Un día de perros

Retrato de Mariano José de Larra. Historia de Madrid


José Gutiérrez de la Vega y Bocanegra. Mariano José de Larra, 1865 ©Museo Nacional del Romanticismo

Un día en la vida de larra: un viaje por la ironía y el desencanto

I. El amanecer en Madrid: rutina, frío y desencanto_

Despertarse ya cansado de estar despierto

Despierto antes de que amanezca. No por virtud ni por disciplina, sino por una razón mucho más sencilla: dormir en Madrid es una empresa tan incierta como reformar España.

La habitación aún está en penumbra. El frío de febrero se cuela por los resquicios de la ventana con esa obstinación que caracteriza a todo lo que en este país decide no funcionar correctamente. Me quedo unos instantes mirando el techo, que no tiene culpa de nada, aunque sospecho que tampoco piensa hacer gran cosa por mejorar la situación general del reino.

Escucho la ciudad antes de verla. Madrid empieza a desperezarse con una mezcla de carruajes torpes, voces tempranas y ese rumor indefinido que producen miles de personas preparándose para repetir exactamente los mismos errores del día anterior.

Me incorporo despacio y apoyo los pies en el suelo. Está frío, naturalmente. Madrid posee ese talento extraordinario para ofrecer incomodidades incluso en los detalles más pequeños. En otras ciudades el amanecer trae promesas… en esta, corrientes de aire.

Me acerco a la ventana.

Las primeras luces comienzan a caer sobre los tejados con la misma discreción con la que la esperanza suele visitar este país: aparece, se queda un momento… y después decide marcharse a otra parte más hospitalaria.

La calle está húmeda. Anoche debió llover, o quizá simplemente es que Madrid ha decidido seguir acumulando barro como si fuera una institución pública más. Un cochero intenta hacer avanzar su carro mientras discute con un mozo que, a juzgar por la energía que pone en el intercambio de insultos, podría desempeñar perfectamente un cargo administrativo en cualquier ministerio.

Observo la escena con interés científico. Hay hombres que estudian los insectos, yo observo a mis compatriotas.

Desde aquí arriba se distinguen bien ciertas costumbres nacionales: la impuntualidad temprana, la desgana matinal y esa admirable capacidad que posee el español para empezar el día quejándose de todo aquello que él mismo contribuirá a empeorar antes de la hora del almuerzo.

Durante años creí que escribir serviría para algo. Uno redacta artículos, señala defectos, ridiculiza costumbres, desinfla vanidades… y espera ingenuamente que el país, al verse retratado, decida corregirse. Es un error comprensible, como todos los cometidos en la juventud.

Apoyo la frente en el cristal… y suspiro otra vez.

Hay mañanas en las que uno se levanta con entusiasmo. Esta, me temo, no será una de ellas. Aunque pensándolo bien, en Madrid eso tampoco constituye una novedad.

II. frente al espejo: identidad y personaje_

Fígaro se viste de Fígaro

Antes de enfrentarme al país, conviene hacer frente al espejo.

Hay hombres que se miran para comprobar si siguen siendo jóvenes. Otros lo hacen para asegurarse de que el chaleco combina con la levita. Yo me observo para comprobar qué aspecto tiene hoy el encargado de decirle a España lo que España no quiere oír.

El espejo devuelve una imagen bastante razonable para un hombre de veintisiete años que ha decidido ganarse la vida escribiendo verdades en un país que prefiere las mentiras cómodas. No está mal.

El problema no es el rostro, sino la expresión. Tengo esa mirada que algunos llaman penetrante y otros, con menos cortesía, impertinente. Es la mirada de quien observa demasiado y no se resigna. Una mirada peligrosa en un lugar donde la costumbre nacional consiste en mirar hacia otro lado.

Abro el armario.

Vestirse es, en el fondo, un pequeño acto teatral. Uno no se pone simplemente una camisa; se coloca una versión de sí mismo. En mi caso, la operación tiene cierta complejidad, porque en este cuerpo conviven dos individuos bastante distintos.

Por un lado está Mariano José de Larra: ciudadano razonable, partidario de reformas, lector de ilustrados franceses, hombre que creyó que España podría convertirse algún día en un país moderno si se le explicaban con paciencia ciertos principios elementales…

Y luego está Fígaro.

