenes, golpes bajos y tejemanejes palaciegos en el momento de mayor expansión de nuestra nación y del que las mujeres cortesanas supieron sacar partido, especialmente las damas de la reina.

Estas damas eran nobles de sangre, y su puesto en la Corte dependía en gran parte del linaje de sus familias. Vivían en una clausura palaciega impuesta por la etiqueta real, prácticamente incomunicadas del mundo exterior, y desempeñaban funciones de acompañamiento y servicio de la reina, con multitud de cargos, como por ejemplo el de “dueña del retrete real”. La presión y exigencia diaria de estas damas era máxima y su sueldo, sin embargo, mínimo.

Los hombres y mujeres que formaron la Corte, cobraban su oficio palatino en “gajes”. El gaje consistía en una remuneración extra por estar al servicio de la Casa Real que compensaba cualquier contratiempo en el desempeño del trabajo.

Los reyes y reinas solían mostrarse muy caprichosos al ser atendidos por sus sirvientes. Las personas que estaban bajo sus órdenes estaban obligados a realizar tareas que habitualmente se encontraban fuera de sus competencias, pero que llevaban a cabo debido a que percibían los mencionados “gajes”. De este término surgió la frase “gajes del oficio”, que hoy empleamos para aludir a situaciones en las que toleramos ciertos perjuicios quizás, por saber que obtendremos algo a cambio.

Un caso especial era el de las damas de honor de la reina, que gozaban de un rango muy distinguido, vivían en sus propias casa junto al Alcázar y participaban en las decisiones que marcaban el desarrollo del país. Ana de Mendoza y la Cerda, Princesa de Éboli, no sólo llegó a convertirse en dama de honor de la reina Isabel de Valois, sino también en uno de los rostros más conocidos de la España del siglo XVI y en un verdadero quebradero de cabeza para el “Rey Prudente”.

Doña Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo (Cifuentes, 1540 - Pastrana, 1592) pertenecía al linaje nobiliario más rico e influyente en la Castilla del siglo XVI: los Mendoza.

Desde niña había aprendido a moverse en el selecto ambiente de la Corte real y su poderoso linaje le permitía hacerlo manteniendo cierta independencia frente a la monarquía…. una aparente impunidad que años más tarde supondría su sentencia.

A los trece años, según la costumbre de la época, contrajo matrimonio con el noble de origen portugués Rui Gomes da Silva, de treinta y seis.

Ese mismo año la joven Ana iba a sufrir un accidente que le conferiría el inconfundible rasgo físico con el que pasaría la Historia: quedó tuerta del ojo derecho mientras practicaba esgrima. Desde entonces no se separaría del icónico parche con el que hoy reconocemos su enigmático semblante.

Con el tiempo, su marido se convirtió en un personaje muy relevante como consejero principal del rey, mientras Ana, considerada una de las mujeres más bellas e inteligentes de la aristocracia, conseguía establecerse en la Corte como dama de honor de la reina. Sin embargo, en 1573 fallecía el Príncipe de Éboli, poniendo fin a los mejores años en la vida de Ana y complicando sobremanera los que estaban por venir.

Desolada por la muerte de su marido, la princesa decidió ingresar como monja en un convento carmelita que ella misma fundó en sus dominios de Pastrana.

Entre la aristocracia de esos años se habían puesto de moda los actos de devoción extrema, imitando a los místicos y beatas contemporáneas… pero la Princesa de Éboli demostró tener escasa vocación religiosa. Se negó a renunciar a sus privilegios de clase exigiendo, por ejemplo, que la acompañaran sus sirvientas en todo momento, algo totalmente contrario a la regla de la orden.

También se cansó de la vida en la celda y decidió trasladarse a una casa en el huerto del convento, junto a sus criadas. Allí no sólo disponía de armarios para guardar vestidos y joyas, sino que podía salir a la calle a su voluntad.

La situación se hizo insostenible con el resto de las monjas que, por mandato de Santa Teresa, abandonaron el convento y Pastrana, dejando sola a la princesa.

“Yo quería haber sido santa. No me han dejado. Vuelvo al mundo. Que el mundo se prepare”. Tras pronunciar esta frase regresó a su palacio de Madrid, a las intrigas de la Corte y a sus intrigas.

Los esfuerzos de doña Ana se concentraron desde entonces en preservar su herencia a toda costa. En busca de esta seguridad inició una relación con Antonio Pérez, secretario de Felipe II y protagonista de uno de los episodios más polémicos de su reinado: el asesinato en 1578 de Juan de Escobedo, servidor de Juan de Austria, por orden del propio Felipe II siguiendo los consejos de Pérez… una rocambolesca historia de espionaje que desveló una confabulación de enorme envergadura política que, sin comerlo no beberlo, salpicó de lleno a la Princesa de Éboli.

Al descubrirse la trama, el rey ordenó apresar a Antonio Pérez y Ana de Mendoza que, acusada de complicidad, fue arrestada en su hacienda madrileña, ubicada en esta Calle de la Almudena, número 2.

La princesa fue privada de la tutela de sus diez hijos, de la administración de sus bienes y de su libertad. Vivió encerrada en el Torreón de Pinto y en la fortaleza de Santorcaz, para ser finalmente trasladada, en 1581, a su Palacio Ducal de Pastrana. Allí permaneció recluida bajo arresto domiciliario, enferma y sola, hasta su muerte el 2 de febrero de 1592.

Todo este episodio supuso un gran escándalo en la época, sobre el que proliferaron todo tipo de rumores. Nunca se conoció la realidad del complot y la leyenda acabó envolviendo a una figura, la de la Princesa de Éboli, que se convertiría con el tiempo en un símbolo y en protagonista de novelas, películas e incluso de óperas, como el Don Carlos de Giuseppe Verdi.

Ana de Mendoza, una mujer cuya personalidad intrigante y misteriosa puso en jaque nada menos que al rey más poderoso de su tiempo y al Imperio más grande jamás conocido… y que hoy, casi cinco siglos después, sigue cautivándonos con una de las miradas más características de la Historia de España.

Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda (Cifuentes, 1540 - Pastrana, 1592)

Ana Hurtado de Mendoza de la Cerda (Cifuentes, 1540 - Pastrana, 1592)

Estos aposentos, donde no se podía vivir sin rejas, cuanto más ahora hechos cárcel de muerte, oscuros y tristes
— Ana de Mendoza, Princesa de Éboli


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