Fígaro no cree en la paciencia. Fígaro observa, apunta, sonríe con elegancia y después clava la pluma con una precisión que algunos llaman sátira y otros insolencia. Fígaro no corrige defectos; los exhibe. No propone remedios; levanta el espejo.

El espejo, como es sabido, nunca ha sido un objeto popular entre quienes prefieren vivir cómodamente deformados. El español posee la admirable cualidad de soportar la crítica siempre que no vaya dirigida a él.

Termino de ajustarme la levita.

El conjunto es correcto. Discreto, respetable, nada excesivo. Un periodista no puede permitirse demasiada elegancia en un país donde la elegancia despierta sospechas y la inteligencia, francamente, aún más.

Me coloco los guantes.

Hoy volveré a salir a la calle con la esperanza pequeña, tímida y casi supersticiosa de encontrar algo que contradiga mis sospechas sobre el estado del país. Algún funcionario diligente, algún político sincero, algún ciudadano que llegue puntual a un compromiso…

No soy un hombre optimista, pero tampoco quiero cerrar completamente la puerta a los milagros.

III. Madrid por la mañana: costumbres y vida urbana_

La ciudad como artículo de costumbres

Bajo a la calle con la prudencia con la que un naturalista se adentra en un territorio atestado de especies imprevisibles.

No diré que Madrid esté ya funcionando, porque eso implicaría cierto grado de coordinación entre sus habitantes, pero desde luego está despierto. Carros que chirrían, caballos que protestan, vendedores que anuncian sus mercancías con entusiasmo prematuro y un ejército de transeúntes que caminan con esa expresión matinal mezcla de resignación y prisa, característica del madrileño.

La calle presenta el aspecto habitual después de una noche de invierno: barro, charcos, restos indefinibles y ese perfume urbano compuesto a partes iguales por humedad, humo y caballo, que algunos patriotas insisten en considerar un rasgo pintoresco de nuestra capital.

Yo, lo considero simplemente suciedad.

Un mozo intenta cruzar la calle saltando entre los charcos con la agilidad de quien ha practicado este deporte desde la infancia. Lo consigue durante tres saltos admirables y en el cuarto pisa exactamente el lugar que no debía.

La naturaleza es justa.

Continúo caminando.

Madrid consigue reunir en una misma calle todos los defectos nacionales, como si se tratara de una exposición cuidadosamente organizada.

Ahí, por ejemplo, viene un caballero con gesto importante que mira a todos lados con la convicción profunda de que el país depende de su paso firme. Sospecho que se dirige a alguna oficina pública donde, tras acomodarse en su silla, dedicará el resto de la mañana a demostrar que el tiempo es un concepto perfectamente prescindible en la administración española.

Un poco más allá, dos hombres discuten sobre política con la intensidad de quienes están completamente seguros de no tener ninguna responsabilidad en ella. Gesticulan, levantan la voz, citan nombres de ministros y pronuncian la palabra patria con admirable frecuencia.

La conversación terminará, probablemente, cuando uno de los dos recuerde que tiene que ir a no hacer algo en alguna parte.

A mi derecha, un comerciante abre su tienda con gesto resignado. Levanta la persiana como si estuviera retirando la tapa de un ataúd económico. En este país el comercio siempre tiene el aspecto de un acto de valentía.

Delante de la puerta un muchacho espera con paciencia.

—¿Está ya abierto? —pregunta.

—Todavía no —responde el comerciante.

El muchacho asiente con filosofía.

España es un país donde la respuesta “todavía no” posee una profundidad metafísica que otras naciones reservan para cuestiones religiosas.

Doblo la esquina.

Un coche de caballos se ha detenido en mitad de la calle con la determinación heroica de quien sabe que nadie lo moverá de allí durante un buen rato. El cochero discute con un guardia municipal sobre un asunto que ninguno de los dos parece especialmente interesado en resolver.

Los peatones rodean el obstáculo con la paciencia resignada de quienes han aprendido que la vida pública española funciona exactamente igual que ese carruaje: se detiene en el momento más inoportuno y permanece allí hasta que todos aceptan la situación como parte del paisaje.

Madrid, debo admitirlo, tiene talento para estas pequeñas metáforas involuntarias.

Me detengo un instante frente a un edificio oficial.

Siempre he sentido cierta curiosidad científica por estos lugares. Son templos donde el tiempo entra con prisa y sale convertido en espera. En su interior se realizan gestiones que comienzan hoy y terminan, con suerte, en alguna década posterior.

Un hombre sale del edificio con varios papeles en la mano y una expresión que podría describirse como filosófica.

—Vuelva usted mañana —le dice el portero desde la puerta.

El hombre asiente.

Nadie parece sorprendido.

Madrid posee la extraordinaria capacidad de aceptar como ley natural aquello que en cualquier otro lugar provocaría una revolución.

Durante años he escrito sobre estas cosas con la esperanza ingenua de que la sátira sirviera como medicina. Ridiculizar un defecto es, en teoría, el primer paso para corregirlo.

El problema es que en España los defectos tienen un sentido del humor admirable. Sobreviven a cualquier broma.

Quizá el problema sea que el país esté dormido… o pero aún, que esté perfectamente despierto… y aun así no tenga la menor intención de cambiar de postura.

IV. La redacción: periodismo y crítica social_

El escritor que ya no cree del todo en el remedio de la tinta

Llego a la redacción con la puntualidad de quien todavía conserva la esperanza de que alguien más la practique.

No es una esperanza muy razonable, pero los periodistas vivimos de pequeñas ilusiones. Hasta ahora los resultados han sido moderados.

Empujo la puerta.

El interior presenta el aspecto habitual de una redacción madrileña a media mañana: papeles apilados con vocación de montaña, tinta derramada con entusiasmo, periódicos de días anteriores que nadie ha tenido el valor de retirar y una colección variada de colaboradores que discuten con intensidad admirable asuntos que ninguno piensa resolver antes del cierre de edición.

Un redactor levanta la cabeza al verme.

—Buenos días, Larra.

—Buenos… —respondo—. Aunque no estoy completamente seguro.

Se encoge de hombros.

Tomo asiento.

Sobre la mesa me espera un manuscrito a medio terminar. Lo observo con cierta distancia, como se observa a un viejo conocido que empieza a resultar ligeramente fatigoso.

Mojo la pluma en el tintero.

Empiezo a escribir unas líneas, me detengo, releo lo que acabo de poner sobre el papel y experimento una sensación curiosa: la de haber escrito exactamente lo mismo que escribí ayer.

Y anteayer.

Y hace tres años.

Cambio algunas palabras. Introduzco una ironía nueva. Ajusto una frase para que la estocada resulte más elegante.

Al fondo de la sala dos redactores discuten sobre política con esa energía característica de quienes no tienen que gobernar absolutamente nada. Uno asegura que el país necesita reformas urgentes. El otro responde que las reformas llegarán, naturalmente, pero que conviene esperar el momento adecuado.

El momento adecuado, en España, es un animal mítico.

Todos hablan de él pero nadie lo ha visto jamás.

Un corrector revisa las galeradas con expresión resignada. Cada cierto tiempo levanta la vista y murmura algo sobre erratas, como si las erratas fueran una conspiración internacional contra el idioma.

Lo comprendo. El castellano tiene suficientes enemigos sin necesidad de que los periodistas colaboremos activamente en su destrucción.

Mientras la pluma avanza sobre el papel pienso en la extraña condición del periodista: un hombre que pasa el día describiendo el país con la esperanza secreta de que el país, al verse descrito, decida corregirse.

Es un oficio que requiere cierta fe en la especie humana. Yo tuve esa fe durante algún tiempo.

Me levanto.

La redacción continúa su actividad con la tranquilidad de quien sabe que el periódico saldrá mañana, que los lectores lo leerán, que algunos incluso lo celebrarán… y que después todo seguirá funcionando con la misma serenidad defectuosa que caracteriza a este país.

Empiezo a sospechar que el problema no es que España no lea a sus periodistas. El problema es que los lee… y después continúa viviendo exactamente igual.

V. El café: tertulias y opinión pública en Madrid_

Tertulia, humo y necedad nacional en taza

Entro en el café buscando una cosa muy sencilla: café.

El establecimiento me ofrece, en cambio, opiniones.

En los cafés de Madrid siempre hay más sabiduría que azúcar. Y esa sabiduría suele proceder de hombres que no han demostrado jamás ninguna habilidad particular para gobernar su propia existencia.

El ambiente interior está colmado de humo y de convicciones.

Las mesas aparecen ocupadas por caballeros que discuten con intensidad sobre el estado del país mientras agitan la cucharilla dentro de una taza que lleva ya media hora fría. La conversación española tiene ese extraño talento para prolongarse indefinidamente incluso cuando el café ha perdido todo interés.

Tomo asiento.

El camarero se aproxima con el gesto resignado de quien ha escuchado más discursos patrióticos que órdenes de desayuno.

—Un café —digo.

Mientras espero observo a mis compatriotas con la curiosidad profesional que suele despertar en mí la especie humana.

En la mesa de al lado tres hombres analizan la situación política del país con la gravedad de un consejo de ministros. Uno de ellos explica, golpeando suavemente la mesa con el índice, que España necesita urgentemente una reforma profunda de sus instituciones.

Los otros dos asienten.

El primero continúa hablando con entusiasmo durante varios minutos más, describiendo con admirable precisión las medidas que deberían adoptarse.

Al terminar, da un sorbo a su café.

—En fin —concluye—, ya veremos.

Es un final muy español.

A unos metros, otro caballero expone con extraordinaria seguridad las causas del atraso nacional. Según él, todo se debe a la ignorancia generalizada de la población.

Lo explica con gran claridad… El único inconveniente es que su exposición contiene exactamente tres errores históricos y dos frases que desafían abiertamente las leyes de la gramática.

Pero lo dice con tal convicción que nadie se atreve a corregirlo. La seguridad, en España, siempre ha sido una forma respetable de conocimiento.

Llega el café.

Doy un sorbo.

El café posee una cualidad que lo convierte en una metáfora perfecta de la conversación nacional: es fuerte, es oscuro y deja en la boca una ligera sensación de amargura.

Mientras escucho estas conversaciones siento la tentación profesional de tomar notas. Cada frase que oigo podría convertirse fácilmente en un artículo. El material es abundante: ignorancia entusiasta, patriotismo retórico, soluciones imaginarias y una convicción muy extendida de que el problema siempre reside en alguna parte lejana, nunca en la mesa propia.

Los mismos hombres que hace un momento explicaban con tanta claridad cómo debería gobernarse el país empiezan ahora a discutir sobre la calidad del tabaco y la dificultad de encontrar buenos criados.

La transición es perfecta.

España tiene un talento especial para pasar de los grandes problemas nacionales a los pequeños inconvenientes domésticos sin advertir ninguna contradicción en el proceso.

Mientras salgo del café pienso que estos lugares son, en realidad, pequeños parlamentos en miniatura. Aquí se debaten todos los asuntos importantes del país con enorme pasión y con exactamente la misma consecuencia práctica que en los parlamentos verdaderos: ninguna.

Empujo la puerta y vuelvo a la calle.

El aire frío de la mañana tiene al menos la ventaja de no ofrecer opiniones.

Y mientras camino empiezo a sospechar que el problema de España no es que falten ideas.

Ideas sobran… lo que escasea peligrosamente es la costumbre de convertirlas en algo más que conversación de café.

VI. El Congreso: política y desencanto nacional_

La patria como representación interminable

Tomo dirección hacia el Congreso. Cuando uno ha escuchado suficientes opiniones en una tertulia, siente la necesidad de observar el lugar donde esas opiniones se convierten en leyes… o, al menos, en discursos.

Camino con paso tranquilo mientras la ciudad sigue con su labor diaria de producir ruido y promesas. A medida que me acerco al edificio, el ambiente cambia ligeramente. Aparecen caballeros de levita más seria, conversaciones más contenidas y gestos más calculados. La política tiene una elegancia especial… incluso cuando no resuelve nada.

Me detengo un momento frente al edificio. Siempre me ha parecido curioso que la patria tenga puertas tan grandes y resultados tan pequeños.

Dentro, el murmullo es constante. Diputados que conversan en pequeños grupos, secretarios que llevan papeles de un lado a otro, algún rostro serio que parece convencido de estar participando en un momento decisivo de la historia nacional.

Esto también lo he visto antes.

No puedo evitar recordar mi propia aventura en este mundo. Hubo un tiempo (no demasiado lejano, aunque hoy me parezca perteneciente a otra vida) en que creí que la política era una herramienta razonable para mejorar el país. Pensé, con ingenuidad, que bastaba con tener ideas claras y cierta determinación para ponerlas en práctica.

Fue una experiencia instructiva. Descubrí que la política española funciona como un curioso reloj en el que todas las piezas se mueven con gran actividad… pero el tiempo avanza muy poco.

Camino por el pasillo con una sensación difícil de describir. No es exactamente rabia, ni tristeza, ni siquiera decepción. Es algo más complejo: la incomodidad de quien todavía quiere a su país, pero ya no consigue creerle.

Porque ese es el verdadero problema. Uno puede soportar la torpeza, incluso la corrupción. Lo que resulta verdaderamente agotador es la distancia entre lo que se promete y lo que se hace. España es un país donde las palabras viven en un palacio y los hechos en una pensión modesta... y rara vez se visitan.

Salgo del edificio con el sombrero en la mano y una conclusión que ya no me sorprende demasiado: la maquinaria del Estado está en marcha, lástima que nadie tenga muy claro hacia dónde se dirige.

No es que el país no tenga talento. Lo tiene, y mucho. Lo que ocurre es que el talento, aquí, suele emplearse en explicar por qué las cosas no pueden hacerse.

El aire frío de la tarde empieza a caer sobre Madrid con esa melancolía que tienen las ciudades cuando el día comienza a agotarse.

Hace unas horas salí de casa con irritación… ahora siento esa forma de cansancio que aparece cuando uno ha discutido demasiado tiempo con una realidad que parece no tener intención de escuchar.

VII. La visita de Dolores Armijo: crisis personal_

La gota que colma un vaso lleno desde hace meses

Regreso a casa cuando Madrid empieza a entrar en esa hora incierta en la que la ciudad parece no saber si continuar el día o rendirse a la noche. Las farolas iluminan las calles con una luz discreta, casi prudente, y el ruido de los carruajes se vuelve más espaciado.

Subo las escaleras con la sensación de quien vuelve de una jornada demasiado larga de observación pública.

Entro en la habitación. Los papeles siguen en la mesa exactamente como los dejé por la mañana.

Dejo el sombrero y me acerco a la ventana. Madrid continúa su actividad con esa obstinación que tienen las ciudades para sobrevivir a los estados de ánimo de sus habitantes. La gente camina, conversa, sale de teatros y discute asuntos públicos con entusiasmo. Nadie parece sospechar que el día ha sido particularmente desagradable para un periodista en la calle Santa Clara.

Y, pensándolo bien, hacen muy bien. La humanidad tiene la admirable costumbre de continuar viviendo incluso cuando uno se siente ligeramente disgustado con ella.

No ha pasado mucho tiempo cuando llaman a la puerta.

El golpe es discreto, pero lo reconozco. Hay llamadas que no necesitan repetirse para ser comprendidas.

Abro.

Ante mí está Dolores Armijo.

No viene sola. La acompaña su cuñada, lo cual, en asuntos sentimentales, suele ser una señal poco prometedora. Las reconciliaciones románticas prefieren la intimidad; las despedidas, en cambio, agradecen los testigos.

Las invito a pasar.

Nos sentamos. Durante unos instantes nadie habla. Hay silencios que resultan más elocuentes que muchas tertulias, y este tiene la virtud de contener más historia que todas las discusiones políticas que he escuchado hoy.

Dolores mantiene la mirada serena. Es una serenidad educada, casi administrativa, como la de quien ha tomado una decisión antes de cruzar la puerta y no piensa repensarla en el interior.

Comienza a hablar.

No repetiré aquí cada palabra… no porque el recuerdo sea doloroso, sino porque las conversaciones definitivas tienen la mala costumbre de parecer mucho más largas cuando se cuentan que cuando se viven. Baste decir que sus frases tienen la claridad impecable de los veredictos.

Las cartas deben ser devueltas. La relación no puede continuar. Las circunstancias lo hacen imposible.

Mientras habla, observo la escena con una curiosa mezcla de atención y distancia. Hay momentos en la vida en que uno se siente simultáneamente protagonista y espectador de su propia historia. Este es uno de ellos.

Durante meses (años, si queremos ser honestos) he discutido con España sobre política, administración, moral pública, reformas urgentes y defectos nacionales. He escrito artículos, sátiras, críticas y advertencias. He explicado al país sus errores con una paciencia que hoy me parece casi heroica.

Y, sin embargo, descubro ahora que la discusión verdaderamente decisiva no estaba en el Parlamento ni en los periódicos, sino en esta habitación.

Dolores termina de hablar.

Durante unos segundos nadie dice nada. Su cuñada observa la escena con la prudencia de quien sospecha que cualquier intervención podría empeorar el resultado. Yo asiento con una serenidad que incluso a mí me sorprende.

Es curioso lo bien que se comporta el orgullo en situaciones desesperadas.

Podría intentar persuadirla. Podría invocar recuerdos, promesas, argumentos sentimentales. Pero sé de sobra que los argumentos pierden eficacia cuando el interlocutor ya ha tomado una decisión.

Así que no discuto. Devuelvo las cartas. Las tomo de la mesa y las entrego con la cortesía impecable de un diplomático que firma un tratado desfavorable.

Dolores las recibe.

La conversación termina casi con elegancia. Nos levantamos e intercambiamos algunas palabras finales cuya finalidad principal es demostrar que seguimos siendo personas razonables.

La puerta se abre.

Dolores sale de la habitación acompañada de su cuñada. Sus pasos se alejan por el pasillo con la misma naturalidad con que se alejan muchas cosas en la vida: sin ruido, sin escándalo y sin necesidad de explicaciones adicionales.

Cierro la puerta. La casa vuelve a quedar en silencio.

Me quedo un momento de pie en medio de la habitación. No diré que me siento sorprendido. Los finales, como los artículos más hirientes, suelen anunciarse con suficiente antelación.

Pero hay algo en la claridad de este instante que resulta incómodamente definitivo.

Paso la mano por la mesa. Los papeles siguen ahí. Los artículos, las notas, los proyectos de crítica social que esta mañana parecían tan urgentes, ahora, de repente, parecen pertenecer a otra vida.

Durante años he discutido con el país. Hoy descubro que la discusión privada tiene un talento especial para resolver de un solo golpe lo que la política no consigue arreglar en décadas.

Dolores se ha marchado.

Y con ella, sospecho, algo más que una conversación sentimental.

El silencio de la habitación tiene ahora una cualidad distinta. No es el silencio habitual de la noche madrileña, cubierto de ruidos lejanos y carruajes tardíos... Es un silencio más claro. Más final.

Y, por primera vez en todo el día, no encuentro ninguna ironía adecuada para describirlo.

IX. El final: romanticismo y tragedia_

Último acto de un hombre romántico

La puerta se cierra y la casa recupera ese silencio particular que tienen los finales bien ejecutados.

Durante unos instantes permanezco de pie en medio de la habitación, como si esperara que alguien volviera a llamar para corregir el desenlace.

No ocurre.

Madrid continúa viviendo al otro lado de la ventana con la serenidad de quien no ha sido consultado sobre los asuntos importantes. La ciudad sigue representando su comedia cotidiana con admirable indiferencia hacia las tragedias privadas.

Es una sensación peculiar descubrir que el argumento de la propia vida ha decidido avanzar sin consultar al autor.

Me siento.

Siempre he tenido cierta debilidad por el teatro. No por el teatro mediocre, naturalmente, sino por ese teatro donde cada gesto parece inevitable, donde el personaje comprende de repente que todo lo ocurrido antes lo conducía exactamente a ese momento.

Los románticos somos muy aficionados a esas revelaciones.

Apoyo los codos en la mesa y reflexiono con calma. No diré que el pensamiento sea alegre, pero al menos tiene la virtud de ser claro. Hay días en que la vida se vuelve extraordinariamente sencilla: todas las posibilidades desaparecen menos una.

No es una situación cómoda, pero sí muy ordenada.

Durante años he escrito sobre España con la esperanza de que el país decidiera corregirse. He ridiculizado costumbres, denunciado perezas administrativas, señalado absurdos políticos, retratado a mis compatriotas con la elegancia satírica que permite la tinta.

España, debo admitirlo, ha recibido mis artículos con gran cortesía.

Los ha leído.

Los ha comentado.

Incluso se ha reído.

Después ha continuado exactamente igual.

Es una forma muy refinada de indiferencia.

Me levanto y camino despacio por la habitación.

El día entero pasa por mi cabeza con la precisión de un inventario: la ciudad sucia de la mañana, los discursos interminables del Congreso, las conversaciones del café, los artículos que ya no cambian nada… y finalmente la visita de Dolores, que ha tenido la amabilidad de cerrar el capítulo sentimental con una economía admirable de palabras.

Todo parece encajar con una lógica casi literaria.

Quizá ese sea el problema.

Cuando uno pasa demasiados años escribiendo, termina sospechando que la vida también necesita una buena estructura narrativa.

Me detengo frente a la mesa.

La pluma descansa sobre los papeles como si hubiera decidido tomarse un descanso definitivo. Durante mucho tiempo he considerado ese instrumento una espada. Hoy se parece más a un utensilio doméstico destinado a remover las mismas cosas una y otra vez.

Hay batallas que la tinta no puede ganar.

Abro un cajón.

Dentro está la pistola.

La observo con cierta curiosidad, como se observa un objeto que pertenece a otra profesión. Los periodistas estamos más acostumbrados a disparar frases que balas. Las primeras suelen provocar escándalo; las segundas, silencio.

La saco.

La sostengo unos segundos en la mano.

No hay prisa.

Los grandes finales requieren cierta preparación escénica.

Coloco la pistola sobre la mesa y camino hasta la ventana. Madrid sigue ahí fuera, completamente entregado a sus ocupaciones. Carruajes, vendedores, conversaciones, luces que empiezan a encenderse en algunas casas.

La ciudad funciona con admirable regularidad.

Ni siquiera sospecha que uno de sus observadores más atentos está a punto de abandonar el espectáculo.

Es una injusticia moderada.

Vuelvo a la mesa.

Durante un momento me sorprendo pensando que todo esto posee un cierto aire teatral. No en el sentido melodramático, sino en ese otro más elegante donde el personaje comprende que el acto final ha llegado y decide representarlo con dignidad.

El Romanticismo, después de todo, tiene estas cosas.

Nos tomamos la existencia con una seriedad que roza la puesta en escena.

Me siento.

La pistola permanece sobre la mesa con la discreción de un actor que espera su entrada en escena.

Repaso mentalmente el día.

Ha sido un buen resumen de mi relación con el mundo: una ciudad que no escucha, una política que no cambia, un país satisfecho con sus defectos y una historia sentimental que ha decidido concluir sin necesidad de grandes discursos.

No está mal.

Hay biografías mucho más confusas.

Tomo la pistola. El metal está frío.

Curiosamente, el pensamiento que aparece en este momento no es trágico, sino casi literario. Pienso que, después de tantos artículos, esta será probablemente la única frase verdaderamente definitiva que escribiré en mi vida.

Las palabras siempre dejan margen para la réplica. Los gestos no.

Apoyo el arma.

El silencio de la habitación se vuelve más profundo.

Madrid continúa su representación al otro lado de la ventana.

Y por primera vez en todo el día tengo la sensación de que la escena, finalmente, está perfectamente ordenada.

El último acto puede comenzar, aunque yo ya no lo vea.


Grabado de Mariano José de Larra. Historia de Madrid

Mariano José de Larra y Sánchez de Castro (Madrid, 1809-Madrid, 1837)

Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta
— Mariano José de Larra


¿Dónde puedo encontrar la antigua casa de larra de madrid?